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Discurso inaugural de la Colonia Nacional de Alienados (Fragmento)

Domingo Cabred

 

A menos de cuarenta años de su fundación, el Hospicio de las Mercedes –Ex Hospicio de San Buenaventura– se transformaba por iniciativa de Domingo Cabred en el centro de una experiencia innovadora a la altura de los países más desarrollados en política sanitaria y más específicamente en las referidas a la atención de las alteraciones mentales.

Esta experiencia alcanzó su desarrollo culminante durante el período en el que Cabred se desempeñó como Director de este establecimiento, produciéndose a su retorno la decadencia y olvido del proyecto, a lo que seguramente contribuyeron los factores político institucionales que han condenado al fracaso y al olvido tantos planes en salud y educación en la corta historia de nuestro país.

La fundación de la Colonia nacional de Alienados en Luján en 1899 –necesariamente asociada al Hospicio de las Mercedes en este proyecto de desintegración asilar– fue el primer acto que instaló a la Argentina en el paradigma del manicomio moderno, superador de la crisis de la antigua concepción manicomial.

El discurso pronunciado por Cabred en esa oportunidad, y que aquí reproducimos parcialmente, constituyó, seguramente, la primera enunciación de este proyecto y de las ideas sobre la dolencia mental en las que éste se cimentaba.

 

 

Hace apenas un siglo, los alienados eran objeto de tratamientos crueles, aún en los países mas civilizados de Europa. No se les condenaba a los exorcismos y a la hoguera, como en épocas anteriores; pero, se hallaban confundidos en las cárceles, con los delincuentes comunes, o recluídos en viejos e infectos asilos, encadenados, estropeados, haraposos y hambrientos, ofreciendo un espectáculo bochornoso para la cultura humana.

Afortunadamente para ellos, y para honor de la útlima década del siglo XVIII, varios hombres de ciencia y de corazón, Pinel, Daquín, Chiaruggi, Tuke y Cullen emprendieron, respectivmaente, en Francia, Italia, Inglaterra y Escocia, la reforma de la asistencia de estos desgraciados, cabiéndole al primero la gloria imperecedera de haber realizado en París, con más amplitud y repercusión que los otros, su generosa iniciativa.

Pinel no solamente rompió las cadenas que aprisionaban al loco, sino que también higienizó, hasta donde era posible sus viejas viviendas de Bicêtre y de La Salpêtrière, mejoró la alimentación y el vestido, organizó talleres, instituyó un tratamiento de humanidad y dulzura, elevando así al alienado –como tantas veces se ha dicho– a la dignidad de enfermo, de que hasta entonces se hallaba desposeído.

La obra de reparación y de justicia llevada a cabo por Pinel, constituye, pues, la primera  y más importante etapa en la evolución del tratamiento de la locura. Con ella comienza, a la vez, la verdadera observación clínica que debía servir de fundamento a los progresos científicos de la psiquiatría. El ejemplo dado por Pinel, tardó, es cierto, algunos años en generalizarse en Francia y en las demás naciones: pero, concluyó por imponerse, triunfando de las falsas ideas reinantes y de la parsimonia e indiferencia administrativas. El fuego sagrado que animaba al ilustre reformador, se trasmitió a Esquirol, Ferrus, Parchappe y Falret (padre) en Francia, a Haslam y Conolly en Inglaterra, a Jacobi, Zeller y Roller en Alemania, a Schoedervan der Kolk en Holanda, y a Guislain en Bélgica, quienes dedicaron todo su tiempo y toda su ciencia a la obra iniciada con tan altos fines.

Fruto de esos esfuerzos fueron el gran número de asilos especiales, contruídos en Europa en la primera mitad de este siglo, las importantes mejoras introducidas en su régimen interno, y las leyes dictadas con el objeto de garantizar los interese jurídicos y materiales del alienado.

Los asilos de esa época son construcciones pesadas, monumentales, dotadas de gran número de celdas, con altos muros interiores y exteriores, y presenta todo el aspecto de convento o de prisión, que entristece y abate el ánimo del alienado. Todo se subordina en ellos al principio del encierro y seguridad más absolutos. La divisa era, como lo ha dicho un eminente alienista: Nulla salus nisi en claustris. Era la época también de la intimidación y de la coerción, y los instrumentos usados fueron la ducha, el chaleco de fuerza, todo genero de ligaduras y el encierro celular prolongado y sistemático. Pero, una mejora trascendental que constituye una segunda etapa en los progresos de la asistencia del alienado, comenzó a operarse, hace sesenta años, en el régimen interno de los asilos de Inglaterra, merced a la práctica, introducida por Conolly, del no-restraint, o supresión de todo medio de coerción mecánica. Proscribióse en absoluto, el chaleco de fuerza y las ligaduras de toda clase, que fueron reemplazadas por medios de suavidad y benevolencia, por el aislamiento pasajero en celdas acolchadas, y por la vigilancia constante y la acción directa de guardianes, consiguiéndose suprimir los estados de furor y las graves lesiones determinadas por los agentes coercitivos. La turbulencia y la gritería contínuas observadas hasta entonces en los asilos, fue reemplazada por el orden y la calma, transformándose así totalmente el aspecto interior de esos establecimientos. Resistido en su comienzo, como sucede con todas las nuevas prácticas, el sistema del no-restraint se ha generalizado gradualmente en todos los países, y hoy ya no se discuten sus benéficos efectos. Estos, demostraron a la vez, la posibilidad y la conveniencia de introducir mayor libertad en la asistencia de los alienados, atenuando los inútiles y excesivos rigores de la secuestración. Disminuyóse el número de celdas, estableciéndose el principio de la vida común, así de día como de noche; aumentaron las diversiones y entretenimientos de todo género, que tan favorablemente influyen en el espíritu de esta clase de enfermos. Se dió, así mismo, mayor impulso al trabajo, ocupando a los alienados en el cultivo de la tierra, pero, en una medida tan restringida, al principio, que sólo podía calificarse de tímido ensayo. Tal era el carácter que tuvieron las primeras tentativas de este género, hechas en Francia, en Bicêtre, Santa Ana, y Fitz-James, lo mismo que en Chrestophbad, Hildeheim, Blankeshein en Alemania y en St. Gall en Suiza.

