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Segunda parte

 

Selección de textos

 

Ilustrando el texto de la Primera Parte, se transcriben a continuación fragmentos de los libros de Rodolfo Senet y Aníbal Ponce, desarrollando sus teorías sobre el período puberal y adolescente. Como se detalla en el artículo introductorio, ambas obras tuvieron una particular influencia sobre los pedagogos, psicólogos y psiquiatras de su época.

 

 

El período megalomaníaco*

Rodolfo Senet

 

 

Estudiando la evolución psicológica del individuo, es fácil comprobar la existencia del período a que me refiero. El estudioso que observe los cambios y transformaciones graduales que se operan en la psique del sujeto con la edad, por poco que penetre en el fondo de las personas, podrá confirmar, comparando la psicología infantil con la del púber, que durante el período de la pubertad, se produce una exaltación de la personalidad con caracteres perfectamente definidos. Lo común es que esta exaltación coincida con la época indicada, entendida más en el sentido psicológico que sexual; es decir, abarcando generalmente de los 13 a los 18 años de edad. Este período sucede al belicoso y coincide con el cambio de gustos, tendencias e inclinaciones, que se deja entrever al finalizar la niñez y se perfila en la adolescencia para culminar en plena pubertad.

El fenómeno no ha sido tratado. Sólo se ha procurado evidenciar algunos de sus caracteres salientes, sin determinarlos con precisión, sin caracterizar al fenómeno como un hecho general que obedece al principio del paralelismo filogenético y ontogenético, y, desde luego, sin determinar a qué período de la filogenia psíquica o de la psicogenia, corresponde esta reproducción ontogenética.

Se comprende que al hablar de un período megalomaníaco –ya sea en la evolución del individuo, ya en la de las colectividades– lo hago de una manera sintomática, queriendo significar una euforia excesiva, una exaltación del sentimiento de la propia personalidad, caracterizada por la exageración de la conciencia de las propias fuerzas y aptitudes, en que se mezclan la vanidad del yo, con la incomprensión de las condiciones objetivas del ambiente en que se entra a luchar por la vida. El término megalomanía, no se emplea pues aquí en su precisa significación como vocablo del lenguaje psicopatológico, sino sencillamente para expresar una tendencia definida a la exageración.

Si consideramos la evolución del tipo caucasoide, por lo menos en los pueblos que han descollado en la historia, veremos desde el primer momento, que la llamada Edad Media, por ejemplo, está plagada de hechos de tal naturaleza que bien podrían hacerla acreedora al calificativo de época megalómana, sin que esto se signifique que cada sujeto de entonces fuese megalómano en el concepto propio del término. Las justas tan celebradas, los grandes torneos que hacían época y donde muchas veces resultaban magullados, heridos y maltrechos, o perdían la vida, los caballeros, y cuyo objeto era el de sobresalir, sentar la fama de guapo, distinguirse en alguna forma de los otros, en una palabra, atraer la atención sobre su persona y hacer época; las luchas singulares; los combates en condiciones desventajosas; las aventuras arriesgadas y de todo género a que se lanzaba la nobleza, y la tendencia del pueblo a imitar a los señores, conducta a la que hoy no trataría de imitar ninguna persona medianamente sensata sin menoscabo de su reputación de prudente y de discreto, más aun, sin dejar de adquirir fama de loco, o de chiflado, por lo menos; el feudalismo con su séquito de barones, vizcondes, condes, de marqueses, de duques, príncipes y señores de todo género, atrincherados en sus castillos, con su ceremonioso amaneramiento, con sus convenciones sociales muy particulares y cuya utilidad, en este siglo, escapa por completo; la multitud de potentados y magnates; el lujo y la fastuosidad de aquellos tiempos; los usos y las costumbres que caracterizan esa larga época, le dan un sello marcadísimo de megalomanía. Los desfacedores de agravios, los enderezadores de entuertos, los encargados motu proprio de hacer justicia, así como los hechos de armas extraordinarios y la literatura que entonces prosperó gracias a las afinidades psíquicas que ella encontraba en el pueblo, –literatura que tan bien ridiculizara Cervantes, ya en los albores de la Epoca Moderna– muestran el delirio de grandeza que había invadido entonces a la humanidad.

