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La ambición*

Aníbal Ponce

 

 

El análisis que iniciamos en el capítulo anterior a propósito de la angustia, nos va a facilitar, en gran parte, la explicación de otro fenómeno aparentemente extraño, pero que guarda con aquél en el alma del adolescente una estrecha solidaridad. La angustia y la ambición, en efecto, tienen por elemento común la expectativa. En uno y otro caso, el individuo se mantiene en acecho, alerta y tenso, con la preocupación aguda del futuro. Pero si en el aspecto formal una semejanza innegable salta a los ojos, no es menos cierto que hay entre ambas, caracteres que las diferencian fuertemente. La angustia, dijimos ya, es la expectativa en la duda: la ambición, en cambio, la expectativa del triunfo. El angustiado recela de sí mismo, no tiene fe en sus fuerzas, desconfía de sus recursos; se sabe derrotado de antemano y se anticipa a la “señal” con la confesión de su fracaso. El ambicioso, por lo contrario, tiene la pose de un triunfador; con razón o sin ella, guarda en sus fuerzas una seguridad tan completa que cualquiera que sea la empresa a realizar sale a su encuentro como quien se adelanta a recoger el homenaje de un vencido.

Sentimiento de triunfo o emoción del fracaso no son, sin embargo, disposiciones permanentes en la adolescencia. Según los momentos, según las circunstancias oscilará de una a otra con una casi idéntica fragilidad en los motivos; dispuesta lo mismo al desaliento más negro que a la más ilimitada confianza en el destino. Ese carácter cambiante de los adolescentes con respecto a fenómenos que son algo más que balanceos de la cenestesia, nos plantea, a su vez, otro problema. Si es verdad que la angustia aparece como una reacción inevitable del adolescente al encontrarse sin ninguno de los automatismos adecuados a las nuevas exigencias, ¿en virtud de qué razones puede recobrar la confianza en sí mismo cuando la formación de esos automatismos no es cuestión de un instante ni se pueden tampoco improvisar con éxito? O dicho en otros términos: si la angustia corresponde a una insuficiencia de los automatismos que engendra la duda de sí mismo, la ambición ¿tendría por base la perfección de esos automatismos? Resultaría de ahí en la evolución de la adolescencia dos períodos que vendrán a sucederse en este orden: uno angustioso, con automatismos inadecuados; otro, ambicioso, con automatismos eficaces.

Esta conclusión, por lógica que sea, no está de acuerdo con los hechos. El adolescente ambicioso de hoy se despierta mañana desolado, y el ritmo desconcertante de la exaltación y del agotamiento se reanuda a veces con una rapidez tan grande que hasta se podría creerlos simultáneos.

Una interpretación superficial se presenta en seguida: la ambición sería una consecuencia necesaria de las alegrías del adolescente. La alegría de un cuerpo joven predispone sin duda a las ideas de mérito y de contento de sí mismo, como la tristeza en un organismo fatigado predispone, a su vez, a las ideas de culpabilidad y negación. Pero así como en el capítulo anterior descubrimos que la tristeza más honda es incapaz por sí misma de engendrar la angustia, la alegría, a su vez, no explica de ningún modo la ambición. La alegría crea sí un estado momentáneo de exaltación y de embriaguez, propicio naturalmente a todos los esfuerzos; pero no lleva implícita la tendencia ambiciosa, como la tristeza no arrastra consigo la tendencia a la duda. Hay alegrías pasivas1, gozos beatos, en que el individuo se repliega sobre sí mismo para saborear su regocijo, como el deprimido melancólico se encierra con su pena. La alegría y la pena son reacciones de terminación; triunfo o fracaso son siempre un desenlace. Viven por eso en el presente, o actualizándose por medio del recuerdo; pero en cualquiera de los dos casos indican situaciones que concluyen. La ambición, en cambio, es siempre un comenzar, un salir al encuentro del futuro; pero si la ambición del adulto, aleccionada por la experiencia, corregida por las decepciones, no excluye de ningún modo la prudencia, la ambición del adolescente se incorpora al mundo reclamando su parte con una avidez tan intensa y una fe tan completa en la legitimidad de sus derechos, que las palabras de “egoísmo” o “amor propio” resulta evidentemente inapropiadas. Una muchacha célebre, María Bashkirtsellf, ha escrito en una de las páginas de su Diario íntimo las siguientes palabras, que cualquier adolescente hubiera firmado sin temblar: “Me estimo por encima de todo. Quisiera que se despreciase y olvidase todo lo que me ha precedido, y que no quedara ni antes ni después otra cosa que el recuerdo de mí. Entonces, solamente entonces, estaré contenta”. Acaban ustedes de oírlo: la alegría, si llega, será al final del a ambición; de ningún modo su comienzo.

