Indice - Home - Cerrar Aplicación

 

Clasificación de las enfermedades mentales*

            por los doctores

Gonzalo Bosch(1) y Lanfranco Ciampi(2)

 

* “Boletín del Instituto Psiquiátrico”. Año II Abril-mayo-junio 1930. No 5, Rosario.

 

Una clasificación científica de las enfermedades mentales, en el estado actual de los conocimientos psiquiátricos, es, para algunos autores, de imposible realización. Hay quienes opinan que ello es tarea que ofrece serias dificultades o que puede ser perjudicial para el desenvolvimiento científico.

No obstante, nosotros, dándonos cuenta de las dificultades aludidas, comprendemos que es de importancia capital el establecerla y que, al hacerlo, habremos alcanzado un progreso en nuestra especialidad: la psiquiatría, todavía muy atrasada, si la juzgamos en relación a las otras ramas de la medicina. Creemos que la clasificación debe ser el lenguaje corriente de nuestra ciencia y que, para entendernos alguna vez, tenemos por fuerza que admitir su idioma claro y comprensivo, dentro de lo relativo e imperfecto, si se quiere, de las expresiones en general.

¿Podrían entenderse los habitantes de un país, si ellos hablaran en manera distinta? Acaso sin quererlo hemos dado cita a Jehová en nuestra torre de Babel según el relato bíblico.

Necesitamos, pues, adoptar una terminología clara y una clasificación uniforme para entendernos y con esto lograremos, quizá, que nuestros trabajos puedan ser justamente apreciados y nuestros argumentos usados en discusiones, bien interpretados.

Convencidos de esta necesidad y de que debe América Latina –unida ya por lazos intelectuales– adoptar una clasificación única, nos presentamos con este trabajo sintético, de acuerdo a la índole que lo lleva, a objeto de que sea discutido, comentado, aumentado o corregido, siempre que con ellos nos sea dado obtener, en beneficio de la especialidad, lo que tan animosamente intentamos.

Entendemos, y ya lo tenemos dicho, que la psiquiatría está atrasada y por lo tanto, todo aquellos que ataña a los fenómenos de ella desprendidos, tienen con el andar del tiempo, en marcha progresiva, que sorprendernos por su contínua evolución, y de acuerdo a los descubrimientos que nos reserva el porvenir, tendremos que llegar a la página de la de erratas. Atento a estas observaciones, tiene por fuerza que tener nuestra clasificación un carácter provisorio, como, por otra parte, lo tienen todos los conceptos científicos, susceptibles de ser modificados por el principio de que es más grande el reino de nuestra ignorancia, que la pequeña república de nuestros conocimientos.

No nos convencen quienes opinan que en materia de clasificación de enfermedades mentales puede llegarse a lo definitivo.

¿Cómo ha de llegarse, cuando modificase a cada paso aquello que nuestros ojos vieron y nuestras manos tocaron? Nos hemos referido a la anatomía. ¿Cómo ha de llegarse, cuando hasta la misma química, zarandeada por las corrientes modernas que impulsan la insaciable avidez intelectual, peligra en su existencia, para ser suprimida en su esencia por el mecanismo de la física?...

A pesar de todo esto y para el progreso de la psiquiatría y comprensión de la misma, insistimos que es necesario imponer, cuanto antes, una clasificación latino-americana de las enfermedades mentales. Así se entendió y resolvió en la Primera Conferencia Latino-Americana y nos lo dejaron en herencia, para su cumplimiento.

 

La dificultad de sistematizar las enfermedades mentales se debe a veces, a que nos falta el conocimiento de los factores etiológicos, que se desconocen las lesiones anatómicas e histológicas o las alteraciones humorales. También porque encontramos cuadros nosológicos, atribuidos a distintas entidades morbosas, o sindromes cuya anatomía es al mismo tiempo negada por unos y sostenida por otros y expresados (los mismos sindromes) con términos diferentes y ni siquiera equivalentes.

La historia de la medicina mental demuestra que sus adelantos se verificaron cuando, abandonados los prejuicios que la dominaban, abrió las puertas de sus manicomios para aspirar los benéficos influjos que se desprendían de las conquistas científicas y cuando, también, se comprendió que la única vía para llegar a ser considerada como ciencia, era la que la acercaba a su madre, la medicina general, para, de ese modo, aprovechar de sus progresos, utilizar sus procedimientos y asimilar sus doctrinas.