No obstante estas mejoras, que presagiaban la reforma fundamental que en breve debía producirse, todos los asilos construidos hasta hace treinta años eran cerrados, lo cual les ha valido el nombre de Bastillas modernas. El concepto de temibilidad del loco seguía imperando a pesar de todo.

A partir de esa época, comenzó a adoptarse el sistema de grandes pabellones aislados, que, aun siendo cerrados, permite conceder mayor libertad al alienado, y por eso y en virtud de que algunos establecimientos disponen de pequeños terrenos de cultivo, marcan un período de transición entre el asilo prisión y los nuevos asilos abiertos.

El aspecto exterior de esos grandes pabellones es mejor que el de los pesados y chatos edificios del sistema Esquirol; pero así mismo, aquellas macizas construcciones, uniformes, alineadas paralelamente, por más separadas que estén, y por más lujosas y confortables que sean, recuerdan con su monotonía y sus vastas proporciones los imponentes edificios de los cuarteles, y suscitan la idea siempre triste e irritante de la secuestración. Por eso, en Francia, se les llama asilos-casernas. Contra este sistema de asilos cerrados y como corolario del no-restraint, que había introducido la tranquilidad y la calma en los asilos, se produce en Escocia, hace una treintena de años, una reforma radical en la constitución material y organización de esos establecimientos, iniciada principalmente por los alienistas Sibbald, Mitchell, Clouston, Rutherford y otros. Como primera medida, se derriban los muros interiores y exteriores y se suprimen las rejas, dejando completamente libre el horizonte. Los asilos de Argill, Five and Kinross, Inverness, Haddington y Pert, son los primeros en dar el ejemplo, seguido en los de Morningside, Woodilee y en todos los demás de ese país. Se deja igualmente en ellos, durante el día, abiertas las puertas de la mayor parte de sus departamentos; se suprime casi totalmente el encierro celular; se concede permiso a gran número de enfermos, para salir del asilo, bajo la palabra dada por ellos mismos de volver a él; y a ese régimen de positiva libertad, que hace pocos años, habría parecido un absurdo o verdadera locura, se da el breve y conceptuoso nombre de Open-Door. Siguiendo en esa vía de franquicias, se establece otra forma de asistencia, igualmente libre, y es el pupilage de alienados incurables e inofensivos en el seno de familias agricultoras. Verdad es, que este último sistema se hallaba establecido hace varios siglos, en la célebre Colonia de Ghell, en Bélgica, pero, se creía, sin razón alguna, que los campesinos de la colonia eran los únicos en poseer el secreto de esa asistencia, que por otra parte, Alemania y Francia han establecido también, más tarde, con buen resultado, organizándola Warendorf en la primera de estas naciones, y Marie en la segunda.

El principio de open-door ha suscitado, como el no-restraint, grandes resistencias; pero, ha ido también imponiéndose, poco a poco, y son hoy muy contados sus adversarios. El marca una tercera época en la evolución del tratamiento de la locura, y sirve de punto de partida de nuevas e importantes reformas.

La practibilidad de este sistema no depende, como creen algunos, de la supuesta índole especial que tendrían los alienados de determinados países, sino de la misma naturaleza de la locura. En efecto, de igual manera que los antiguos medios de coerción y de fuerza, irritaban al alienado, cualquiera fuera su nacionalidad, hasta el grado del furor, la secuestración carcelaria de los asilos cerrados le entristece y le humilla, pues el sentimiento de libertad persiste en el mayor número de estos enfermos. De ahí la incesante protesta contra la privación de ese bien que no se resigna a perder, y el continuo deseo, frecuentemente satisfecho, de las evasiones.

¿En qué medida y en qué forma se concede esta libertad en los asilos llamados de puertas abiertas? Ella es otorgada ampliamente, pero, de un modo gradual y progresivo, y previa selección cuidadosa de los alienados que han de gozar de ese beneficio.

La observación ha demostrado que, por lo menos, el 80% de la población de los asilos de alienados, puede usar de una real libertad, con positivas ventajas para su salud física y mental, y sin perjuicio alguno para los que los rodean. Apenas un 20% de estos enfermos necesita verdadera reclusión, pero tampoco en la forma usada en los asilos cerrados, sino en condiciones más humanitarias, y empleándose la vigilancia continua de asistentes prácticos en el cuidado del alienado. La secuestración a que están condenados todos los enfermos, sin excepción, en los asilos cerrados, es pues, no solo innecesaria, sino también contraria a los derechos del hombre y a las exigencias del tratamiento científico de la locura. Y son tan mezquinos los resultados curativos alcanzados en estos establecimientos, que Marandon de Montyel, uno de los primeros y más entusiastas partidarios del open-door, en Francia, los llama “fábricas de crónicos y de incurables”.

 

 

 

 

 

Editorial Polemos, 1998

Callao 157, P. B. "C", Buenos Aires.

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