 

*  *  *

 

Renunciemos, pues, a explicar la ambición por la alegría y busquemos en otra dirección. Todas las exploraciones nos llevarán a lo mismo: lo que da a la ambición su verdadero apoyo, lo que alimenta sus raíces más profundas, es una tendencia vital, casi tan orgánica como el hambre y el sexo, que Nietzsche llamó la “voluntad de poder” y que Alfredo Adler ha destacado ampliamente bajo el nombre, en mi concepto poco exacto, de afán de poderío(2). Ese afán de poderío ha tenido un origen humilde, pero esencial para la vida: asegurar en lo posible el funcionamiento regular de nuestros apetitos. Aspiramos a poseer y a dominar con la intención de abrir a nuestros deseos caminos transitables. La colectividad nos procura al nacer las condiciones suficientes para que nuestra vida se eche a caminar: durante los primeros años estamos, en efecto, demasiado desvalidos para marchar por nuestras propias fuerzas. Pero esta atmósfera de protección que el adulto crea en torno de los niños se va enrareciendo poco a poco. Según las circunstancias del ambiente familiar o el nivel cultural de la sociedad en que ha nacido, el niño deberá muy pronto asegurarse la vida por sí solo, es decir, procurar a sus deseos con su propio esfuerzo la atmósfera abrigada que hasta ayer estaba acostumbrado a aprovechar como parásito. En las sociedades inferiores, el niño de siete años está obligado ya a bastarse a sí mismo3. Sin dejar de reconocer que ese mismo hecho se repite entre nosotros con una frecuencia mayor de lo que podría sospecharse, no es menos cierto también que a esa edad el adulto no se inclina sobre el niño con la amorosa ternura de otros años. Miles de satisfacciones, que antes se le permitían por “ser chico”, empiezan ahora a negárselas por haber dejado de serlo. Adler ha mostrado muy bien que en ese instante se le abren al niño dos caminos divergentes: por un lado, la aspiración a conseguir los medios en los cuales supone que reside el poder del adulto; por otro, la estratagema de prolongar el parasitismo con una constante demostración de su debilidad4. Mientras en el primer caso se dispone a reunir fuerzas para lanzarlas a la acción, en el segundo se arrellana en su propia inferioridad y exige que lo sigan cobijando como antes. Esas dos direcciones no se bifurcan francamente desde los comienzos. Se entrecruzan, por lo contrario, muchas veces, y, según las oportunidades, un mismo niño podrá recurrir a cualquiera de las dos actitudes: o a vencer su incapacidad, o a exhibirla como excusa.

Si esas actitudes se repiten con frecuencia en una misma dirección, estamos entonces en condiciones de inferir el predominio o la ausencia de otro factor esencial en nuestra vida: el sentimiento de solidaridad. El sentimiento de solidaridad, o la tenencia social, como dicen otros, se afianza en los niños al iniciarse la puericia, y es bien sabido la importancia que Cousinet y Piaget acuerdan a esa socialización progresiva de la mentalidad y la conducta5. El niño, en efecto, aprende a ordenar sus pensamientos a medida que la discusión lo pone en contacto con el pensamiento de los otros, y es de ese conflicto y de ese choque de donde va a extraer la acabada conciencia de que en la vida hay algo más que el simple antojo individual, y que ese algo más es la necesidad de todos imponiéndose a la voluntad de cada uno. El sentimiento de solidaridad se yergue así, frente al afán de dominio, como una fuerza antagonista y frenadora: contiene sus excesos, los encauza en lo posible. Un momento de equilibrio relativo entre las dos fuerzas en lucha se obtiene más o menos alrededor de los once años: tranquila seguridad alcanzada lentamente a través de todas las vicisitudes de la infancia, y que ha de perderse a poco andar tan pronto se anuncien los signos precursores de la adolescencia. La adolescencia comienza con un naufragio casi súbito del sentimiento social: el niño se encuentra de pronto en la soledad y su afán de dominio largo tiempo comprimido se dilata de pronto hasta llenar el mundo. En ese momento, recuérdese bien, nadie tiene existencia fuera de él. El solipsismo de que hablan los filósofos como consecuencia extrema de la tesis idealista, es un momento normal en la evolución del adolescente: sólo consigo mismo –solus ipse– el adolescente no concibe otra existencia que la propia.