Así pasó la medicina mental, en verdad, a ser un capítulo, una rama de la medicina general. No obstante las indudables conquistas alcanzadas, la psiquiatría no ha salido aún por completo de su camino rutinario, ni sigue paralelamente, como es nuestro anhelo, las evoluciones de la ciencia madre. El por qué de ésto, lo alcanzamos de acuerdo a nuestro modo de pensar, por las distintas jerarquías de los órganos de la constitución humana y en las dificultades que ofrece la experimentación fisiológica en nuestra especialidad: respecto a lo primero no cabe discusión y a lo segundo nos lo ofrece trágicamente la más grande masacre humana, en la historia de las guerras, que fué hondo insulto a la civilización: los hombres de ciencia, sin perder la línea de su profesionalismo, puestos al lado de los hombres que el azar transformaba en animales de laboratorio, mutilados y enloquecidos caprichosamente por las balas, develaron para la ciencia, algunos secretos que se abroquelaban en el respeto al dolor y a la carísima vida humana.

Hemos consultado los tratados más modernos de patología y clínica médica a fin de apreciar las corrientes que ordenan las clasificaciones de las enfermedades en general, con el propósito de aplicar los criterios que las fundamentan y de adaptarlos en lo posible a nuestra especialidad. De esta búsqueda, rápida si se quiere, e incompleta tal vez, podemos en resúmen traer a cuentas, algunas ideas que, entendemos, son de verdadera importancia:

  Los límites entre el estado de salud y de enfermedad, no son tan netos como puede creerse, siendo imposible la delimitación en algunos casos. Esta comprobación ha creado el concepto de "salud relativa" y la llamada "patología constitucional" que alguien ha denominado también –creemos sin ningún humorismo– “la clínica de los sanos".

  Hay que establecer una distinción entre el sindrome clínico y la entidad morbosa, con autonomía propia.

Para diferenciar el sindrome de la entidad clínica morbosa, es insuficiente el criterio anátomo-histopatológico, como lo es el fisiopatológico y el sintomatológico.

Podemos conocer las lesiones anatómicas e histológicas que determinan un proceso morboso, así como las alteraciones funcionales que de aquellas derivan y los síntomas que lo acompañan: pero, con estos conocimientos, no tenemos el derecho todavía de dar autonomía a una entidad morbosa, por cuanto puede observarse identidad de alteraciones anatómicas, perturbaciones funcionales y manifestaciones sintomáticas, en cuadros clínicos diversos.

El sindrome, que está constituido por un grupo o conjunto de signos, cuya etimología ignoramos, puede por su aspecto sintomático característico, por su mecanismo patogénico o por su anatomía patológica, diferenciarse netamente de otros sindromes.

La enfermedad, bien definida, por el contrario, supone el conocimiento del factor etiológico. Nos quedamos, pues, con este concepto: “La enfermedad, en sentido científico, es una entidad morbosa etiológica, mientras el sindrome, es una constelación sintomática... No podemos hablar de entidad morbosa, de enfermedad bien definida, si ignoramos la etiología... Solamente la especie etiológica de la enfermedad puede permitirnos individualizar la especie nosológica" (Pende).

  A la distinción, que algunos señalan, entre los factores etiológicos endógenos y etiológicos exógenos, no debe atribuírsele todo el valor que en otro momento se le concediera, por cuanto, las modernas investigaciones ponen de relieve la simultaneidad y coexistencia de las mismas en cada enfermedad. Pongamos por ejemplo la esquizofrenia: nos encontrarnos que, mientras la mayoría de los autores la juzgan tal como una psicopatía prevalentemente endógena, otros –y entre éstos Bumke– insisten ¡sobre la naturaleza –prevalente también– exógena del proceso causal.

El estímulo perturbador que llega del exterior no puede determinar las alteraciones morbosas sino cuando existen en el organismo "anomalías intrínsecas de caracteres estructurales, químicas o funcionales de los elementos morfológicos, que ofrecen las razones más importantes para la génesis de las alteraciones mismas... El organismo hace la enfermedad, y no la recibe en su seno, como huesped, con ciega esclavitud... El organismo la elabora con sus insuficiencias intrínsecas" (Castellino).

  Respecto al problema etiológico, que resulta casi siempre complejo, por la presencia al mismo tiempo, de factores endógenos, es menester diferenciar las causas de contingencia, esenciales y necesarias, de las causas específicas.

