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Cartas

 

Carta abierta

 

Estación Gálvez F. C. B. A. y R.

Señor Doctor Cabred

Buenos Aires

 

Mi última jornada en el manicomio, y primera en libertad

Después de haber salido precipitadamente… del hospicio, me dirigí al hotel, adonde pasé las últimas varias horas de mi permanencia en Buenos Aires; pues abandoné la ciudad esta misma noche. Tomé el tren, y en un camarote de primera, me encontré lo más cómodo… después de haber dejado la casa vieja.

Me ocurría algo, como al del famoso cuento de “Mil y unas noches” cuando uno es víctima de la locura, se cree sultán, y todos le obedecen. El tren parecía secundar mis sentimientos. Con una marcha rápida tragaba el espacio, dejando de momento á momento. Siempre más atrás, alejándose del hospicio… De á poco se acercaba la noche, quise conciliar el sueño, pero pude hasta la media noche.

Me dormí, pero al poco rato sentí una voz femenina, que me penetraba los oídos y atravesaba hasta la columna vertebral… Quise cerciorarme de adonde partía aquella voz, y la alegría alumbró mi semblante. Una convecina de mi camarote; contiguo al mío nos hallábamos unidos con los lazos indisolubles de la construcción… del tren. He vuelto a dormir, y esta misma voz ha vuelto á despertarme; al principio le echaba pestes, la maldecía, pero después cobré cariño. Su voz de timbre se incrustaba en mí, á medida que seguía la conversación, empecé a dar vueltas en la cama, mis nervios se excitaban…

Dí vuelta el colchón, arreglé la almohada, y tiré con las frazadas por el suelo… Su voz calló, el tren seguía con su marcha vertiginosa y no y no se oyó más que el ruido producido y el balance. No se sintió ni una palabra, comprendí entonces que mi convecina ya reposaba en el sueño como un angel… como una virgen… Mientras que yo seguía meditando. El efecto que ha producido sobre mí ha sido demasiado fuerte, sea sobre mi estado físico ó patológico (resuelva Ud. que es médico).

Ya despuntaba el alba. Con la impresión recibida llego a Rosario. Un hermoso Sol apareció en el horizonte, como si viniera á darme la bienvenida y mi convecina abandonó el tren. Seguí mi viaje. A las once llego á la estación adonde tendré que habitar, los campos ya han florecido y pronto han de cortar el trigo y lino. En este extenso campo deshabitado no se ven ya locos, pero tampoco cuerdos… Pasan por mi puerta, una mula renga ó un caballo de mala muerte, y no me conocen… Yo salí del manicomio, pero mi hermano se habrá vuelto loco, al traerme por estos barrios… Paso la vida tranquila, muy tranquila, pero como dice Denon, cuando la calma llega, se agitan las pasiones. Sin embargo, no puedo quejarme, la vida esta asienta mucho á mi salud, y me siento muy mejorado. Pero dentro de varios meses, marcho á abrir las puertas de Buenos Aires.

Entonces me estableceré en un campo y con una industria segura. Creo que mi hermano me secundará porque yo he tanteado el terreno… Con este artículo me despido del “Eco de las Mercedes”, para siempre.

Saludo á Ud. atentamente S. S. S.

Felipe Fuchs

 

 

Carta de un prófugo

 

(La carta que va inserta á continuación pertenece á un enfermo que hace dos años fugó del establecimiento, y que actualmente se halla de nuevo en tratamiento en este Hospicio)

 

Buenos Aires, 18 de marzo de 1904

 

Señor Dr. José T. Borda

Hospicio de las Mercedes

 

Salud, señor. Yo soy el pajarito. Uds. lo médicos, hombre de ciencia, me han tenido alguna consideración porque creían que yo era un loco de verdad, y por lo mismo, cuando yo les hablaba de que tenia que trabajar porque mi familia era muy pobre y me veía en la obligación moral de ayudarla, me contestaban con palabra muy buenas, pero no me daban la libertad que yo les pedía. Esas palabras, que eran para Uds., un descargo de conciencia, á mí me dejaban triste y afligido; pero al mismo tiempo buscaba por otro lado la manera de volar de la casa y un día el pajarito voló.

Pero como no tengo alas, señor, me costó bastante trabajo subir el paredón que circunda ese Hospicio, y sólo á fuerza de paciencia y muy buena voluntad, y también gracias á mis buenos puños conseguí escalar esa pared, llevando puesto el traje de recluta que Uds. dan, y con el cabello en completo desórden.

Ligero como la chispa eléctrica de Marconi, atravesé la ciudad y corrí hácia mi casa, hácia el nido tantas veces recordado, donde encontré á mi madre, que en ese momento lloraba por su hijo perdido, y que antes no habia cesado un momento de llorarlo.

Ahora me encuentro en cama, porque, qué quiere, señor, la escapada no fué del todo feliz, tuve una caída y la carne está algo lacerada y machucada.

De esa casa conservo muchos recuerdos, y el dia que quisiera escribirlos necesitaria un libro grande, muy grande. Ya ve Ud. qué poco puedo decirle en esta pequeña hoja de papel, llena de errores, indigna casi de llegar á sus manos.

Le ruego encarecidamente, doctor, mande buscar el traje de ese establecimiento, que tengo en mi poder. A V., nada le costará enviar un peon hasta la casa de mi familia, Le quedará por eso muy agradecido S. S. S.

 

José Padovani

 

 

Ahí se escapa uno…!*

 

 

 

Marzo 26 de 1902

 

Signore Direttore

Dottore Domingo Cabred

 

Vi participo che io sono maritato é ho una moglie giovane e bella, e non e raggionevole de stare tanto tempo senza vederla. Per cio me nevado vía.

E á rivederlo, signor direttore.

 

Juan Crusetti

 

* Carta dirijida al Director por el alienado Juan Crusetti, quien se fugó el mismo día de remitirla.