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La angustia*

Aníbal Ponce

 

 

 

Al estudiar por vez primera la conciencia del propio cuerpo tal como asoma en el espíritu adolescente, dijimos que aquélla podía originar dos formas esenciales de reacción que a menudo coexistían o alternaban: una simpatía por la persona física o un turbador sentimiento de extrañeza.

Encontramos ahí, una vez más, los dos extremos de lo que ha dado en llamarse la concepción “unidimensional del sentimiento”. Si pudiéramos representar por una línea horizontal la totalidad de nuestra cenestesia, tendríamos, a partir de un justo medio que marcaría el punto cero, la posibilidad de dos direcciones divergentes: para un lado el camino que conduce a la alegría; para el otro, el que va a la tristeza. Si apoyada sobre ese punto cero imaginamos una aguja, su inmovilidad absoluta indicaría también la completa salud; tan cabal en su equilibrio perfecto que ninguna excitación del propio cuerpo llegaría en tal caso a la conciencia. Se ha dicho alguna vez, y con razón, que la salud total es el sentimiento de la ausencia de los órganos. Pero dijimos ya que ese estado de equilibrio perfecto era una concepción ideal. La aguja no se mantiene nunca inmóvil; como un sismógrafo sensibilísimo, ella registra las más insignificantes alteraciones de nuestro cuerpo, y unas veces hacia el agrado, otras hacia el desagrado, se inclina siempre en un perpetuo temblor.

Ese carácter oscilante de la cenestesia, que en el lenguaje familiar se traduce por la llamada inestabilidad del humor, ha encontrado su expresión exacta en un término científico que está en vísperas de incorporarse al lenguaje de todos. Me refiero a lo que los alemanas han llamado ciclotimia; designación feliz porque no sólo indica el carácter digamos “circular” del agrado y del desagrado, sino además su parentesco profundo. Agrado y desagrado no sin, en efecto, manifestaciones opuestas de dos tendencias que se excluyen, sino formas de nuestra cenestesia tan íntimamente solidarias que nos sería difícil señalar a veces donde concluye la una y donde comienza la otra1. Para encontrar un ejemplo que haga saltar a los ojos semejante parentesco, podemos recurrir a la observación corriente que afirma no existir ni penas ni alegrías completas: en todo placer hay el temor de perderlo, y en todo dolor, la esperanza de concluir.

Agrado y desagrado no dejan de tener, por eso, una fisonomía personal que los distingue, en cuanto implica aquél reacciones de aceptación, y éste, de fuga o de rechazo. La psicología tradicional no admitía en la base de nuestros sentimientos sino esos dos polos opuestos. Contra ella quiso levantarse Wundt, y a la única dimensión del agrado-desagrado, pretendió añadir otras dos más: la excitación-depresión y la tensión-relajamiento. La doctrina del maestro de Leipzig, conocida con el nombre de “teoría tridimensional” del sentimiento, apoyada laboriosamente por sus alumnos, no ha resistido, sin embargo, ni al contralor del laboratorio ni a las simples objeciones del análisis2. Pero si la tentativa de Wundt para ensanchar las dimensiones de nuestros “afectos”, no tuvo el éxito que su escuela auguraba, no es menos cierto que permitió retomar el problema con una más amplia libertad de espíritu. De tal revisión ha resultado un hecho interesante y que me parece definitivamente adquirido: agrado y desagrado no agotan las formas más elementales de nuestra vida afectiva; hay, además, y junto a ellas, otra inconfundible y típica: llamémosle expectativa. Aunque la expectativa es a menudo agradable o desagradable, según que esperemos una buena o mala noticia, no siempre ocurre de tal modo: si no esperamos el llamado de nadie, ni estamos predispuestos, por lo tanto, para el agrado o el desagrado, el timbre del teléfono, por ejemplo, nos interesa por sí mismo. La expectativa no traduce otra cosa que ese despertar del interés. Agrado, desagrado y expectativa serían hoy por hoy las actividades afectivas más elementales con las cuales podemos reaccionar a un excitante de afuera o a un estímulo de nuestro propio organismo.