Si bien es cierto que la nobleza era la minoría y que el pueblo constituía una enorme mayoría, también lo es que fué ella la que imprimió el sello característico a esa época. Fué ella la que señaló las normas y no la enorme masa que pasaba del todo inadvertida. Fué la clase noble la dirigente, la acatada y respetada, y a quien el pueblo consideraba como superior y trataba de imitar en lo posible. De ese modo, la orientación megalómana de esa época, afecta a toda la colectividad, y no es exagerado decir que la Edad Media es la edad megalómana de la historia.

El sujeto, en su evolución psíquica, atraviesa por un período por lo menos semejante al que acabo de indicar en nuestros antepasados inmediatos, lo que me induce a creer que sea la reproducción en la evolución psicológica individual de esa etapa de la filogenia psíquica. Esta creencia se basa en el paralelismo de ambas evoluciones, y se apoya precisamente en la época de la vida del sujeto en que aparece y en su proceso relativamente lento, que indicaría la reproducción de una etapa cercana de la evolución psicológica de la colectividad. Efectivamente, en algunos sujetos, este período se prolonga en la edad adulta, y sólo declina en la vejez; serían los estacionados en la Edad Media; en la mayor parte –que en mi concepto es lo normal– desaparece en el período emotivo-intelectual. En la evolución psicológica individual, la pubertad correspondería a lo que la Edad Media es en la evolución psicológica de las colectividades.

Dejaré la historia, para analizar del punto de vista psicológico, el período que trataré de describir.

Se sabe que los fenómenos de la voluntad imprimen un sello característico a cada período de la vida, que es evidente para todo observador, y que estos períodos están determinados por el predominio en la esfera volicional de una tendencia sobre todas las demás.

Tres grandes períodos caracterizan la vida de la actividad voluntaria del sujeto, aplicables también a la de las colectividades. En cada uno de ellos, las voliciones se orientan según una dirección determinada que, a no dudar, está regida por el lento proceso histológico cerebral, por la mielinización de las vías nerviosas y por las conexiones, que sólo se establecen en épocas relativamente tardías de la evolución; por las relaciones que, según Edinger, o mejor dicho, sus interpretaciones sobre las pesquisas de Kaes, deben existir entre la inteligencia y la mayor o menor densidad de las zonas de fibrillas mielinizadas de la corteza cerebral, que como se ha visto, aumenta hasta épocas ya avanzadas de la vida.

Sin pretender asignar una delimitación precisa a cada período, se puede afirmar que la infancia está absorbida por las voliciones de orden nutritivo, siguiendo una progresión decreciente hasta el comienzo de la pubertad. En esta última época comienzan a intensificarse las voliciones puestas al servicio de la conservación específica, cuya orientación inicial tuvo lugar en la adolescencia (período genésico), que se acentúa más o menos, según los individuos, y declina poco a poco hasta perder su preponderancia en la edad viril. Las impulsiones sexuales, en esta edad, se atemperan, y obedecen a una mayor intensidad y extensión del factor mental, que entra a actuar como elemento de inhibición, y el carácter, el criterio, la reflexión y el discernimiento se definen de una manera clara. Los circuitos cortos de la infancia, comienzan a cerrarse y a saturarse con la repetición, convirtiendo a los actos en semiconscientes, para llegar más tarde a hacerse subconscientes, cuando se cierren y saturen definitivamente en la niñez, o en la adolescencia. Pero en la edad adulta se abren nuevos circuitos, más amplios, que siguen el mismo proceso indicado y en este misma edad, la corriente nerviosa es solicitada por multitud de vías, merced a conexiones que se establecen según cierto orden cronológico. De ahí que los fenómenos del espíritu difieran tanto de una a otra edad, o mejor, de un período al otro.

No creo necesario insistir en que el predominio de las tendencias aludidas, es sólo relativo, y se debe a que, en el estrecho campo volitivo del niño, prevalecen las de orden nutritivo, por no haber aparecido aún otras voliciones, o ser puramente rudimentarias las que no encuadran en la categoría mencionada. Lo mismo ocurre con el predominio de las genésicas en la pubertad, pues ese predominio se debe a no haberse dilatado aún suficientemente la esfera emotivo-intelectual.

Los umbrales de la pubertad están caracterizados por multitud de fenómenos que le son inherentes. Tanto en uno como en otro sexo, los deseos, los gustos, las aficiones, las tendencias e inclinaciones, cambian profundamente; los juegos infantiles resultan desplazados por otras actividades y preocupaciones: el varón se siente más hombre; la niña más mujer. Es la iniciación del período genésico.