Traemos a colación un ejemplo, que Pende refiere en su "Tratado de Patología Médica", que acaba de publicarse: "para la génesis de la pneumonía, el abuso de alcohol es un factor no obligatorio, no esencial: mientras que el factor esencial, necesario, obligatorio, es la especial disposición del tejido pulmonar del enfermo y es factor específico el diplococo de Fránkel”.

5º Ocurre frecuentemente la confusión entre el factor etiológico específico, con el mecanismo fisiopatológico. Discurriendo así, pensamos que no corresponde diferenciar etiológicamente, las enfermedades que el criterio común las señala como motivadas por autointoxicaciones.

La auto-intoxicación, no sería el factor etiológico: sería solamente una manifestación del proceso: queda para ser considerada la causa verdadera de la auto-intoxicación.

6º Debe abandonarse el concepto de enfermedad funcional, en el sentido de expresar enfermedad sine materia, por cuanto hoy, la neurosis, pongamos por ejemplo, se considera como si dependiese de "un error material en la organización del sistema nervioso, que deriva de un ectodermo lábil".

Para la identificación de una enfermedad, es, por tanto indispensable, además del conocimiento anatómico-histológico y fisiopatológico, el etiológico y el de la constitución del enfermo.

7º Si bien la doctrina constitucional nos aconseja no descuidar el estudio de las anomalías o desarmonías, de las diátesis morbosas, de los estados premorbosos, etc., no hay que confundir tampoco las constituciones individuales o tendencias, con las enfermedades propiamente dichas. A este respecto hay quien piensa que la esencia del proceso no es otra cosa que la exteriorización de una constitución anormal, y quien considera la enfermedad psíquica del adulto, como la exageración del carácter nativo del sujeto.

Esta manera de considerar el proceso morboso, que se fundamenta por la doctrina del preformismo mental, según la cual las enfermedades mentales serían la evolución de las constituciones individuales: presenta como consecuencia, la de confundir constitución con enfermedad. Vale mucho más considerar, como hacen otros autores, que un sujeto no se enferma mentalmente por un natural desenvolvimiento de una determinada constitución, diátesis o disposición congénita, sino que, para que enferme, se necesita la intervención de un elemento, de un factor nuevo: "el factor realizador" (Pende), que pueda derivar, tanto del ambiente orgánico como del ambiento mesológico.

Un niño con constitución ciclotímica o esquizoide, no será fatalmente, con el andar del tiempo, un ciclotímico o un esquizofrénico, pudiendo, por el contrario, quedar como tal, esto es, con su constitución ciclotímica o esquizoide, para toda su existencia.

 

De las consideraciones más arriba expuestas traídas de la patología general resulta: que una clasificación, para que tenga un valor científico, necesita ser fundamentada en el principio de la causalidad específica; y que la clasificación no puede encontrar su base en la distinción entre enfermedades endógenas y exógenas, entre congénitas y adquiridas, entre orgánicas y funcionales, entre constitucionales y adquiridas, entre reacciones homónimas y heterónimas, entre sujetos armónicos y desarmónicos, etc.

Ahora bien: ¿Podemos ofrecer una clasificación que se funde exclusivamente sobre el criterio etiológico? Si hoy conociésemos la etiología de todas las enfermedades mentales, fácil nos sería diferenciarlas y habríamos alcanzado con ello lo que la medicina pide hoy a este respecto. Ni los otros criterios que pueden utilizarse cuando falta el etiológico –el criterio anátomo-histopatológico, criterio fisiopatológico, criterio sintomatológico– nos permite clasificar en manera definitiva, las enfermedades mentales. Las razones que lo impiden, son demasiado conocidas y evitaremos el caer en lugares comunes.

De ahí la imposibilidad de presentar una clasificación verdaderamente científica a base etiológica, y la necesidad de buscar otro camino que nos permita, utilizando diversos criterios (anátomo-patológico, patogénico, clínico), dividir la patología mental en sindromes.

Entendemos que es en el campo de la patología mental, vale decir en la clínica, en donde debemos colocarnos para diagnosticar y tratar, las enfermedades mentales, valorando, como se merece, el trastorno mental. La sintomatología psíquica, en efecto es, en la mayoría de los casos, la única que nos guía a la determinación del diagnóstico: así ocurre con la esquizofrenia, con la paranoia, con las distimias, con la imbecilidad biopática, con el histerismo, etc., siendo la sintomatología somática y humoral inconstante e insegura, en estas enfermedades.