 

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Comprendo que esta introducción es horriblemente didáctica. Pero me expongo deliberadamente a todos sus riesgos con tal que podamos abordar con suficiente claridad, un problema a menudo enmarañado. Que el adolescente tenga un carácter tornadizo, propenso lo mismo a la alegría que a la pena, capaz de pasar rápidamente de la confianza más completa al pesimismo más negro, lo comprendemos fácilmente con las simples indicaciones del esquema unidimensional. Está en la naturaleza misma de la cenestesia esos cambios alternativos, ciclotímicos, cuya exageración muestra el adolescente como consecuencia de la actividad de nuevas glándulas que influyen sobre el ritmo de las otras vísceras. Señalamos en otra oportunidad la importancia excepcional de la secreción del tiroides, tan capaz de exaltar por su sola influencia la actividad total del aparato nervioso, que Ostwald la ha comprado a un órgano multiplicador de los estímulos3. El adolescente se halla predispuesto a tristezas y alegrías inmotivadas por una verdadera fatalidad de su propio organismo. Cualquiera que sean los motivos imaginarios o reales que él mismo le atribuye, no es menos cierto que la clave verdadera del problema está en la intimidad de su cenestesia profundamente removida.

Pero si comprendemos así sus agrados y desagrados más elementales, hay una parte del problema que la ciclotimia no explica. Más que por tristezas o alegrías igualmente superficiales, la afectividad del adolescente se traduce, en mi opinión, por dos fenómenos desmesurados: la angustia de un lado, la ambición del otro. Dejo para el capítulo siguiente el análisis de la ambición, y me detengo ahora en el de la angustia.

Si no tuviéramos en cuenta más que los datos de la llamada teoría unidimensional del sentimiento, una respuesta se nos presentaría en seguida: la angustia es la forma más violenta del desagrado. Entre las dos, como una etapa intermedia, aparecería el dolor. Del desagrado al dolor sólo hay diferencias en la intensidad de las respuestas; del dolor a la angustia, sólo habría, también, diferencias de igual orden. La amargura de la quinina es desagradable, una quemadura es dolorosa, el temor de una desgracia es angustioso. La angustia se presentaría de tal modo como la más alta expresión del dolor moral4.

En líneas generales esa es la manera como la definen los psiquíatras y los psicólogos. Pero me parece que hay aquí varias nociones confusas. Yo no creo que la tristeza en sí, por más violenta que sea, pueda engendrar la angustia. Cuando la tristeza se intensifica hasta provocar una enfermedad mental, constituye lo que se llama “la depresión melancólica simple”; el individuo se siente agotado, vencido, pero de ninguna manera angustiado. Sin explicárselo muy bien, o atribuyéndolo a alguna enfermedad, reconoce como carácter fundamental de lo que sufre: el sentimiento de la propia insignificancia. Para que esa melancolía simple se transforme en una melancolía con angustia es necesario que agregue a su agotamiento la incertidumbre sobre su destino5: ¿lo arrojarán a la calle por lo mismo que no sirve para nada?; ¿lo someterán a tortura por sus pecados?; ¿lo llevarán a la cárcel por sus delitos?; ¿heredarán los hijos sus propios tormentos? Lo fundamental en ese caso –“melancolía perpleja” de Lasègue– no es ya el sufrimiento por el propio vacío, sino la hesitación sobre el futuro que le aguarda. La angustia es, en mi concepto, la expectativa en la duda.