Desde un amplio punto de visto biológico, las manifestaciones que voy a apuntar son consecuencias de las selección sexual, atemperada en el género humano, particularmente en la raza caucásica, para tomar modalidades especiales, resultantes del progreso de la especie en el orden moral e intelectual, con especialidad en la raza aludida, disfrazada con el manto de la civilización, pero cuyo fondo obedece a la tendencia y al deseo de cada sujeto de prevalecer, de superar a los demás, como medio más adecuado para llegar al fin, que no es otro que el de la procreación. Las tendencias a prevalecer, a llamar la atención, a sobrepujar a los otros, coinciden con la aparición de los caracteres sexuales secundarios y se prolongan mientras subsiste la capacidad sexual; pero su predominio está en la pubertad y en la juventud. Por ese motivo, creo que las manifestaciones que constituyen el período de megalomanía, no son sino resultantes del fenómeno general biológico conocido con el nombre de selección sexual.

El período genésico está constituído por un doble proceso: la aparición y desarrollo de las aptitudes genésicas y el proceso megalomaníaco psíquico. Normalmente, el último, no debe extenderse en la edad viril.

Veamos algunas de las manifestaciones características del período aludido, donde la conducta del individuo no guarda proporción con el fin que con ellas se persigue, y que sólo anormalmente pueden perdurar. Entre otras, señalaré aquellas que por más vulgares resultan más demostrativas.

El hecho tan frecuente en los púberes y en las núbiles de exagerar de una manera extraordinaria el precio de los objetos de su propiedad, o de propiedad de los miembros de su familia, y muy especialmente de las prendas de vestir: decir, por ejemplo, que un traje costó 180 ó 200 pesos, cuando sólo se pagó por él la mitad; hablar de una piel de 500 pesos, que apenas costó 100; de botines de 25 o 30 pesos, que se pagaron a 8 o 10; corbatas riquísimas de 5 pesos, que sólo costaron 1, y así sucesivamente.

Otros proceden a la inversa, porque, entre la fama de gastadores y la de vivos y pichincheros, optan por la última por creer que los enaltece más. En consecuencia, manifiestan que todo lo adquieren a precios irrisorios. Estos sujetos, a estar a sus declaraciones, compran los objetos por la tercera, la quinta o la décima parte de su valor real. Nadie sabe comprar como ellos. No ha nacido el capaz de engañarlos. Son sujetos archivivos, inaccesibles a la estafa.

También se notan como manifestaciones megalomaníacas, el cuidado esmerado, no de la persona, sino de la manera de vestir. Son los sujetos que cifran todo su valor en la exterioridad; achaque sumamente común en las muchachas; así como el uso inmoderado de alhajas, en forma de colgajos de toda especie, semejantes a amuletos, fetiches, mascotas, cruces, relicarios, medallones, corazones, vírgenes, herraduras de oro, de plata, de doublé, etc., brillantes químicos y toda clase de piedras falsas, que llevan con el cándido fin de engañar a los demás, de mistificar haciéndose pasar por ricas. Todas estas personas creen de buena fé que sus vestidos, adornos y atavíos, admiran a los que pueden contemplarlos –como lo creía Tartarín de Tarascón cuando viajaba en la diligencia de marras armado hasta los dientes– y  concluyen por autosugestionarse de que tienen buen gusto, chic como ellos dirían, y de que si no son aristócratas, de la créme, por lo menos son dandys o comme il faut. En este tipo existen sus categorías, así, unos siguen la moda à outrance y se creerían deshonrados si se apartasen de ella (como los fifís); otros especialmente para llamar más la atención, explotan todo lo que las modas tiene de ridículo, o, en otros términos, la parte ridícula de las modas (son los casos de merengues), y otros, pareciéndoles insuficientes el ridículo de las mismas, la exageran (casos de tirifilos a la crema). No todos llegan a esos extremos; pero, quienes más, quienes menos, todos procuran un amaneramiento en boga, copiando a Fulano o a Mengano, encadenando así la espontaneidad e independencia, y de esa manera, resulta frecuente ver a los jóvenes caminando como enclenques, si la moda así lo exije, o bien, como si fuesen cifosos, levantando los hombros para que parezcan cuadrados, o bien, sacando exageradamente el pecho. Las mujeres que no quieren parecer enjutas y chupadas, llegan hasta usar senos postizos si fuese necesario.