Cuando nos falta el elemento etiológico, son los trastornos psíquicos, reunidos en tipos clínicos de grupo, bien delineados, que, más allá de las variaciones individuales, constituyen esencialmente la enfermedad mental, mientras que el substratum anatómico nos ilumina sobre la causa de, la enfermedad misma.

Ahora, entre los trastornos que la psiquis puede presentar, los hay de las más diversas jerarquías. Los unos no faltan nunca en algunos sindromes; y otros, se verifican o no. Algunos tienen importancia aparentemente esencial y otros de contingencia. Admitamos, pues, para unos, valor ponderable y para otros solamente valor contingencial.

Creemos que la manifestación morbosa de la psiquis, de mayor importancia, la que tenemos que investigar con la mayor prolijidad, cuando estamos frente a un enfermo, es aquella que se refiere a la magnitud del trastorno mental. Es necesario, pues, poner de manifiesto si las alteraciones del enfermo son tales, que comprometan por completo o parcialmente su autonomía psíquica, y si la comprometen en manera transitoria o definitiva.

Este criterio puede servirnos entre tanto, y provisoriamente, para una primera diferenciación.

Es una distinción realizable en la práctica; accesible a los conocimientos médicos generales; no comprometedora, así nos lleguen los siempre anhelados progresos de la patología mental; y de gran utilidad, quizá, para la interpretación de los problemas que se presentan a diario en Medicina Legal.

Como se verá nuestra tentativa no tiene el objeto de renovar las doctrina psiquiátricas con nombre, constelaciones morbosas y concepciones nuevas, que aumentaría la confusión para quien tuviese que consultar diversos libros de texto de nuestra especialidad. Pretendemos llegar a una orientación sintomática, con los cuadros nosológicos que la patología mental, los tiene aceptados y diferenciados.

 

Dividimos la nosología psiquiátrica en cinco Grupos:

 

1) – Estados Mentales premorbosos (Constituciones)

Forman parte de este grupo los sujetos que presentan desarmonías características en la personalidad, las cuales no llegan a perturbar, en manera suficiente, el mecanismos de su autonomía psíquica. Son condiciones o tendencias originarias, son tonalidades en la "predisposición individual” son matices clínicos evocadores de otras formas clínicas bien definidas; son orientaciones y no determinaciones clínicas.

Las constituciones representan el terreno fértil, sobre el que pueden desarrollarse esos sindromes clínicos, que antes se denominaban psicosis degenerativas y hoy psicosis constitucionales, si interviene, como hemos visto más arriba, el factor "realizador".

Son formas atenuadas de aquellas, si se quiere, pero con la diferencia que las unas son enfermedades ya establecidas y las otras son estados morbosos en potencia, pero no en el sentido que por sí sólos, fatalmente, han de evolucionar.

Cada una de esas constituciones es la orientación hacia el tipo de enfermedad, que el sujeto tiene disposición a padecer, en el caso que un estímulo perturbador adecuado –endógeno o exógeno- lo lleve a enfermarse mentalmente.

 

No mencionamos en esta clasificación la degeneración psíquica, por cuanto el concepto de degeneración psíquica ha sido hoy abandonado y substituido por el de la psicopatología constitucional. Las psicosis degenerativas de antaño, son las psicosis constitucionales de hoy.

 

II) – Síndromes mentales con debilitamiento temporáneo de la autonomía psíquica

(o con pérdida incompleta y temporánea de la autonomía psíquica)

Este grupo comprende un reducido número de sindromes mentales, las llamadas neurosis, que se caracterizan, como bien lo advierte Sante De Sanctis, por perturbaciones proteiformes, a cargo de las funciones psíquicas, vegetativas, motrices y sensitivas.

Trátase de momentáneas rupturas del tono, de desarmonías y desequilibrios funcionales, que se reparan más o menos rápidamente.

Además de la neurastenia, de la histeria, de la neurosis emotiva, mantenemos aún entre las neurosis, a la epilepsia genuina o esencial.