 

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Las simples oscilaciones del humor –el flujo y reflujo de la cenestesia– no bastan, pues, para explicar la angustia. Si el adolescente la conoce muchas veces, no es porque el equilibrio de su organismo sufre cambios incesantes, sino porque se adelanta al futuro dudando de sí mismo. Para comprender la angustia de los adolescentes, en lo que tiene de esencial, fuerza nos es acercarnos un momento al problema de la expectativa y de la duda. La expectativa, o si ustedes quieren la expectación, ha sido confundida muchas veces con la atención. El error se explica en parte por el hecho de que la atención sigue a menudo a la expectación. Si se nos anuncia la llegada de una visita, nuestra actitud es de expectativa hasta el momento en que llega; desde ese momento empieza a ser de atención. Aunque separar esas dos actitudes pueda parecer demasiado sutil, no es así, sin embargo. La expectativa implica algo que en la atención no existe: la inclusión del futuro. En la expectativa nos preparamos para lo que va a venir; en la atención, para lo que ha venido. Lo típico del individuo expectante es disponerse a realizar un acto en cuanto aparezca una señal. Mientras esa señal no asoma el individuo debe permanecer alerta, tenso, elástico, despreocupado de todo lo que no facilita la ejecución del acto inminente. Sabido es que esa actitud, cuanto más se prolonga, es tanto más difícil y penosa. Pequeños movimientos inútiles empiezan muy pronto a traducir nuestra impaciencia. La impaciencia indica que la expectativa comienza a realizarse mal, y que en vez de guardar las energías para la acción que va a venir, las estamos gastando estérilmente. Si la impaciencia se acrecienta, otro fenómeno, la cólera, le sucede de inmediato: reaccionamos siempre con la cólera a las acciones que se realizan mal.

Por lo mismo que la expectativa implica la aparición de una señal, el individuo se siente esclavo de esa señal que aun no ha venido. Cuando uno de nosotros se ha citado en tal parte con un amigo para ir juntos a tal otra, y el amigo naturalmente llega media hora más tarde de lo convenido, el que espera ha pasado por todos los matices de la impaciencia, de la irritación y de la cólera; no sólo porque la señal tarda en llegar y nos obliga a mantenernos en un alerta fatigoso, sino, además, porque durante esa larga media hora no podemos disponer para nada de nuestra propia voluntad; somos esclavos de la señal que no llega, y como esclavos, también, debemos esperar hasta que asome.

Imaginen, ahora, que en vez de un simple encuentro sin importancia, sospechamos que el amigo nos ha de hablar de algún asunto desagradable, o sobre el cual no sobremos dar explicaciones muy claras. Ese sentimiento de insuficiencia, de encontrarnos desarmados, de no poder resolver con éxito una situación molesta, va a dar ahora a la expectativa el verdadero carácter de la angustia; y por poco emotivo que el sujeto sea, las manos van a empezar a transpirar, el corazón a golpear dentro del pecho, y algo así como un nudo corredizo, a oprimir un poco la garganta6.

Casi día a día, la vida hace pasar al adolescente por un trance parecido. Para todo tiene, en realidad, que esperar; esperar para la profesión, esperar para las ideas, esperar para el amor. Vimos en el capítulo anterior cómo el adolescente se aprestaba en el huerto cerrado de su vida interior, y cómo trataba de encontrar allí las soluciones adecuadas al instante supremo en que la señal va a aparecer. Nos acercamos hoy a la obstinada reserva de esa vida interior, para tratar de comprender en algo por qué su expectativa se acompaña de secreta angustia.

Si fuera posible resumir en una sola palabra la totalidad de los fenómenos que ocurren al comienzo de la adolescencia, ninguna me parecería más precisa que la incoordinación. El niño de doce años, bien instalado en la vida, tiene, ya lo dijimos, una personalidad perfectamente coordinada. Coordinar quiere decir jerarquizar, clasificar, ordenar de acuerdo a un plan. Si ustedes recuerdan lo que ocurre en el niño de pocos días en el cual la anarquía de las reacciones es tan completa que hasta puede realizar la hazaña de mirar con un ojo a la derecha y con el otro a la izquierda, les asombrará comprobar cómo aquel desorden del comienzo ha ido cediendo el paso a una coordinación tan firme que la unidad de su conducta ha quedado a los once años totalmente asegurada. Esa tranquilidad no dura, sin embargo, mucho tiempo. La nueva cenestesia, con la cual se inicia la adolescencia, engendra, a su vez, una nueva anarquía. 