El análisis que iniciamos en el capítulo anterior a propósito de la angustia, nos va a facilitar, en gran parte, la explicación de otro fenómeno aparentemente extraño, pero que guarda con aquél en el alma del adolescente una estrecha solidaridad. La angustia y la ambición, en efecto, tienen por elemento común la expectativa. En uno y otro caso, el individuo se mantiene en acecho, alerta y tenso, con la preocupación aguda del futuro. Pero si en el aspecto formal una semejanza innegable salta a los ojos, no es menos cierto que hay entre ambas, caracteres que las diferencian fuertemente. La angustia, dijimos ya, es la expectativa en la duda: la ambición, en cambio, la expectativa del triunfo. El angustiado recela de sí mismo, no tiene fe en sus fuerzas, desconfía de sus recursos; se sabe derrotado de antemano y se anticipa a la “señal” con la confesión de su fracaso. El ambicioso, por lo contrario, tiene la pose de un triunfador; con razón o sin ella, guarda en sus fuerzas una seguridad tan completa que cualquiera que sea la empresa a realizar sale a su encuentro como quien se adelanta a recoger el homenaje de un vencido.

Sentimiento de triunfo o emoción del fracaso no son, sin embargo, disposiciones permanentes en la adolescencia. Según los momentos, según las circunstancias oscilará de una a otra con una casi idéntica fragilidad en los motivos; dispuesta lo mismo al desaliento más negro que a la más ilimitada confianza en el destino. Ese carácter cambiante de los adolescentes con respecto a fenómenos que son algo más que balanceos de la cenestesia, nos plantea, a su vez, otro problema. Si es verdad que la angustia aparece como una reacción inevitable del adolescente al encontrarse sin ninguno de los automatismos adecuados a las nuevas exigencias, ¿en virtud de qué razones puede recobrar la confianza en sí mismo cuando la formación de esos automatismos no es cuestión de un instante ni se pueden tampoco improvisar con éxito? O dicho en otros términos: si la angustia corresponde a una insuficiencia de los automatismos que engendra la duda de sí mismo, la ambición ¿tendría por base la perfección de esos automatismos? Resultaría de ahí en la evolución de la adolescencia dos períodos que vendrán a sucederse en este orden: uno angustioso, con automatismos inadecuados; otro, ambicioso, con automatismos eficaces.

Esta conclusión, por lógica que sea, no está de acuerdo con los hechos. El adolescente ambicioso de hoy se despierta mañana desolado, y el ritmo desconcertante de la exaltación y del agotamiento se reanuda a veces con una rapidez tan grande que hasta se podría creerlos simultáneos.

Una interpretación superficial se presenta en seguida: la ambición sería una consecuencia necesaria de las alegrías del adolescente. La alegría de un cuerpo joven predispone sin duda a las ideas de mérito y de contento de sí mismo, como la tristeza en un organismo fatigado predispone, a su vez, a las ideas de culpabilidad y negación. Pero así como en el capítulo anterior descubrimos que la tristeza más honda es incapaz por sí misma de engendrar la angustia, la alegría, a su vez, no explica de ningún modo la ambición. La alegría crea sí un estado momentáneo de exaltación y de embriaguez, propicio naturalmente a todos los esfuerzos; pero no lleva implícita la tendencia ambiciosa, como la tristeza no arrastra consigo la tendencia a la duda. Hay alegrías pasivas1, gozos beatos, en que el individuo se repliega sobre sí mismo para saborear su regocijo, como el deprimido melancólico se encierra con su pena. La alegría y la pena son reacciones de terminación; triunfo o fracaso son siempre un desenlace. Viven por eso en el presente, o actualizándose por medio del recuerdo; pero en cualquiera de los dos casos indican situaciones que concluyen. La ambición, en cambio, es siempre un comenzar, un salir al encuentro del futuro; pero si la ambición del adulto, aleccionada por la experiencia, corregida por las decepciones, no excluye de ningún modo la prudencia, la ambición del adolescente se incorpora al mundo reclamando su parte con una avidez tan intensa y una fe tan completa en la legitimidad de sus derechos, que las palabras de “egoísmo” o “amor propio” resulta evidentemente inapropiadas. Una muchacha célebre, María Bashkirtsellf, ha escrito en una de las páginas de su Diario íntimo las siguientes palabras, que cualquier adolescente hubiera firmado sin temblar: “Me estimo por encima de todo. Quisiera que se despreciase y olvidase todo lo que me ha precedido, y que no quedara ni antes ni después otra cosa que el recuerdo de mí. Entonces, solamente entonces, estaré contenta”. Acaban ustedes de oírlo: la alegría, si llega, será al final del a ambición; de ningún modo su comienzo.