Muchos autores quieren renunciar al concepto, según el cual el histerismo y la neurastenia, constituyen dos neurosis distintas, substituyéndolo por el de neuropsicosis. Aunque, en muchos casos, la diferenciación ofrezca dificultades, creemos, como otros autores, que no se puede dudar, por un lado, de la existencia de histéricos y de neurasténicos al estado puro y, por lo tanto, que hay una diferencia bien marcada, entre las manifestaciones paroxísticas de un simple ataque histérico, los episodios accesuales, los accidentes histéricos, –todos curables en un espacio limitado de tiempo– y entre las manifestaciones de los que padecen de psicosis histérica –equivalentes oniroides, de larga duración, estados confusionales alucinatorios, delirantes, éxcito-depresivos. etc., lapso de tiempo relativamente largo, la claridad de conciencia, la libre expansión de la libertad, y el contralor de las funciones psíquicas superiores.

Podríamos decir que las neurosis presentan fenómenos que el organismo fácilmente compensa, mientras las psiconeurosis o psicosis, ofrecen una resistencia intensa y duradera para ser compensadas. Esta manera de pensar está de acuerdo con la doctrina que Von Monakow y Mourgue expusieran recientemente, según la cual las neurosis y las psiconeurosis, deben considerarse como fenómenos de compensación, relacionados con trastornos endócrino-vegetativos y con alteraciones del sistema coroideoependimal; la compensación se realizaría mediante un mecanismo especial, que denominaron diaspasis.

El motivo, por el cual nos parece todavía justificado el asiento de la epilepsia entre las neurosis, consiste en la observación corriente que hay un gran número de epilépticos, los cuales, fuera de las fases convulsivas y de los trastornos inmediatos que las acompañan, no presentan perturbaciones profundas y durables de la personalidad psíquica, mantienen íntegras sus condiciones intelectuales y correcto su comportamiento. Esta diferenciación, entre neurosis epiléptica y psicosis epiléptica, cobra un valor particular en psiquiatría forense.

 

III – Síndromes mentales con pérdida completa y temporánea de la autonomía psíquica

Para nosotros, forman este grupo algunos sindromes mentales, para los cuales se podría reservar el nombre de psicosis (psicosis distímica, neurasténica, histérica, epiléptica, etc.) que se caracterizan por las perturbaciones profundas, que ocasiona a la personalidad psíquica, que necesita un largo período de tiempo para volver a su equilibrio normal. En unos casos, por ejemplo, en la psicosis epiléptica o histérica, podemos hablar de una exacerbación duradera de la neurosis, de que padece el sujeto. Creemos oportuno ubicar en este grupo también a la esquizofrenia, considerada, como hacen algunos autores, –la escuela de Claude, por ejemplo– como curable, separándola de la llamada demencia precoz, afección incurable.

Al lado de estas psicosis bien definidas, debemos considerar aquellos estados psicopáticos relacionados estrechamente con intoxicaciones, con afecciones comunes y afecciones cerebrales. Son los estados psicopáticos o las psicosis sintomáticas de algunos autores; estados o psicosis que, como las anteriores, alteran profundamente y durante largo tiempo el equilibrio mental.

 

IV – Síndromes mentales con falta de desarrollo de la autonomía psíquica

En este grupo colocamos a los sujetos que han sufrido una detención en su desarrollo cerebral, por biopatía, por cerebropatía presentada en el período pre o post-natal, o por disendocrinia.

 

V) – Sindromes mentales con perdida completa y duradera (o definitiva) de la autonomía psíquica

En este grupo hemos reunido, por un lado, todos aquellos cuadros morbosos, ya bien delineados en Psiquiatría, muchos de los cuales fueron ya rotulados con el nombre de demencias primitivas y, por otro lado, todos aquellos estados demenciales considerados como demencias secundarias, estados involutivos y terminales de diversas psicopatías, caracterizándose todos, por un debilitamiento global, estable, en las funciones psíquicas.

Al lado de estas forma morbosas, hay que asignar un puesto a aquellos sindromes psicopáticos, que se desarrollan sobre un sistema delirante crónico y que, en la mayoría de los casos, no llegan a demencias, no obstante su incurabilidad.

 

He aquí cómo queda constituída la clasificación:

 

I) - Estados Mentales premorbosos (Constituciones)

 

Constitución:    Hipotímica

               Hipertímica

               Ciclotímica

               Neurasténica

               Psiquiasténica

               Histérica

               Emotiva

               Paranoica

               Esquizoide

               Perversa, etc.

