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Salón de recreo de los pensionistas

 

 

 

“Quantum mutatus ab illo!”

(Virgilio)

 

“¡Cómo ha cambiado este hombre!”

Cómo difiere de lo que ha sido!

¿Es sí ó nó, el mismo que he conocido, tan joven,

tan brillante, tan inteligente?

Es, sí ó no, aquél que fué tan rico, tan poderoso?

 

Aquí, el cuadro habla más que su descripción misma…

 

Reune en su seno á enfermos que llevan, quizás, consigo, en su mismo rostro, los indicio de una vida que pasaron, sea en los descuidos de las ocupaciones usuales de su condición social, sea en algunos pasatiempos de los descansos, que necesitaban procurarse, después de una jornada cumplida con todo el trabajo de su tarea social, ó exclusivamente de la familia.

Y es así que unos van á quien puede encontrar el compañero ó los participantes adecuados de un juego á la baraja, de un juego al dominó, de un juego á los dados, de un juego al jaqué, etc., de un duelo al billar? cuando este último deleite no se encuentra jugado por cuatro procederes, que obran cada uno á su vez, según las leyes de los estatutos propios á la misma mesa boleadora.

¿Quién sabe, en estas peripecias de aspecto variable, tanto como lo debe ser y lo son en realidad las mismas caras de los sujetos, si, en su mismo número desgraciado, no se encuentra algún ser, que siente no tener por principal actora y compañera de su juego, la diva botella de cerveza ó de vino blanco, tinto? Quién sabe, todavía, la copa absorbente más, quizás, que absorbida, de ajenjo ó de aperital, de whisky ó del mismo coñac, que era más pronto para tomar que para jugar; sin querer, sin embargo, prescindir de su animación toda por el mismo triunfo suyo, que le garante la victoria de algún peso, que le sacaría del bolsillo la pérdida de la partida?

Y, no pudiendo, desgraciadamente para unos, entre dichos enfermos, sacudir y medir las fuerzas pecuniarias de sus bolsillo, que les sacaron ó que no parecieron al entrar en el establecimiento, ¿quién sabe, aún, si unos no juegan la misma suerte de “su alta”, qué vendrá en su tiempo ó no vendrá nunca, á pesar de sus ilusiones? ¿Quién sabe, enfin, si no siguen, en su rumbo mental y jugado, la suerte fatal de un miembro de su familia respectiva, del mismo honor interior suyo? ¡tan desgraciado y escondido es, variado al infinito, el juego de las naturalezas, que perdieron la razón y que la moral abandona!

No puedo medir semejante abismo, y prefiero quedarme en la “honra” de la misma institución de lo recreativo, que procura la creación de los juegos en el Hospicio de las Mercedes, para servir de medio curativo de los enfermos, más bien que pernicioso por su costumbre.

 

G. Osmin Sous

18 de noviembre de 1905