 

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Renunciemos, pues, a explicar la ambición por la alegría y busquemos en otra dirección. Todas las exploraciones nos llevarán a lo mismo: lo que da a la ambición su verdadero apoyo, lo que alimenta sus raíces más profundas, es una tendencia vital, casi tan orgánica como el hambre y el sexo, que Nietzsche llamó la “voluntad de poder” y que Alfredo Adler ha destacado ampliamente bajo el nombre, en mi concepto poco exacto, de afán de poderío(2). Ese afán de poderío ha tenido un origen humilde, pero esencial para la vida: asegurar en lo posible el funcionamiento regular de nuestros apetitos. Aspiramos a poseer y a dominar con la intención de abrir a nuestros deseos caminos transitables. La colectividad nos procura al nacer las condiciones suficientes para que nuestra vida se eche a caminar: durante los primeros años estamos, en efecto, demasiado desvalidos para marchar por nuestras propias fuerzas. Pero esta atmósfera de protección que el adulto crea en torno de los niños se va enrareciendo poco a poco. Según las circunstancias del ambiente familiar o el nivel cultural de la sociedad en que ha nacido, el niño deberá muy pronto asegurarse la vida por sí solo, es decir, procurar a sus deseos con su propio esfuerzo la atmósfera abrigada que hasta ayer estaba acostumbrado a aprovechar como parásito. En las sociedades inferiores, el niño de siete años está obligado ya a bastarse a sí mismo(3). Sin dejar de reconocer que ese mismo hecho se repite entre nosotros con una frecuencia mayor de lo que podría sospecharse, no es menos cierto también que a esa edad el adulto no se inclina sobre el niño con la amorosa ternura de otros años. Miles de satisfacciones, que antes se le permitían por “ser chico”, empiezan ahora a negárselas por haber dejado de serlo. Adler ha mostrado muy bien que en ese instante se le abren al niño dos caminos divergentes: por un lado, la aspiración a conseguir los medios en los cuales supone que reside el poder del adulto; por otro, la estratagema de prolongar el parasitismo con una constante demostración de su debilidad (4). Mientras en el primer caso se dispone a reunir fuerzas para lanzarlas a la acción, en el segundo se arrellana en su propia inferioridad y exige que lo sigan cobijando como antes. Esas dos direcciones no se bifurcan francamente desde los comienzos. Se entrecruzan, por lo contrario, muchas veces, y, según las oportunidades, un mismo niño podrá recurrir a cualquiera de las dos actitudes: o a vencer su incapacidad, o a exhibirla como excusa.

