Indice - Home - Cerrar Aplicación

 

Segunda parte

 

 

Selección de textos

 

Los textos que se presentan a continuación han sido extraídos de los Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, publicación fundada y dirigida por José Ingenieros desde 1902 hasta 1913, año en que desaparece por decisión expresa de su Director.

A través de los artículos seleccionados se intenta destacar aspectos relevantes del pensamiento de Francisco de Veyga, como un exponente de las concepciones psiquiátricas y criminológicas de su época.

 

 

Invertido sexual imitando a

la mujer honesta(1)

 

Un caso anteriormente publicado(2) presentaba un curioso ejemplo de ese tipo de inversión sexual en que la tendencia psíquica predominante del sujeto es aparentar la forma de vida y el estado de alma de la mujer libertina. Aquella observación, siendo tan interesante, no es, sin embargo, excepcional en la clínica; se repite el hecho con la suficiente frecuencia como para considerarlo familiar.

El caso presente, muy diferente del anterior, puede darse como verdaderamente raro, ofreciéndose hasta ahora como único en su género, en el vasto campo de exploración de la materia. Es una parodia de la mujer pura, casta en el celibato y fiel en la vida conyugal.

"Aída", tal es el poético nombre con que nuestro sujeto se hacía distinguir en el mundo especial de su figuración, se caracteriza, en efecto, por su ejemplar regularidad de costumbres, durante todo el curso de su existencia conocida. Las primeras impulsiones de la malformación psico sexual le infunden, contrariamente á la regla, ideas de honestidad.

Su seductor tiene que convertirlo en "esposa" para poseerlo, y, en esta unión, que para ser real no careció sino de la sanción de la ley, su sola preocupación fue la lealtad á la fé jurada. No correspondido en los límites que quería, disuelve el vínculo y en la «viudez» es modelo de corrección como lo fue antes de unirse, no cediendo á nuevas solicitudes del amor sino mediante un nuevo pacto, tan formal como el primero, y al cual trae las mismas ideas de fidelidad que ya había practicado anteriormente. En esa ley muere, dejando entre sus congéneres, todavía sorprendidos de tanta virtud y tanta abnegación, el recuerdo de tan extraña anomalía.

Sus rasgos exteriores no tenían nada de especial. La degeneración mental, de la cual era una triste expresión, no se acompañaba de degeneración física. Al contrario, era bien formado y no mal parecido.

Nacido en buena cuna y criado en la holgura, se hacía notar en el colegio por las maneras delicadas y la conducta ordenada. Se le tenía por demasiado pulcro en el lenguaje, y jamás, como excepción extraordinaria en su género, se le escuchaba una palabra indecente, siquiera fuera la más tolerada del lenguaje infantil.

De poco vuelo intelectual, aunque no rudo, los estudios no pasaron de la clase preparatoria del bachillerato, y como la familia tenía recursos sobrados para permitirle la holganza, pasó el período que completa la pubertad en la vida tranquila del hogar, frecuentando sólo aquellos camaradas más afines á él, en temperamento y educación.

A los veinte años, deseando ocuparse en algo, se le obtiene un puesto en la casa Rosada, en cuyo desempeño se distingue siempre por su exactitud y su compostura. Nada de particular se nota en él, sino su habitual pulcritud de lenguaje. Sus compañeros de oficina no intiman con él pero lo tratan con bastante familiaridad, simpatizando, en general, con su corrección de maneras, su discreción de trato y su carácter apacible.

De una repartición próxima á la suya venía con frecuencia un empleado ya algo entrado en años, sin ser viejo, que departía siempre alegremente con los jóvenes que allí trabajaban. Sin que haya interés en averiguar cómo, este extraño trabó con nuestro sujeto una amistad tan estrecha, en tan poco tiempo, que á poco de andar el uno era tenido por el alterego del otro. juntos salían de la Casa Rosada, juntos entraban al día siguiente y, juntos andaban en las horas libres del trabajo. Afinidades de carácter no parecían existir entre ellos; vinculaciones sociales menos, siendo bastante pronunciada la diferencia de nivel que los separaba. Por otra parte, el improvisado amigo, lejos de ser un pudoroso, pasaba por ser hombre de aventuras, mientras que el tímido efebo que lo acompañaba era, á su edad, un modelo de pureza original.

Es el caso que en un momento dado los dos se confundía en un idílico pensamiento. El joven se había sentido cual era: «un espíritu femenino hecho para el amor del hombre»; el compañero se había encontrado sorprendido por este singular fenómeno de transición, ocurrido á su vista, y se dejaba llevar por la secreta atracción que aquél ejercía. De allí á las expansiones eróticas no había sino un paso que franquear,

Nuestro joven lo hubiera dado, desde luego, siguiendo las tentadoras insinuaciones del compañero, pero, y aquí empieza la originalidad de la observación, al momento de ceder se siente acosado por el escrúpulo de mancillar su honra, incólume hasta entonces. Entregarse así cobardemente al seductor, era para él un acto indelicado que le dejaría eternamente sumido en la vergüenza. Poniendo entonces á prueba las declaraciones del que ya puede llamarse su amante, le exigió que se uniera en «matrimonio».