La puericia le había dado al adolescente un concepto del mundo y una regla de conducta; es decir, un manojo de creencias y de prácticas. Ni esas creencias ni esas prácticas responden ahora a la nueva situación7. Mientras no se formen y organicen las que habrán de reemplazarlas –y no es cuestión de pocos días–, el adolescente debe improvisar sus respuestas a los problemas que le asaltan. La vida se nos presenta serena y sin amenazas cuando tenemos para todo respuestas seguras que se han vuelto automáticas. Pero si un mal día descubrimos que esos automatismos van resultando insuficientes, sentiremos al mismo tiempo, y con angustia, que la personalidad se desmorona.

Las obsesiones –y su expresión motriz, los tics– tan comunes en los adolescentes, encuentran un terreno fertilísimo en esa anarquía que precede a la personalidad otra vez jerarquizada del adulto. Vurpas, en un estudio excelente sobre el estado mental de los obsesionados, afirma que la obsesión es una reacción de la inteligencia a los defectos del automatismo8. ¿Cómo no habríamos de comprobarla en este momento de la vida en que hacen crisis los automatismos de la infancia? Una obsesión entre todas, la obsesión del rubor, o ereutofobia9, revela elocuentemente el sentimiento de inferioridad o de menor valía. Es bien sabido que el rubor de la cara acompaña con frecuencia los estados emotivos de confusión y de vergüenza. Frecuente en los niños, no alcanza, sin embargo, a preocuparles. Pero al llegar a la adolescencia, empiezan a sufrirlo como una reacción ridícula y molesta. Tolerado en las mujeres, y hasta mirado a veces con simpatía, el rubor no deja de ser en ambos sexos un signo de debilidad, timidez o incapacidad. Por el solo hecho de aparecer cada vez que el individuo debe ponerse en evidencia, ya está indicando hasta dónde su personalidad es insegura. La expectativa del adolescente es angustiosa porque no tiene automatismos adecuados a las nuevas situaciones que lo solicitan. Muchas respuestas contradictorias o irreconciliables se le ocurren por igual, y como siente obscuramente el profundo desorden de su mentalidad y de su cuerpo, se agita y se consume en la impaciencia. 

No es el suyo el miedo de la infancia, construido casi siempre sobre el temor a las fuerzas misteriosas que se esconden tras las cosas: miedo de los corredores obscuros, de las galerías silenciosas, de los sótanos cerrados; miedo a la noche hostil, con sus acechanzas múltiples: crujidos de muebles que se desperezan, ruidos de pasos sobre las alfombras, girar de picaportes bajo una mano invisible. Es una angustia más sutil y más fría, elaborada sobre presentimientos mucho más que sobre realidades; angustia sorda que parece venir desde los subsuelos del alma, y que da a los pensamientos y a los actos un aspecto penoso de reacción contrahecha, insegura, tambaleante.

 

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En el centro de esa angustia, ardiente como una llaga, la turbación y el asombro del sexo. El comienzo de la función reproductora lleva adscripta a sus flancos una buena cantidad de enigmas. Se la considera, además, como expuesta a tentaciones tantas que el adolescente de moral más limpia siente que el alma se empaña. La fisiología especial de la mujer contribuye a acentuar la crueldad de ese trance: el atávico terror a la sangre refuerza la impresión de encontrarse mancillada. En varias confesiones que he podido recoger encuentro siempre esa idea de la mancha: “Sentí de inmediato una depresión moral muy grande –escribe una muchacha al narrar su primera menstruación, con palabras que parecen calcadas de las otras–; creí haber incurrido en una falta grave, como si aquello hubiera sido una mancha del cual me sentía abochornada. Pensaba que tenía sobre el rostro las huellas de esa culpa y me desesperaba creyendo que todo el mundo podría adivinarlo nada más que mirándome a los ojos”. Detalle más, detalle menos, todas las confesiones se reducen a lo mismo10: el doloroso desconcierto ante un fenómeno incomprensible, o deformado hasta lo grotesco por las torpes interpretaciones de la ignorancia. Una idea confusa de sufrimiento y de peligro, un porvenir sombrío de desgarramientos y de mutilaciones rodea desde entonces los problemas del sexo; pues es sobre todo la idea de “la mancha” y del pecado lo que mantiene constantemente una curiosidad siempre en acecho11.