Si esas actitudes se repiten con frecuencia en una misma dirección, estamos entonces en condiciones de inferir el predominio o la ausencia de otro factor esencial en nuestra vida: el sentimiento de solidaridad. El sentimiento de solidaridad, o la tenencia social, como dicen otros, se afianza en los niños al iniciarse la puericia, y es bien sabido la importancia que Cousinet y Piaget acuerdan a esa socialización progresiva de la mentalidad y la conducta(5). El niño, en efecto, aprende a ordenar sus pensamientos a medida que la discusión lo pone en contacto con el pensamiento de los otros, y es de ese conflicto y de ese choque de donde va a extraer la acabada conciencia de que en la vida hay algo más que el simple antojo individual, y que ese algo más es la necesidad de todos imponiéndose a la voluntad de cada uno. El sentimiento de solidaridad se yergue así, frente al afán de dominio, como una fuerza antagonista y frenadora: contiene sus excesos, los encauza en lo posible. Un momento de equilibrio relativo entre las dos fuerzas en lucha se obtiene más o menos alrededor de los once años: tranquila seguridad alcanzada lentamente a través de todas las vicisitudes de la infancia, y que ha de perderse a poco andar tan pronto se anuncien los signos precursores de la adolescencia. La adolescencia comienza con un naufragio casi súbito del sentimiento social: el niño se encuentra de pronto en la soledad y su afán de dominio largo tiempo comprimido se dilata de pronto hasta llenar el mundo. En ese momento, recuérdese bien, nadie tiene existencia fuera de él. El solipsismo de que hablan los filósofos como consecuencia extrema de la tesis idealista, es un momento normal en la evolución del adolescente: sólo consigo mismo –solus ipse– el adolescente no concibe otra existencia que la propia. ¿Qué de extrañar entonces que niegue resueltamente lo que existe, para que no hay antes o después otra cosa que él? “Cuando yo era joven –confiesa Barrès- había en mí un ímpetu gozoso e implacable. No pedía cuartel ni lo ofrecía. Despreciando los hombres y los seres, vivía en las abstracciones, las imágenes, las quimeras, los estudios, los sueños y la gloria. Mi vida era tan fuerte que no creía en la existencia de los otros(6).

Detalles más, detalles menos, la ambición adolescente no conoce límites. Si a los quince años Stuart Mill se propuso reformar el mundo, su empresa ¿qué tenía en realidad de absurda? Si en ese momento de su vida el mundo y él eran lo mismo, ¿reformarlo o reconstruirlo no significaba una aventura tan realizable dentro de sus “fuerzas” como poner en orden sus propios pensamientos o cambiar de opinión sobre el problema? Sin decírselo quizá, pero con una conciencia lo suficientemente clara para reconocerlo, ¿quién no ha sentido alguna vez la tentación delirante de Papini cuando en un ímpetu de soberbia adolescente acarició el proyecto de convertirse en Dios? Los sueños ambiciosos de la adolescencia alcanzan ahí su expresión más solemne, y bien vale la pena de releer la página famosa siquiera fuese para mostrar cómo se refleja en un alma viril la misma aspiración del “todo o nada” que estremeció como una pesadilla la vida dolorosa de María Bahkirtseff. “Algunos –escribe Papini- han intentado confundirse con Dios –místicos, ascetas, santos–, pero confundirse con Dios como parte, gota átomo de una divinidad infinita que engendra y recoge todo, emite y reabsorbe todo en el ritmo de su respiración. Yo no quería ser parte sino todo; que el todo fuera parte de mí, que todas las cosas me obedecieran, como si las montañas y las estrellas y los mundos fuesen dóciles miembros de mi cuerpo. Yo no creía en Dios, Dios no existía entonces para mí, y no habría hasta entonces existido; pero yo quería crearlo para el futuro, y hacer de mí, débil y miserable, el ser supremo, soberano, rico y poderoso(7).

Sin llegar a veces hasta tal altura, el adolescente se mueve en lo grandioso como en su medio natural. Entre lo heroico y él no admitiría a lo sumo más que la falta de ocasión. Es tal, en efecto, la apetencia por lo enorme, que aun en el caso de tener un alma mezquina, el adolescente no deja de aspirar –como Julián Sorel– a ser indistintamente Napoleón o Papa... Quitando lo que pueda haber de sugestiones del ambiente o de contagio literario, la ambición sin medida colora en esa edad las aspiraciones en apariencia más humildes. Con la autoridad que ha adquirido en la dirección de las Escuelas-taller de la Cámara de Comercio de París, Lomont ha hecho observar, en un excelente estudio sobre la elección de los oficios, la importancia que puede adquirir la ingenua ambición del aprendiz. Llegar a carpintero, por ejemplo, no seduce a ninguno; llegar a ebanista a casi todos. En igual forma también, el futuro maquinista ha empezado diciendo que aspiraba a ser “mecánico de precisión”, y si escarba un poco el designio profundo que lo llevó al oficio se verá que no es ajeno a él ni las hazañas de la aviación ni los prodigios de la radio(8).

