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Erotismo psíquico senil

Observación 33

 

En 1901 se presentó al consultorio de enfermedades nerviosas del Hospital San Roque un sujeto argentino de 60 años de edad, soltero, jornalero.

Entró subrepticiamente, ocultándose de varias mujeres que estaban en la sala de espera, como si su presencia le incomodara. Su cuerpo ya un tanto encorvado por la edad, estaba, además, intencionalmente flexionado, como si en su abdomen se localizara algún dolor agudo.

Interrogado acerca de sus dolencias, responde no tener ninguna pero refiere que "desde hace veinte días no puedo salir á la calle, porque al ver á una mujer se le alborota la naturaleza".

Por la ingeniosa paráfrasis comprendióse toda la enfermedad: un breve examen é interrogatorio, permitió definir su origen, su evolución y su aspecto clínico.

Tratábase de un sujeto perteneciente á una familia sin taras degenerativas; había sido siempre muy sano, aunque de temperamento nervioso hiperactivo é irritable. Había tenido hábitos alcohólicos, pero relativamente moderados, pues no presentaba signos físicos de alcoholismo y sólo un poco de excitación psíquica, acaso referible á esa causa.

Los antecedentes sexuales de este enfermo –por cierto los que debían suponerse más interesantes– son vulgares: en la adolescencia ha sido onanista y en la juventud ha abusado de sus funciones de reproductor. Nunca ha incurrido en perversiones sexuales, por lo menos sistemáticamente. Desde hace varios años no tenía erecciones, encontrándose en plena impotencia senil.

Hace veinte días despertó en plena erección, hecho que le preocupó. El enfermo recuerda que en los días precedentes fueron más asiduas sus libaciones, y que en la noche anterior entretúvose en referir á un grupo de amigos sus aventuras amorosas de la juventud, matizándolas con picantes detalles sexuales.

Es indudable que la excitación de los centros nerviosos por el alcoholismo, asociada á las imágenes psico-sexuales despertadas en la conversación de la noche precedente, cooperaron eficazmente á que esa mañana fuera completa la erección que habitualmente se produce á medias en los sujetos de edad madura, en quienes la distensión de la vejiga por la orina obra como excitante mecánico de la erección.

Preocupado por el hecho, el sujeto creyó estar en presencia de un resurgimiento de su actividad sexual. "Durante toda la mañana–dijo– no pude pensar en otra cosa". La autosugestión hizo lo demás.

Al salir el enfermo á la calle y cruzarse con una persona del sexo opuesto tuvo la sensación de que su erección se repetía. El hecho le preocupó sobremanera.

“Desde ese día –son sus palabras– no hago más que pensar en eso. No puedo vivir tranquilo ni ocuparme de mi trabajo, desde que se me ha entrado esta idea en la cabeza. Me es imposible andar por la calle, pues al ver una mujer se me alborota la naturaleza; muchas veces camino con un diario en las manos, y cuando llega una señora lo distiendo para leer, de manera que me sirve de delantal y me tapa la vergüenza".

Todo indujo á creer que sus trastornos eróticos eran puramente psíquicos; es decir, que se despertaba en su corteza cerebral la imagen de la erección sin que se produjera su equivalente funcional.

Así se comprobó experimentalmente, pues, colocado el sujeto ante una ventana desde donde se divisaban varias mujeres, manifestó que sentía producirse "el alboroto de la naturaleza” pidiendo que lo retiraran de la ventana para evitarle esa vergüenza; pero la inspección local no reveló ningún signo que correspondiera á las impresiones subjetivas del enfermo.

Se le diagnosticó erotismo psíquico senil, por autosugestión, en un sujeto ligeramente excitado por el alcoholismo.

La terapéutica instituída fué etiológica. Contra la excitación mental, supresión del alcohol y baños tibios.

A la autosugestión se impuso otra sugestión: se le recetó agua coloreada con cochinilla, para tomar por gotas. Recomendósele que no pasara de cierto número por tratarse de un veneno poderoso, especialmente eficaz para combatir los "alborotos de la naturaleza". Se fijó al enfermo un plazo máximo de tres días para la curación completa, recomendándole que volviera después de curado.

En efecto, pocos días más tarde el enfermo volvió, agradecido por el tratamiento, que había seguido escrupulosamente; la quietud había vuelto á su espíritu y la vista de personas del sexo opuesto, sólo le provocaba una mueca de indiferencia despreciativa quizá no exenta de cierto despecho, que jamás falta en los impotentes de toda clase.