El cristianismo, que ha perseguido ferozmente las inclinaciones del instinto –hasta la monstruosidad de convertir a los dolores del parto en una maldición de Dios–, ha creado precisamente en torno de la carne una densa atmósfera de escándalo. La oposición judía de la carne y del espíritu –que los griegos ignoraron12– se transformó con San Pablo en la idea delirante de crucificar al sexo. A través de tantos siglos de civilización cristiana, el problema del sexo se convirtió en lo prohibido, y es un reflejo de tal pasado siniestro, el que reaparece todavía en esa repugnancia de “la mancha” de que nos hablan los adolescentes. Como si el despertar del sexo no llevara en sí harto dolor, la condena religiosa y social viene a sobrecargarlo con el peso del escándalo. Reprobación peligrosa si las hay; porque cuanto más se estigmatiza una cosa y se la prohibe, tanto más se contribuye a hacer de ella un centro de contagio y sugestión13.

Conocen ustedes la importancia enorme que ha atribuido Freud a la represión del instinto que la censura nos impone. Durante mucho tiempo, Freud atribuyó únicamente a los deseos sexuales reprimidos la causa directa de todas las neurosis y la causa más o menos indirecta de la orientación dominante en nuestra vida. Influencias posteriores –la de Adler, la de Rank– lo contuvieron en parte14, pero cualesquiera que sean sus exageraciones, no es menos cierto que Freud ha señalado vigorosamente una de las causas más tenaces que mantienen la angustia y que la avivan.

Consecuencias lejanas de esa angustia cristalizada en torno al sexo son algunos otros fenómenos de la psicología de las adolescentes, como el eclipse transitorio de la tendencia maternal, que Alice Descoeudres15, por ejemplo, ha descubierto entre las colegialas de catorce años a diez y seis. Mlle. Descoeudres lo atribuye a una influencia perjudicial de la instrucción: algo así como un olvido de la función biológica fundamental de la mujer, bajo la influencia de las solicitaciones del trabajo y del estudio. La momentánea antipatía por la maternidad que muchísimas adolescentes de esa edad confiesan sin ambages, y que muchas otras también sienten sin decirlo, creo que obedece a otro motivo más profundo: a una protesta semivelada contra las torturas de su sexo y a un suspirar, al mismo tiempo, por las formas de la infancia que ignoran los conflictos de ese orden. Si la maternidad representa para la adolescente la fase de la plena madurez, se comprende que el rechazo de la tendencia maternal encubre una aguda nostalgia de la propia infancia.

La nostalgia es, por eso, una de las formas más frecuentes de la angustia en los adolescentes. Kraepelin ya había hecho notar que la mayor parte de las histéricas que había tratado eran muchachas campesinas transplantadas a la ciudad para el servicio doméstico, y no hechas aún a las dificultades inherentes a tan radical cambio de medio. Sin llegar hasta la histeria, Pasteur pasó a los quince años por una crisis semejante: tan aguda y tan desesperada que le hizo dejar las aulas de su liceo de París para correr a respirar la atmósfera familiar de su pequeño pueblo16.  Retornar a la aldea en la que habían transcurrido los años de su infancia era para Pasteur una manera de aniñarse; y en la intensidad de su nostalgia, como en la histeria de las pobres campesinas, asomaba por igual una protesta dolorosa contra su personalidad aun no organizada, y un suspiro también, por la edad feliz en que no se conocían semejantes desamparos.