Pero en el adolescente que quiere ser Dios o en el adolescente que se conforma con ser ebanista, no hay más que una sola preocupación fundamental: la de elevarse sobre los demás, la de actuar sobre los otros, la de imponer a toda costa la admiración de su gloria. Todos los ojos dirigiéndose a él, todas las bocas repitiendo su nombre. La calidad moral o estética de la obra a realizar no le preocupa en lo más mínimo con tal de que sea capaz de levantarlo sobre los hombros de todos. Inventor o profeta, apóstol o asesino: el primero siempre. Como en el verso de Whitman, el adolescente lanza a todos los vientos el desafío orgulloso. “¿Cuál es aquél que llegó más lejos? Porque yo quiero llegar más lejos todavía”.

Ese amor de la ambición en sí, de la gloria por la gloria misma, quita al adolescente la preocupación de las únicas barreras que podrían detenerlo. No me refiero, por supuesto, a esa ignorancia de la vida que le lleva a considerar como hazañas las que están reservadas sólo al genio, ni tampoco a ese desconocimiento de los valores efectivos que hacía pensar a aquellos colegiales de Les déracinés(9) que un hombre que fuera fuerte como el profesor de gimnasia, polígloto como los maestros de inglés y de alemán, latinista como un agregado, no necesitaría nada más para conquistar el mundo ... Me refiero más especialmente a esas otras barreras de la moral y los afectos que paralizan tantas veces al adulto. Sobre el adolescente, en el mejor de los casos, no conservan otro dominio que el del hábito. El afán de poderío, en lo que tiene de salvaje y de fuerte, le dicta la ley y se la impone: como un héroe de Ibsen, “quiere vivir su vida” sin saber a ciencia cierta en qué consiste. Y en este gesto de dureza o en aquella palabra de crueldad, lo adivinamos que avanza, por lo menos en imaginación, como un guerrero implacable que no se preocupa de saber lo que destroza.

 

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Para el adulto de formación normal, el sentimiento de solidaridad social se manifiesta a la conciencia como una necesidad de justificar los propios actos. El deber, que empezó siendo una obligación para con los demás, ha llegado a ser más tarde una obligación consigo mismo; y esa obligación es tan constante, se manifiesta de modo tan tiránico, que aun después de haber cometido algo que sabemos reprochable, no podemos menos que buscar razones complacientes que nos justifiquen. La ambición del adolescente no conoce tales servidumbres: con cinismo de Dios, él no debe a nadie cuenta de sus actos...

La psicología experimental ha intentado cuantificar mediante los tests de Fernald-Jacobson la evolución del juicio moral desde la infancia a la madurez. Esas pruebas, bastante artificiales, consisten en invitar al sujeto a clasificar de acuerdo al grado respectivo de inmoralidad creciente un grupo de siete acciones entre las que figuran, por ejemplo, un fraude irreflexivo, un robo intencionado, una agresión a mano armada, un homicidio por imprudencia. Con el deseo de disminuir en lo posible los defectos de esos tests, y de adaptarlos a la experiencia de los escolares, Emilio Mira y López de Barcelona, introdujo en ellos algunas modificaciones. Sobre las 2484 respuestas que obtuvo con tal método, tiene interés para nosotros comprobar que el criterio moral de los examinados presentaba una relativa uniformidad alrededor de los doce años, mientras que al llegar a la pubertad “se exageraban los individualismos”, es decir, variaban las clasificaciones de una manera a veces inquietante(10).

Momento inquietante, en realidad, porque en él las tentaciones encuentran caminos accesibles; pero momento más peligroso aun porque en ese asalto a la gloria, la infamia o el crimen pueden muy bien llegar a parecer hermosos. Ignoro la edad en que aquel obscuro ciudadano de Efeso, llamado Eróstrato, puso fuego al templo admirable sin otro objeto que el de asegurar en la historia la persistencia de su nombre. Mas aunque la crónica probara lo contrario no tengamos temores en decirlo: Eróstrato fue un adolescente, no podía ser más que un adolescente... Y bien hizo Lacassagne en llamar erostratismo al delirio de la grandeza póstuma que no se detiene para nada en la “moral del rebaño” con tal de asegurar con un acto o con un gesto, por bárbaros que sean, la perennidad de su recuerdo en la memoria de los hombres (11).