Todo eso se hace así, sólo porque lo impone la moda de la época.

Pero no todos se orientan así. Algunos se contentan con el uso de un vocabulario rebuscado y el empleo de un lenguaje altisonante y pomposo, donde entremezclan a cada instante voces extranjeras, especialmente francesas, como las que ex profeso he empleado más arriba, con el pretexto de que el castellano no es lo suficientemente expresivo, que no traduce exactamente el pensamiento del sujeto; con lo que se pretende significar que no sólo se posee el castellano sino que se está empapado en el espíritu de la lengua francesa, porque se sabe pensar en ese idioma. A estos individuos los calificamos simplemente de pedantes o de presuntuosos, sin advertir que tales epítetos significan, en resumen, la exteriorización de un grado ligero de megalomanía.

Otros pretenden distinguirse como bohemios, procurando imitar a los personajes de Murger, para hacer alarde de despreocupación acompañada de gracia y de talento. Otros procuran sobresalir sólo como gastadores, despilfarradores, y espléndidos que para nada piensan en el día de mañana: alardean de no realizar el menor ahorro, de fundirse en un instante, de andar patos crónicamente por haber adquirido el hábito de gastarlo todo en una farra. Sin darle importancia alguna, hablan de propinas elevadas, a chóferes, a mozos, camareros, y, en general, a todos los que les prestan algún servicio. Estos sujetos tutean a toda la servidumbre, y tienen el che característico del que se considera protector, que emplean muchas veces sin el menor discernimiento. Son los llamados niños bien, y los que quieren parecerlo.

Otra manifestación interesante consiste en el afán de relatar viajes; en la necesidad incontenida de traerlos a colación, de sacar a relucir determinados recorridos, parajes o ciudades, aunque sean traídos por los cabellos, con el único y evidente objeto de darse pisto. Estas personas en cada lugar tienen un recuerdo curioso, una anécdota original con ribetes megalómanos. Es su forma principal de darse importancia; porque estiman que haber viajado mucho constituye un mérito personal. Los que en la pubertad toman esta dirección, generalmente la conservan por mayor tiempo que los que cité y que los que cito en seguida.

Estos sujetos constituyen, pasadas la pubertad y aún la juventud, épocas en que esta debilidad puede y debe tolerarse, el grupo de los rastaquoères, que son sólo otros tantos casos de estacionamiento en la evolución psicológica individual. Estos casos, por lo demás, se presentan con relativa frecuencia entre sujetos de cierta cultura mental y de clase social elevada, o por lo menos, de condiciones económicas superiores a lo mediocre. En las reuniones sociales donde estos individuos se encuentran, al poco tiempo las conversaciones resultan imposibles, porque concluyen por hacerlas desesperantes o soporíferas. Y es curioso observar cómo, entre ellos se interrumpen a cada instante, con frase como éstas, o de un valor semejante: “Vea, ché, algo semejante me ocurrió en Londres”, o en París, o en Viena, o en Berlín, y la frase irá siempre acompañada de una sonrisita de satisfacción, que deja presumir en el que habla la evocación de recuerdos inefables; o bien, con toda autoridad, dirán así: “En Estados Unidos las cosas no ocurren de ese modo”; o interrumpirán al interlocutor con tono enfático, diciendo de este modo: “A propósito de lo que usted indica, recuerdo que en el Louvre, conversando con Fulano o con Mengano, etc., etc.” ... Todo esto tiene por objeto dejar estupefactos (épatés, dirían ellos) o boquiabiertos a todos los oyentes, desde que para el que habla de ese modo, el viajar es conocer, y ese conocer supone gastar mucho dinero, y el gastar, poseer una fortuna y, en último término, se puede calcular ésta por el recorrido de tales viajes.