 

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De otro tormento nos queda todavía por hablar; de otro tan turbador como el del sexo y, como el del sexo también, íntimamente enraizado en la más secreta intimidad del organismo. Me refiero a lo que podría llamarse el descubrimiento del tiempo y de la muerte. Al independizarse del presente, en el cual vive el niño con delicias, el adolescente se descubre de pronto como un momento entre otros momentos que se suceden inexorablemente y que inexorablemente también no regresarán jamás. Ese sentimiento de la vida que pasa y del incesante fluir, que hacía sollozar a Heráclito, lo adquiere el adolescente casi siempre bajo la brusca sacudida de alguna muerte que le llega al alma o por la impresión igualmente inesperada de algún detalle en apariencia trivial, pero que le muestra de pronto la secreta inutilidad de todo esfuerzo17. El miedo a morir y a envejecer empieza desde entonces a turbar su sueño, y el fantasma del suicidio a tentarlo a veces con su rostro pálido. El mundo del adolescente, tan poblado ya de inquietantes misterios, se entenebrece aún más con este nuevo espanto: la seguridad fatal de terminar, la convicción irremediable del naufragio. Fuerzas exageradamente vigorosas deben ser las que lo amarran a la vida, para que semejante comprobación desoladora no lo descentre hasta la locura. Si la adolescencia debe pasar por una prueba de fuego, yo la veo allí mucho más que en el sexo. La curva del suicidio adquiere a los quince años un ascenso brusco, y para no citar más que una sola estadística, ahí van las cifras de los suicidios en Francia en los años 1861-1865, tal como la reproduce Jacques Moreau de Tours, en una tesis por otros conceptos muy superficial18. Sobre un total de 482 niños suicidas, 39 se suicidaron a los 12 años, 75 a los 13, 117 a los 14, 203 a los 15.

¿A cuáles razones podemos atribuir ese brusco ascenso de la estadística trágica? Un análisis magistral de Emile Durkheim19, completado últimamente por Halbwachs20, ha demostrado que un individuo se suicida cuando algún suceso lo excluye de su medio social y le impone, por lo tanto, el sentimiento insoportable de la soledad. Si no olvidamos esta conclusión como línea directora quizás comprendamos sin esfuerzo la frecuencia de suicidio en los adolescentes. Las causas aparentes, claro está, podrían variar al infinito: temor al castigo, remordimientos, desilusiones, amores contrariados y mil otras cosas más por el estilo. Pero si pueden variar de tal manera, es porque el adolescente que ha visto formarse el vacío en torno suyo puede encontrar en cualquier insignificancia el motivo ocasional que lo empuje hasta el suicidio, como cualquier trivialidad puede provocar una ruptura entre dos personas que han llegado poco a poco a una situación de suspicacia o de rencor. Mas los pretextos u ocasiones del suicidio –aunque poseen un valor mucho más alto que el que Durkheim se inclinaba a reconocerles- no adquieren la capacidad de arrastrar hasta la muerte sino en cuanto intensifican o acentúan el aterrador sentimiento de soledad que está en la base.

“El hombre más fuerte es el que está más solo”, ha dicho Ibsen por boca de uno de sus personajes más hermosos21. Pero la soledad que “el enemigo del pueblo” sufre en la soledad relativa del hombre superior, que después de haber formado su personalidad de acuerdo a los modelos de su ambiente, concibe la posibilidad de superarlos. Su soledad de vigía o de avanzada únicamente aparece como tal en relación al presente momentáneo: en lo más secreto de su corazón, ese solitario confía en las voces alentadoras de las generaciones que vendrán. Se aleja agresivo de la sociedad de hoy, porque espera ser apoyado por la sociedad de mañana.