 

II) - Síndromes mentales con debilitamiento temporáneo de la autonomía psíquica

 

Neurosis:             Neurastenia

                             Histerismo

                             Neurosis emotiva

                             Epilepsia genuina

 

III - Sindromes mentales con perdida completa y temporánea de la autonomía- psíquica

 

A). Psicosis:     a) Neurasténica o psiquiasténica

  b) Histérica

  c) Distímica (maníaco-depresiva)

  d) Epiléptica

  e) Esquizofrénica

 

B). Estados psicopáticos: neurasteniformes, distímicos, confusionales, alucinatorios, delirantes, esquizofrénicos, etc., por intoxicaciones, infecciones o traumatismos. De este grupo, he aquí las formas clínicas más conocidas y diferenciadas:

Confusión mental

                     Delirio agudo

                     Delirio onírico - no alcohólico

                     Psicosis alcohólicas (delirio onírico, delirium tremens, alucinosis alcohólica,

                        paranoia alcohólica, psic. de Korsakow, etc.).

                     Psicosis morfínica, cocaínica, etc.

                     Psicosis gravídica, puerperal, coreica (c. de Sydenham). Psicosis traumática

                     Delirios febriles e infecciosos, etc.

 

IV – Sindromes mentales con falta de desarrollo de la autonomía psíquica

            A). Oligofrenia o frenasteni

                        a) Biopática                Con insuficiencia

                        b) Cerebropática         mental de diversos

                        c) Biocerebropática     grados

 

B). Disglandularismos:

                        a) Mixedema

                        b) Cretinismo

                        c) Mongolismo

                        d) Infantilismo, etc.

 

V – Sindromes mentales con perdida completa y duradera (o definitiva) de la autonomía psíquica

A). Parafrenia:

Demencia precoz y Demencia precocísima o infanto-pueril

Demencia paralítica, en la edad adulta y en la edad evolutiva (infanto-juvenil)

            Dementia infantilis

                                                               Melancolía involutiva

                             Formas preseniles       Atrofia senil de Alzheimer

                             y seniles                      Demencia senil

                                                               Demencia arterioesclerótica

 

B). Estados demenciales:

"           epiléptica

"           luética – no paralítica

"           coréica (de Huntington)

"           esclerótica

"           alcohólica

"           meningítica

"           encefalítica, etc.

 

C). Delirios sistematizados cronicos (psicosis alucinatoria crónica, paranoia, etc.).

 

Por lo que dejamos expuesto, entendemos que hemos desprendido conceptos definidos, que consideramos útiles para conseguir un propósito, es decir, llegar a una clasificación de las enfermedades mentales para nuestro uso, fomentando así la formación de la escuela Médica Latino-Americana.

No se nos escapa, y ya lo han advertido pensadores que llegan a nuestras playas, que el alma americana está en formación, como lo están digámoslo sin reparos, el organismo americano; para algunos aún no ha nacido, balbuceante para otro. Estamos seguros de la fecunda influencia de la vieja Europa, como también lo estamos de que es hora que despertemos al trabajo personal, que nos aleje de la copia, discurriendo por nuestros propios medios.

Dijimos al comenzar éste nuestro trabajo, que debía tener carácter provisorio, de acuerdo a los adelantos que el esfuerzo promete y decimos ahora, insistiendo en la necesidad de aquello que pretendemos que existen algunos términos que no se avienen con los conceptos de la lógica, por ej.: que continuemos llamando demencia precoz y demencia paralítica a dos afecciones que, en ciertos períodos de las mismas, ni pueden ser consideradas como demencias, ni son precoces, ni son paralíticas.

¿Por qué no hemos de rebautizarlas, de acuerdo a otros conceptos? Nos parece absurdo que, si establecemos, como ya lo hemos hecho, que demencia es un debilitamiento psíquico, global y progresivo, admitamos que la llamada demencia precoz –en algunas de sus variedades– pueda tener curabilidad.

¿Por qué hemos de hablar de delirio de interpretación y de imaginación, como si los de imaginación tuvieran una normal interpretación, y en los de interpretación, a la imaginación nada tuviera que objetarse?

Comprendemos que es hora de discurrir y de apreciar valores y, apoyados por los conceptos básicos que nos han servido para nuestras actuales lucubraciones, en el deseo de ver la utilidad real de estas reuniones médicas, es que sometemos nuestro trabajo a la Segunda Conferencia Latino-Americana de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal.

 

 

Notas:

1. Gonzalo Bosch, Prof. de Psiquiatría

2. Lanfranco Ciampi, Prof. de Neuropsiquiatría Infantil