Como manifestación muy vulgar y que frecuentemente se asocia a las demás, debo mencionar la exageración respecto a la manera de comer, respecto de las comidas que forman los menús de su predilección. Los muchachos, púberes y jóvenes, son muy difíciles de contentar en este asunto, al punto de preocupar a los que se ven obligados a darles de comer, porque, en su afán de darse pisto, encuentran todo malo o detestable. En los restoranes, son los jóvenes los que más se hacen notar por protestas airadas; porque éste es el procedimiento que ordinariamente usan, para que los circunstantes puedan así darse cuenta de sus gustos refinados y de su hábito de servicio más diligente y comedido. Si concurren a una casa de comida con dinero suficiente, la lista no tendrá nada pasable para ellos, y recurrirán a los extras en seguida. Si se habla de manjares diferentes, ellos estarán al tanto de las casas especialistas en la confección de tal o cual, y siempre sabrán dónde se come bien –y barato naturalmente– y esta baratura significará una suma doble o triple de la que en realidad se necesita para comer lo suficiente, tratándose de platos delicados. Y así, por ejemplo, dirán que por diez pesos se puede almorzar decentemente en tal o cual casa, para él, muy conocida. Luego agregarán, para hacer notar que saben vivir en la gran urbe: “Con veinte pesos diarios, hoy se puede vivir discretamente en Buenos Aires”...

Ganar dinero sin trabajar, o haciendo sebo en el empleo, según su expresión usual, les parece muy honroso; porque, ganarlo trabajando, no tiene nada distinguido, desde que es propio de ganapanes y está al alcance de cualquier pelafustán.

Cuando el sujeto tiene entradas extraordinarias, las considerará como gajes que no cuentan para nada. En tales casos, se tratará, por ejemplo, de cincuenta o de cien pesos, “que apenas alcanzan para los cigarrillos y el tranvía”. Además, en cuanto se anda pato, según su jerga especial, “se le da una pechada al viejo”, y “el viejo larga por lo menos un canario”, que, naturalmente, “canta en una farrita con la barra”.

Si se trata de la familia, de los antepasados, raro será el joven que no tenga algo notable o extraordinario que contar, con el objeto de darse importancia. En estas manifestaciones megalómanas, es vulgar que intervenga la mentira a base de fantasía, cuando se trata de jóvenes inteligentes y no de pobres diablos.

Otra forma no menos interesante consiste en hablar con cierta familiaridad, o bien simulando indiferencia o displicencia, de los personajes del país, o de la gente que en esos momentos está de moda, relatando anécdotas o pasajes de los mismos, más o menos graciosos. En muchos casos, los jóvenes, en sus conversaciones al respecto, no usan el apellido de los sujetos aludidos, sino el nombre solamente, y más elegante aún resulta emplearlo en diminutivo, como quien los nombra cariñosamente; o bien, distinguirlos con sobrenombres, motes, o calificativos más o menos picarescos, con el propósito visible de que se les crea muy amigos del personaje, o allegados a su familia, parientes suyos, o por lo menos, del mismo nivel social.

También narran con todo desenfado sus orgías y parrandas, las que siempre costaron sumas elevadas, y que en verdad, no solamente no costaron nada, sino que sólo existieron en la fantasía del muchacho. Decir por ejemplo, que la noche anterior se acostaron a las tres de la mañana, y en realidad fueron a la cama a las nueve y media. Cuentan que tienen una riquísima bolada, y esto es absolutamente inexacto: lo dicen para que se les crea muy machos. Otras veces se trata de diabluras, de vivezas y calotes, o bien, refieren aventuras amorosas extraordinarias por demás, en las que fueron siempre afortunados, o en las que escaparon milagrosamente a los peligros. En esas narraciones se tratan a sí mismos de locos y de bárbaros, y así dicen a voz en cuello: “¡Qué loco fuí!” ... ¡Pero qué bárbaro he sido!” ... con lo que ocultan estos términos, que ellos oyen a gritos: “¡Qué valiente!” “¡Qué intrépido!” Se admiran y sobre todo quedan perplejos de que no les ocurriera el menor accidente en la peligrosa y arriesgada empresa que en ese instante recuerdan, y con la que pretenden hacerse admirar de los oyentes. Les agrada y les enorgullece que les llamen locos o ricos tipos; porque, para ellos, ser loco o rico tipo, es, por lo menos, ser algo excepcional; decir de un sujeto, entre los púberes, es un rico tipo, es hacer su elogio,  y a la frase él le acompañará siempre con una sonrisa de aplauso, porque, en el fondo, equivale a decir: “no es una vulgaridad”.