Muy diversa, en cambio, la soledad de los adolescentes. Con una personalidad todavía no constituída, apilando con mano torpe los materiales de su propio yo, el adolescente sufre más que nadie la angustia de la soledad porque necesita más que nadie el apoyo de los otros. El adolescente, como el enfermo, anda en busca de alguien a quien contar sus congojas. “La explicación es un consuelo”, dijo una vez entre nosotros el sutil Eduardo Wilde; y dijo bien, porque explicar a un hombre dolorido las alternativas de su mal o el origen de sus torturas, es demostrar que el médico que se inclina sobre él conoce la extensión de su infortunio, los límites de su desventura. Hasta ese instante, “nadie sufre ni ha sufrido en el mundo más que él”; desde ese instante, su dolor ha dejado de ser único, ha pasado a formar parte del destino humano, ha entrado a reunirse con los tormentos de los otros hombres que sufren como él y lo comprenden. Encontrar en el mundo alguien que lo comprenda, ¿no es precisamente hallar un alma humana dispuesta a asegurarle, cuantas veces sea necesario, que su mal no constituye una excepción, de que ha sido ya estudiado alguna vez, de que ha merecido a través de los siglos la atención de los hombres?

Imaginen ahora un “enfermo” de otro orden, un enfermo de un pudor espantadizo que no encuentra en ningún lado el médico que lo comprenda: en parte porque así se lo han dejado ver, en parte porque se resiste él también a todo examen. Ese “enfermo” es el adolescente que se mata. Su enfermedad, por supuesto, no pertenece al grupo de los dolores que están más allá de las fuerzas humanas: no es el tabes que fulmina como el rayo, ni el cáncer que hurga con sus garfios de fuego. Es un estado vago, borroso, inexpresable, algo así como la expectación de lo incierto, la acechanza de lo indefinido. Inquietud desoladora que no se presta a ser contada, y que para ser comprendida necesitaría en el espectador una cordialidad sin impaciencias, una finura y una delicadeza de confidente. El adolescente que se mata sufre de ese mal más que los otros: por su propia constitución, sin duda22, pero por causa de su ambiente sobre todo. Cuantas veces ha intentado descargar en los otros sus secretos más turbios, ha encontrado la indiferencia, cuando no la burla. La incomprensión de su medio le ha enseñado a contemplarse como un ser aparte, extraño, inadaptable; cada reproche, cada castigo, cada fracaso, aumentó la distancia que lo separaba de los otros23. Y como nadie se acercó hasta él, como un vacío cada vez más grande lo fue absorbiendo, ¿qué tiene de extraño que su último gesto sea de irritación y de rencor contra la sociedad que, sin saberlo, lo arrojó de su seno?

La angustia de los adolescentes lleva consigo la posibilidad de esa reacción tremenda. La lúgubre estadística, a que ya hice referencia, bien nos muestra en su lenguaje indiferente que al doblar el recodo peligroso muchos son los que ceden al hechizo de aquella bruja descarnada que en El niño Eyolf, de Ibsen, pasa una tarde como una maldición y deja en el alma del adolescente el siniestro designio de atravesar la puerta frente a la cual los otros se detienen aterrados u

 

 

Notas

 

* Capítulo IV de Problemas de psicología infantil. Ambición y angustia de los adolescentes. Aníbal Ponce, diciembre 1930, págs. 228-246

Nota del Editor. En los textos de esta sección ha sido respetada la ortografía original.

1. Preludiando a Kraepelin y a su concepción de los estados mnaíaco-depresivos. Areteo afirmaba ya que la melancolía es una parte integrante de la manía.

2. La crítica de Titchener me parece particularmente convincente. Véase su Manual de psychologie, pág. 252, trad. Francesa de Lesage; editor Alcan, París.

3. Véase un resumen interesante en Sico: Psychophysiologie et psychopathologie du corps; editor Alcan, París.

4. En esos términos la define Sollier. Véase Sollier y Courbon: Pratique des maladies mentales, pág. 152. Lo mismo Heckel: La névrose d’angoisse et les états d’émotivité anxieuse, pág. 179; editor Masson, París, 1917.

5. Tanzi y Lugaro hablan de “una incerteza insuperable”, en Malattie mentali, tomo II, pág 555. Todos los psiquíatras señalan ese mismo carácter, y Sollier también en otra página de su Pratique (pág, 149). Aunque la precisión no fue la característica de Maurice de Fleury, encuentro en la pág. 52 de L’angoisse humaine esta frase hermosa y exacta: “ L’angoisse fait son nid dans le doute et l’attente”.

