La
situación que atraviesa nuestro planeta genera muchos interrogantes
que causan alarma. Se ha dicho que, generación tras generación,
los hombres siempre creen que su época es la más difícil y las
calamidades que sufren son las peores de la historia. Esto deberá
matizar nuestra visión de la actualidad. Sin embargo - quizás
porque los problemas se agigantan como producto del fenómeno
de globalización - las noticias que nos llegan hacen pensar
que las cosas que no van bien para nuestra especie. No se trata,
solamente, de las guerras injustas que enlutan diferentes países.
Lo que ha irrumpido con intensidad parece ser la presencia de
una naturaleza embravecida por la falta de cuidado que la civilización
contemporánea tiene por ella. El tan mentado, y temido, calentamiento
global, empieza a generar consecuencias que, aunque esperadas,
se creían sólo producto de una exageración de los defensores
de la ecología. No es así. Las inundaciones y altas temperaturas
que se registran en el continente europeo, los tornados y huracanes
del Caribe y otros datos climáticos constituyen, para los expertos,
una sobrada evidencia del peligro que representa la irresponsable
producción de gases que desprenden las máquinas que el hombre
ha creado para su "bienestar". Sin contabilizar otros desastres
que concurrirán en la misma dirección como la deforestación
salvaje que se está realizando en la Amazonia, y que llega hasta
el norte de nuestro propio país. A pesar de los esfuerzos desplegados
por muchas naciones para controlar esos productos de la economía
industrial, como el acuerdo de control de los mismos que alienta
el conocido tratado de Kyoto, algunos de los mayores responsables
de la depredación ecológica, como los EE.UU., continúan indiferentes
a los riesgos que amenazan el destino común de la humanidad.
Justamente fue allí, en Nueva Orleáns, que se reveló la trágica
consecuencia de lo que anotamos. Sin embargo, el huracán Katrina
no fue la única causa del desastre; coadyuvó como determinante
la imprevisión en el mantenimiento de las defensas civiles que
pudieron haber impedido la magnitud del desastre. Las víctimas
no fueron elegidas al azar. La desgracia se descargó sobre los
más pobres. Los desocupados, los marginados social y económicamente,
que no pudieron desplazarse rápidamente hacia zonas más seguras,
en el país más rico del planeta. Hoy se sabe que los trabajos
necesarios para actualizar el estado de las defensas de la ciudad
que sufrió el siniestro no tuvieron el apoyo económico necesario
porque gran cantidad de los fondos destinados a ellos se derivó
a cubrir los gastos de la guerra de agresión contra Irak. Los
pobres ahogados en los EE.UU. no se diferencian de los argentinos
de la etnia wichi que pierden sus tierras. Tampoco de los que
se hacinan en nuestros asentamientos de desocupados lindantes
con los opulentos barrios cerrados que abundan en la periferia
de las grandes ciudades de la Argentina. Quizás sea tiempo de
entender, de una vez por todas, que nadie está al abrigo de
un destino común. Que la solidaridad debe alcanzar a todos;
y que una comunidad tiene mucho cuando todos y cada uno de quienes
la forman, tiene lo necesario para vivir dignamente. Estos problemas
no están fuera de los que deben interesarnos como psiquiatras;
porque está probado que una sociedad que se basa en reglas de
solidaridad y compromiso por la justicia social no solamente
está más preparada para prevenir las catástrofes naturales sino
que sus miembros gozan, en el más estricto sentido del término,
de un mayor grado de salud mental.
J. C. Stagnaro - D. Wintrebert