En otros tiempos, la megalomanía de nuestros gauchos les llevaba a pelear con la policía (pelear con la partida), como acto indispensable para sentar fama de valientes. Hoy, muchos de nuestros jóvenes, para parecer farristas (epíteto del lunfardo, para ellos, encomiástico, amable y cariñoso), arman escándalos en los cafés, arrojándose las bolas de billar, copas, botellas y sillas; se embriagan en los lupanares, no por el placer de beber, sino para exhibirse borrachos, para hacer alarde de firmeza y resistencia para el alcohol y la farra, es decir, para mostrarse más fuerte, más hombre. También los muchachos empiezan a fumar en la adolescencia, porque creen que así se les considerará más hombres, y que las mujeres no los estimarán como tales mientras no fumen. Por eso elijen para fumar los sitios frecuentados por jovencitas, donde hacen gala de saber tragar el humo y de expelerlo al mismo tiempo que dirigen a los otros la palabra. Y todo esto lo hacen por aquello de que, según ellos, dicen por ahí: “el hombre que no fuma, no es hombre”: ellos, al fumar, se engañan a sí mismos, como se engaña el megalómano que se cree duque o príncipe y exhibe unos papeles viejos que él considera pergaminos.

También los hay que relatan con fruición el número de enfermedades venéreas que han contraído. Unas simples blenorragias, es un insignificante iniciación. Se pasa por ellas como necesarias para adquirir experiencia y llegar a otras afecciones de mayor trascendencia. No será seguramente con el ánimo de hacer notar que están o han estado enfermos, que hablan de esas cosas, sino con el objeto de significar que, para haber llegado a ese resultado, han debido antes farrear mucho, y aun muchísimo, y que, en cuestión mujeres, nada les queda ya por conocer. De aquí que lleguen a esta perniciosísima conclusión para nuestra juventud, que la cree exacta, de que “el hombre que no ha tenido enfermedades venéreas, no es hombre”, y muchos pobres de espíritu, imbeciloides, creen que se requiere ese sello característico, que es necesario pasar por esas pruebas, por ese bautismo de la virilidad, para llegar a ser hombre, o para poder llamarse dignamente hombre. Es, por otra parte, el trance indispensable para que el sujeto se pueda llamar farrista.

Aunque sean los menos, existe otra faz distinta, bastante interesante, y que la evidencian los jóvenes escépticos, que pretenden con ello expresar experiencia de la vida, conocer el corazón humano, haber sufrido muchas decepciones y desengaños y haber corrido los azares de la existencia: han vivido mucho en pocos años y han aprendido también mucho; o bien, todo les es indiferente, aparentando un desgano que indica saciedad; con lo que dejan entrever o significar directamente que nada les es desconocido; son hombres de mundo para los cuales nada hay nuevo: ¡han visto tanto!...

Es común que pontifiquen respecto de la psicología del sexo opuesto. Hablan en tesis general de la mujer: la mujer procede así; la mujer piensa de esta manera; la mujer procede de la otra; la mujer ama menos o más que el hombre y lo hace en esta forma o en la otra, etc.

Pero este período magalomaníaco no afecta exclusivamente al varón, como lo he dicho. En las niñas también se manifiesta y a menudo en forma no poco intensa; pero en ella toma modalidades especiales de acuerdo con el sexo. Esto significa que hay un período megalomaníaco masculino y otro femenino.

Examinaré ahora también ligeramente, algunas de las manifestaciones más vulgares del período de megalomanía en la mujer.

La más notable es el romanticismo en las jóvenes que las lleva a creerse personajes de novela, muchas veces perseguidas por el sino fatal. Creerse víctima del infortunio a esa edad –y lo mismo sería en las otras– indica, en el fondo, un delirio de las grandezas semejante al de la que se cree privilegiada de Dios. Desde el primer momento, es una elegida, una mártir llena de méritos, quizá por los cuales se ceba en ella la desgracia; un ser valiente que, a pesar de la fatalidad, lucha y seguirá luchando, agregándosele el mérito de saber anticipadamente que no tendrá buen éxito; lo que, a la larga, concluye por ser cierto, pues la desconfianza en el buen éxito hace que éste no se alcance por falta de energías.