6. “Toda expectativa (attente) se acompaña de un estado de tensión tónica que aumenta a medida que se prolonga y que puede transformarse en angustia”. Wallon: Les origines du caractère, pág. 121; editor Bovin, París, 1934

7. Mendousse: L’âme de l’adolescent, págs. 39, 51, 127; Alcan, París, 1930, 4ª edición.

8. Vurpas: L’état mental des obsédés, en Questions neurologiques d’actualité, págs. 418-437; editor Masson, París, 1922.

9. Es clásico el estudio de Pitres y Regis: Las obsesiones y los impulsos, pág. 176; traducción de J. M. González, editor Jorro, Madrid, 1910.

10. En el estudio que María Angélica Carbonell ha consagrado a la afectividad de la adolescente se nota, entre muchas otras lagunas, un largo capítulo en blanco sobre la sexualidad. Que a la misma autora le consta su importancia lo infiero de esta línea casi perdida: “Los cueles trances por que se pasa en las primeras manifestaciones de la sexualidad ya son motivo suficiente para producir tristeza”. En Anales de Instrucción Pública, pág. 45, tomo XXVIII, N° 1, Montevideo.

11. Chávez: Ensayo de psicología de la adolescencia, pág. 210, Méjico, 1928. Ver Journal Psychanalytique d’une jeune fille; editor Gallimar, París, 1928. En igual sentido, Goncourt: Chérie. Especialmente págs. 102, 104, 105, 189, 192.

12. Goblot: De la valeur de la chasteté, en Revie Philosophique, año 1929, tomo I, pág. 10.

13. Belot: Le escandale, en Revue Philosophique, año 1929, tomo I, pág. 161.

14. Por lo menos así lo afirma el propio Rank: Remarques sur la crise de la psychanalyse, en Revue de Phichlogie Concrète, tomos I y II, Págs. 259, 266, año 1929, París.

15. Descoeudres: Le sentiment maternel chez les jeunes filles, pág. 35.

16. Vallery-Radot: La vie de Pasteur, pág. 17; editor Flammarion, París. Sobre la nostalgia ver Ribot: Problèmes de psychologie affective, pág. 66; editor Alcan, París, 2ª edición, 1916; “La nostalgia es una enfermedad de la adolescencia y de la juventud, rara después de los treinta años”.

17. Ver en el Juan Cristóbal, de Romain Rolland, el capítulo I del tomo II, titulado “La muerte de Juan Miguel”. En igual sentido, Pierre Loti: Prime jeunesse, 69-91.

18. Moreau de Tours: Du suicide chez les enfants, pág. 12; editor Bonvalot-Jouve, París, 1906.

19. Durkheim: Le suicide, étude sociologique; editor Alcan, París, 1897.

20. Halbwachs: Les causes du suicide; editor Alcan, París, 1930.

21. Ibsen: Un ennemi du pauple, pág. 161, traducción del conde Prozor; editor Perrin, París, 1921.

22. La separación en la personalidad humana de lo que pertenece a la herencia y lo que corresponde al medio es totalmente artificial.

23. Estoy de acuerdo con Wallon al admitir que el onanismo tiene íntimas relaciones con la angustia, y que equivale a un derivativo casi del mismo tipo que las lágrimas. En su obra sobre L’enfant turbulent, editor Alcan París, 1925, ya había anotado lo que desarrolló luego en Les origines du caractère chez l’enfant, págs. 102, 107, 121; editor Boivin, París, 1934: La frecuencia del onanismo en los niños incomprendidos, humillados, frecuentemente castigados, y que viven por lo mismo en la aprensión y el temor. “La expectativa más vulgar –agrega–, en la medida en que se convierte en ansiedad, puede teñirse más o menos de erotismo. Y es que el acto venéreo, como la risa y las lágrimas, figura entre los espasmos capaces de liquidar una excesiva sobrecarga tónica”.