Pero criminal o sublime, el loco amor de la gloria está en el adolescente más allá de la moral, y exige para comprenderlo plenamente la última aproximación que ahora vamos a intentar. Doce años tenía Arcadio Dolgoruki –el adolescente de que nos habla Dostoiewski en la novela posiblemente más autobiográfica que ha escrito- cuando resolvió ser un Rothschild a objeto de llevar una vida solitaria. Soledad y poder, he ahí su ideal. Pero ¿de qué sirve el poder cuando se vive en la soledad? ¿A qué puede conducir la ambición adolescente si la soledad que está en su alma lo sigue siempre a todas partes? El mismo Dostoiewski lo va a explicar muy pronto: “No es el dinero lo que me hace falta ni tampoco el poder; lo que necesito es lo que se adquiere con el poder y que sin él no puede conseguirse: la conciencia íntima y tranquila de la fuerza... La conciencia de la fuerza es bella y prestigiosa. Si tuviera la fuerza en mi poder estaría tranquilo. Porque el rayo está en manos de Júpiter, por eso, no escucha usted el rayo a cada rato. Póngalo en manos de un literato o de una campesina, y entonces los truenos no cesarán un momento. Cuando tenga yo el poder, pienso que no lo necesitaré. Estoy seguro; voluntariamente ocuparé los últimos puestos. Si fuera Rotchschild me bastaría con un gabán roto y un paraguas. ¿Qué me importa que me empujen en la calle o que tenga que correr para que no me salpiquen los carruajes? Saber que soy yo, yo mismo Rothschild, me alegraría al instante. Si supiera que puedo dar una cena como nadie, que puedo tener el mejor cocinero del mundo, comería un pedazo de pan y de jamón, y estaría satisfecho”(12).

Los distingos que esbozamos al principio de este capítulo nos traen ahora al punto de partida: lo que el adolescente busca en la gloria y la ambición no es otra cosa que calmar el tormento de su angustia; vencer de alguna manera la duda de sí mismo procurándose a expensas de cualquier sacrificio “la conciencia íntima y tranquila de su fuerza”. Todas sus preocupaciones de tímido y de ansioso se compensan por momentos con el sueño de la gloria: pero la inquietud que no le dan descanso lo conduce de nuevo a su tormento. Y hasta podemos apreciar las dimensiones de éste por las enormidades de los sueños de gloria: pobre Júpiter tembloroso que por lo mismo que duda de sus fuerzas sólo consigue ilusionarse en medio de una tempestad de rayo.

 

 

 

Notas

 

* Capítulo V de Problemas de psicología infantil. Ambición y angustia de los adolescentes. Aníbal Ponce, diciembre 1930, págs. 247-259.

Nota del Editor. En los textos de esta sección ha sido respetada la ortografía original.

1. Mignard: La joie passive, en Journal de Psychologie, marzo de 1909.

2. Las obras de Adler de mayor importancia no están traducidas al castellano. Hay una traducción francesa de El temperamento nervioso, editada por Payot, París. La Revista de Occidente publicó Conocimiento del hombre, traducción de Humberto Bark, editor Espasa-Calpe. Se trata de una compilación de conferencias pronunciadas por Adler en Volksheim de Viena y que responden ampliamente a un propósito de vulgarización.

3. Descamp: Etat social des peuples souvages, págs. 17 y 82; editor Payot, París, 1930.

4. Adler: Conocimiento del hombre, pág. 47.

5. Piaget: El juicio y el razonamiento en el niño, passim.

6. Citado por Cahuet: Moussia et ses amis, pág 16; editor Fasquelle, París, 1930.

7. Papini: Un homme fini, traducción francesa de H. Chazel, pág. 196.

8. Lomont: La elección de un oficio; traducción española de Eduardo Rogé para Enciclopedia de la Educación, Montevideo, septiembre de 1930.

9. Barrès: Les déracinés, tomo I, pág. 5; editor Plon, París.

10. Mira y López: Manual de psicología jurídica, pág. 85; editorial Salvat, Barcelona, 1932.

11. A decir verdad, Lacassagne designó con ese nombre a la “vanidad patológica” que aparece a menudo en la psicología de los “delincuentes”. Pero desde un punto de vista más amplio –que es el que nosotros adoptamos- cabría definir el erostratismo como la apetencia de la celebridad o de la gloria capaz de no hacer hincapié en procedimientos condenables. Ver Valette: De l’erostratisme ou vanité criminelle, pág 8; editor Storck, Lyon, 1903.

12. Dostoiewski: Un adolescente, tomo I, pág. 136; traducción española de Carmen A. de Peña, publicaciones “Atenea”, Madrid.