A veces se forjan un “ideal” lleno naturalmente de brillantes condiciones y de méritos adquiridos, y no se les ocurre preguntarse a sí mismas si son acreedoras a ese “ideal” por el cual desechan a los demás hombres; ni tampoco hacen nada para merecerlo, y cuando esta crisis de megalomanía ha pasado, se unen muchas veces con el primer candidato que se les presenta. Es general que en su fuero interno se crean llenas de atractivos y que todos los jóvenes se mueren por ellas, interpretando las firmezas y simples atenciones como festejos realizados con el deliberado propósito de llegar más adelante al matrimonio. Esto ocurre en la nubilidad especialmente, porque en la juventud, la intuición femenina está ya muy desarrollada, y sólo como excepción la señorita se equivoca respecto de las intenciones amorosas del hombre. Pero si rara vez se equivoca en estos asuntos, no por esto se atemperan mucho las manifestaciones megalómanas. Algunas de ellas llegan hasta hacerse positivo daño a sí mismas, sin caer en cuenta que se perjudican al desprestigiarse sin querer. He oído infinidad de veces decir a señoritas en la edad de la nubilidad o recién salidas de ellas, señoritas que podían reputarse como normales, estas frases u otras de un contenido semejante, comunicando a otro sus maneras de ser y de vivir: “Me levanto a las once. Almuerzo a las doce; pero como nunca tengo apetito, no como nada. Luego leo poesías, toco un ratito el piano. Por la tarde, salgo al balcón. Por la noche, voy al teatro o cine. Me acuesto a eso de la una, y como no puedo dormir sin leer vengo a apagar la luz allá a las tres de la mañana”. O bien: “Yo no sé hacer nada. Los quehaceres domésticos me dan náuseas. Me gusta la alegría; la seriedad me fastidia. Para mí, los meditadores son tontos. Yo nunca quiero pensar, etc.” Con esto último no se dan cuenta que se están recomendando como cabeza de chorlito aunque ellas lo consideren distinguido y con lo primero, quieren sólo dar a entender que si no trabajan (pues en sus enumeraciones jamás aparecerá para nada la menor tarea útil) no es por holgazanería, sino por la posición desahogada de la familia, que les permite tener gente de servicio que realicen todos los quehaceres domésticos; son personas ricas, o por lo menos, de clase acomodada. Si la joven manifiesta que no come nada, es para significar que hace más vida de sentimientos y de inteligencia que física, porque no se explicaría que pretendiera sobresalir como atacadas de cualquier afección gástrica; es distinguido no comer o comer poco por mil consideraciones que sería muy extenso recordar, y sobre todo por que ello nos aleja de la vida animal para aproximarnos a la espiritual.

Otra manifestación común es la de oirles hablar de estancias, carruajes, automóviles, fiestas de toda especie: carreras, regatas, recibos, matinées, soirées, tés, kermeses y garden-parties; de trajes y de sombreros de Fulana y de Mengana, etc., que, por las comparaciones, resultan inferiores a los suyos; con lo que entran desde luego en la categoría de las megalómanas definidas, cuando las estancias, los automóviles, los recibos y saraos, etc., no tienen existencia real, y cuando la tienen, el alarde, el exceso de comentarios, el pretender que tales cosas den realce a la personalidad, y que los triunfos de la fortuna, o de la posición social, pueden traducirse en méritos personales, constituye un grado más o menos acentuado de megalomanía.

Para las mujeres en ese período de la vida, de las enfermedades, las verdaderamente distinguidas son las del corazón. Muchas señoritas dicen que sufren del corazón para parecer más sensibles. En el fondo, pues, es un sentimiento megalómano el que las conduce a esa creencia, simulada o real, por aquella vieja opinión errónea de que los afectos y las emociones nobles y elevadas residen en el corazón. Las enfermedades de este órgano, para ellas, sólo se explican por una grande exquisitez sentimental, por una finura y acuidad considerable de la emotividad. El dolor de la razón es un dolor noble y distinguido; el de vientre es burdo, grosero y vulgar; al primero, se proclama; al último debe ocultarse.

Estas manifestaciones que evidencian el deseo vehemente de sobresalir, de hacerse notar por alguna de las formas expresadas y de otras que paso de largo por no dilatar este capítulo, –como la adoptación de un amaneramiento estudiado, de una laxitud y flojedad especial (nonchalance, dirían los de una de las categorías descriptas), el empleo de un vocabulario escogido, dándole a la voz inflexiones melífluas; las actitudes púdicas, las sonrisas castas, las miradas lánguidas, etc., etc.,– son perfectamente tolerables en la nubilidad y en la misma juventud, porque tales expresiones son más o menos normales, desde que encuadran en las manifestaciones megalómanas propias de ese período. Pero cuando ultrapasan esos límites para extenderse a la edad adulta, constituyen manifestaciones fronterizas que están fuera de la normalidad; se tratará, en todos los casos, de personas francamente cursis, o de individuos desequilibrados de verdad.