El «casamiento» de invertidos sexuales no es un hecho raro, por cierto, pero esta ceremonia no se realiza ordinariamente sino como acto de ostentación escandalosa, para hacer público un amancebamiento existente ó meditado, siendo siempre gente corrida en el ageno quien la practica. Aquí, la proposición tenía todo el sello de la ingenuidad, debiendo admirarse tanto la intención que la provocaba como la condescendencia de quien la aceptaba, pues al fin ella fue tomada en serio y llevada á la práctica.

El acto se realizó con el aparato convencional de una boda real; ella, vestida de blanco, adornada la cabeza de azahares; él de frac y guante blanco, como si fuera á recibir la santa unción del sacerdote... Pocos festejos hubo, no permitiendo la timidez de la novia darle la repercusión deseada. Una modesta pero bien arreglada casita (puesta probablemente por ella) les recibía bajo su techo y debía guardarles por todo el tiempo que había de durar la unión.

La paz de aquel hogar sui generis parece empero que pronto se alteró. El debió empezar a sentir la náusea de su triste papel y ella celosa, exijente, se creía mal correspondida. Un buen día, después de mas de un año de vida conyugal, imitada hasta en los menores detalles, se efectuó un rompimiento completo y se divorciaron.

«Aída» quedó en su casita, sola, sin mezclarse con nadie. Está viuda, guarda el duelo... Consecuente con sus sentimientos honestos de toda la vida, en este estado, no solo es de una castidad irreprochable sino que evita, por su conducta medida, que se hagan sobre ella comentarios maliciosos de ninguna especie.

Pasado el duelo, vuelve poco a poco á frecuentar la sociedad de sus congéneres, pues que en ella había entrado impulsada sin quererlo por afinidades de costumbres. Va á fiestas, acepta galanteos, pero dentro de las conveniencias debidas á la «decencia». Todos sabían que delante de ella, en los círculos de conversación, las palabras picantes, las alusiones siquiera á hecho lúbrico, estaban terminantemente prohibidas. En consecuencia su trato reviste el aspecto de una ceremoniosidad rebuscada y ostensible.

Semejante «joya» en medio de tanta «corrupción» no podía ser mirada sin envidia; lo que es más probable no podría permanecer sin dueño. Ella, para poner freno á las habladurías y á las impertinencias que pudiera provocar su estado cedió á un segundo seductor del cuño del primero, prendado de tanta virtud; se entendieron entonces y se juraron amor. Como es de suponerse una nueva ceremonia nupcial consagró este compromiso; ésta se efectuó, esta vez, en la misma casita de la anterior resolviendo allí fijar su morad la feliz pareja.

Poco sufrió «Aída» con su segundo esposo pues parece que, hombre de hijos y avezado en estas empresas, guardó siempre la mayor circunspección en su conducta. Desgraciadamente tanta buena suerte debía durar poco tiempo; «Aída» había contraído tuberculosis no hacía mucho, y aislada de la familia, entregada á su propia fuerza y sobre todo ignorante de su mal, murió antes de seis meses, en una de esas poussées agudas que caracterizan esta enfermedad.

Mentalmente considerado, «Aída» no es otra cosa, como se vé, que un imitador de la mujer honesta. Bajo el punto de vista sexual era un impotente completo. Jamás tuvo una erección, jamás sintió la menor excitación de orden realmente genésico. Su voluptuosidad consistía en ser poseída por un hombre, en sentir su compañía y su influencia protectora, pero no tenía siquiera el goce de contacto con el amante, el placer de ver ó tocar las formas, ni aún el de presenciar los espasmo eróticos. Insensible á toda impresión de este orden se respetaba fríamente á las exigencias pederastas, sin dar de su parte más que el concurso mesquino de su tolerancia.

En cuanto á los cómplices de esta singular pantomima mórbida, avancemos esta conclusión general, que puede servir de principio etiológico para el estudio y comprensión de todos estos fenómenos de aberración sexual en el hombre: existen al lado de los invertidos, tipos previamente inclinados al goce corporal dentro de su sexo. La idea de aceptarle con un ser de idéntico género, temporaria ó permanentemente, no puede tener por orígen exclusivo la degeneración mental ó la locura; por más extraviadas que sean las concepciones de la mente enferma, siempre hay en el mundo ambiente una base que les sirve de pie, y en este caso, lo de «convertirse en mujer», sea de tipo libertino ó casto, responde á la existencia de una clase especial de sujetos, más numerosos quizás que la de aquellos, ó por lo menos tanto, que busca de satisfacer la impulsiones viriles sobre un individuo de su sexo forjándose la ilusión de que es mujer. De todos modos, el lado del invertido se encuentra siempre el sodomita más ó menos enviciado, sirviéndole de complemento y de estímulo n

 

 

Notas:

1. (Extracto de lo publicado en Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines. Tomo I, p. 368-374, año 1902).

2. Archivos, núm. 1

Nota del Editor. En los textos de esta sección ha sido respetada la ortografía original.