Largo sería anotar las distintas modalidades de este período, que normalmente abarca, en los dos sexos, desde los albores de la pubertad hasta los umbrales de la edad viril; pero que puede perdurar y aun prolongarse toda la vida; sin que por esto pueda calificarse una definida megalomanía. En estos casos se tratará de grados poco acentuados, que podrían colocarse como transiciones entre lo normal y lo abiertamente patológico. Son los sujetos de constitución paranoica que, por otra parte, no son excesivamente raros. No calificarlos como megalómanos, no quita a su conducta el sello megalomaníaco que ostentan a cada paso, como tampoco porque no se les moteje de imbéciles o de idiotas, dejarán de serlo muchos que a estas horas se pasean por las calles de la metrópoli tomando el sol tranquilamente. No serán imbéciles o idiotas definidos, pero si se estudiasen en sus fenómenos volitivos, fácilmente se comprobaría que se encuentran pisando los umbrales de la imbecilidad y la idiotez.

Analícese a fondo lo que dicen o relatan los jóvenes y se verá que más del cincuenta por ciento de lo que ellos manifiestan son mentiras, o por lo menos, que desfiguran la verdad a base de vanidad y de megalomanía, y que la diferencia que existe entre éstos y el megalómano del hospicio de alienados, que miente de buena fe cuando se cree magnate, millonario, potentado, rey o enviado de Dios, es sólo de grado.

Este período de megalomanía juvenil no es una forma mórbida estable y fundamental, sino como un período de desequilibrio transitorio de la personalidad, principalmente puesto de manifiesto por la pérdida del sentido de adaptación individual al ambiente en que se lucha por la vida.

No se trata de una simple exageración mórbida de la mentira, sino de una forma especial de mentira y de simulación, que tiende a exaltar la propia personalidad. Además, es de observar que todas las manifestaciones de la actividad individual se orientan en el mismo sentido, resultando de ellas la megalomanía; es decir, un síndrome de la conducta y no la sencilla manifestación verbal de los mentirosos a base de vanidad y fantasía.

Estos apuntes que sintetizan una larga observación de las transformaciones de la conducta en la época de la pubertad, podrán ser el punto de partida para otras investigaciones acerca de las diversas tendencias del carácter en los distintos períodos de la evolución psicológica individual.

Hasta aquí llega los que expuse en 1902 y en 1906.

La mentira resulta, pues, de la tendencia a sobresalir, a distinguirse de los demás por alguna aptitud o por determinadas actitudes.

Es un arma puesta al servicio de la selección sexual, que se esgrime en distintas formas, más bien dicho, en las formas más variadas, y toma modalidades especiales, tendientes todas  a acentuar la personalidad sexual.

La mentira propia del período de megalomanía tiene como característica saliente la ausencia o la reducida intervención del factor mental, y en cambio, la presencia constante del factor emocional. Son mentiras de origen emotivo y no ideativo.

En el adulto ocurre, en general, lo inverso, y salvo las casos de mentiras por deporte, o a base de fantasía, como veré más adelante, reconocen un origen intelectual y no emocional.

En el período megalomaníaco no existe mayor discernimiento ético respecto de la mentira, y ésta persigue siempre un fin que el sujeto siente útil. Por este carácter la mentira de esa época se aproxima a la mentira del adulto. Pero deben reconocerse desde luego diferencias fundamentales: el fin útil en la mentira del adulto es, en general, inmediato; en la del púber, mediato; además, la mentira del primero, como regla general, es de origen intelectual; la del segundo, emocional, derivado del excitante, que, en el fondo, no es más que el instinto de conservación específica.

Es por ese motivo que incluyo el período de megalomanía, cuyas características son principalmente instintivas y afectivos-emocionales, en el capítulo correspondiente a la afectividad y a la emotividad u

 

 

* Fragmento del Capítulo VII, “La afectividad” de Psicología de la adolescencia, de la pubertad, y de la juventud. Rodolfo E. Senet, julio 1940, págs. 120-139

 

Nota del Editor. En los textos de esta sección ha sido respetada la ortografía original.