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Llamado urgente

Mariano J. Barilari

 

 

Esta mañana me disponía a subir al coche para iniciar la actividad del día, cuando una persona, que llegaba corriendo, me detiene y con palabras entrecortadas, que denotaban el esfuerzo que acababa de realizar y quizás algo también la emoción que lo embargaba, me dijo:

–Doctor, por favor! Es un caso urgente... Un ataque... Un ataque de nervios...

Me dejé conducir. En el camino, que fue corto, cambiamos pocas palabras; iba pensando en la eterna urgencia de los casos...

Llegamos a una modesta casa de inquilinato. El suceso todo lo había conmovido; las personas iban y venían impulsadas por el afán de ser útiles; los rostros velados por el temor, la inquietud... Una llevaba un vaso de agua, la otra corría con la infaltable tisana; no faltaba tampoco quien llevara una palangana con no sé qué misteriosa preparación, y una viejita, sentada junto a una puerta, conservando toda su serenidad, aconsejaba mágicos procedimientos, infalibles en estos casos: una tajada de papa en la nuca, una llave debajo de la almohada, etc.

Después de atravesar un patio bajo la mirada curiosa de todos los vecinos, llegamos a una habitación donde se encontraba un pequeño grupo de personas, mujeres en su totalidad, que sólo atinaban a llorar o rezar; alguna, con gesto tímido, se animaba, de vez en cuando, a enjugar con un pañuelo la saliva espumosa que salía de la boca de la enfermita. Esta se hallaba en el suelo, animado su cuerpo por convulsiones que imprimían a sus movimientos las más extrañas actitudes; se revolcaba retorciéndose; en los ojos, con los párpados entreabiertos, ninguna expresión, mientras que de su garganta partían gritos, exclamaciones incomprensibles... De pronto, cesan las convulsiones; un llanto entrecortado por hondos sollozos las sustituyen; las manos, con gesto desesperado, iban a lo largo de su cuerpo tironeándolo todo, cabellos, ropas. Se diría que la enferma, presa de gran desesperación, encontraba en el llanto un desahogo, el bálsamo que la mitigaría.

Mientras contemplaba el cuadro, siempre nuevo, y tomaba las pequeñas medidas que el caso requería, cruzaron por mi mente, en fugaz sucesión, la Salpetriere, la escuela de Nancy, Charcot, Bernheim, Briquet, Janet...

–¿Habéis pensado alguna vez en la histeria; en el desborde exagerado de reacciones, risas, llantos, que la caracterizan?

La histeria no es una enfermedad orgánica; todos los órganos están sanos; la enfermedad es puramente psíquica, está en la mente.

Me refiero a ella porque la veo reproducirse con mayor intensidad cada vez. El ambiente en que vivimos, el característico nervosismo de la época, son factores que preparan el terreno, lo fertilizan.

Me refiero a ella con el más sano optimismo y consideraría colmada una íntima aspiración si éste contagiara a los que me leen. Un camino seguro conduce a la ansiada meta; no es un camino sin obstáculos, pero es menos azaroso que el que hasta ayer, lleno de prejuicios, se seguía; hoy la educación de la mente ha tendido sobre ellos, seguros puentes que no serán arrastrados por el caudaloso torrente de la neurosis.

En el transcurso de los tiempos se han vertido sobre la histeria las más variadas opiniones, que iban de lo sensato a lo novelesco y hasta lo diabólico. Los prejuicios han llevado a los enfermos a los más encontrados extremos; épocas hubo en que se los persiguió; otras en que se les quemaba como endemoniados; en la actual, en cambio, viven olvidados, incomprendidos, quebrantando la paz de quienes los rodean, trayendo inquietudes y muchas penas.

Pasan por mi imaginación todas estas épocas, cada una con su carácter particular, y sin quererlo me detengo en el insigne Charcot. Todo París acudía a sus clases. El aula de la Salpetriere, abarrotada de gente de todos los rangos sociales que escuchaban, mudas de admiración, la palabra del ilustre profesor. Como por un escenario desfilaban verdaderos sonámbulos que exhibían, ante la heterogénea concurrencia, las más extravagantes actitudes sugeridas durante el sueño hipnótico; veíaseles ingerir un trozo de carbón, si se les decía que era chocolate; oler un frasco de amoníaco, si se les presentaba como agua de rosas; otros, apoyadas las manos en el suelo, ladraban furiosamente, porque se les había dicho que eran perros. El histerismo cundió...los mediums se multiplicaron... París vio llegar un estado de verdadera epidemia histérica. ¿Digo epidemia? ¡Sí!, la histeria es contagiosa. Sin remontarnos a las epidemias de la Edad Media y a todas las que nos cita la historia del mal, como aquellos casos de licantropía, gentes que se creían convertidas en lobos, se unían en compactas manadas y huían hacia el campo, donde, en lugar solitario, se ponían en cuatro patas y comenzaban a aullar e imitar las costumbres de esos animales; llevemos la mirada a una sala de hospital, donde a los pocos días de entrar una enferma histérica, varias presentan las mismas manifestaciones. Durante la guerra europea he tenido oportunidad de ver a algunos hombres, grandes y robustos, cuyos espíritus, minados por los horrores de la batalla, eran presa fácil para esta clase de trastornos.

La histeria no es una enfermedad privativa del sexo femenino, como lo da a entender su etimología y como lo cree en general todo el mundo. Hay más hombres histéricos de lo que se supone.

Todo eso abarcaba mi mente, ante esa pequeña enfermita de dieciséis años, que al enjugar su última lágrima comenzó, sin solución de continuidad, a sonreir y a responder a las preguntas que se le hacían.

No era éste el primer ataque que sufría; hacía ya muchos años, periódicamente, todos los meses, se presentaba un ataque de esa naturaleza, que se había hecho, en estos últimos tiempos, de mayor intensidad y frecuencia. No recuerda nada desde que comienza el ataque hasta que termina.

Es una chica sin una sola afección orgánica. En ocasiones anteriores se le han administrado calmantes nerviosos, que suspendía a los pocos días hasta el ataque siguiente.

En estas condiciones consideré conveniente explorar las profundidades de su alma, pudiendo extraer las siguientes conclusiones: Hija de un hogar humilde, radicado en una provincia del interior, vino a esta capital a la edad de siete años, entrando inmediatamente a prestar servicios a una casa, donde recibe muy buen trato, tolerándosele algunos caprichos, un poco por lástima y otro poco porque supo captarse el afecto y simpatía de sus patrones. Hasta esa edad vivió con sus padres; conoció en esos años algunas privaciones, dado los recursos precarios con que contaban; a pesar de ello tuvo una vida feliz, sacudida íntimamente, por primera vez, el día que se separó de ellos para venir a trabajar, dejando a la madre enferma. En su línea anímica o pasado mental descubrí dos intensos traumas psíquicos. A la edad de ocho años había ido a presenciar una función de circo; entre los números sensacionales un domador exhibía un hermoso plantel de leones amaestrados, a los que hacía efectuar las más variadas piruetas; de pronto, uno de los leones, en una distracción del domador, se filtra por la puerta de la jaula dirigiéndose resueltamente hacia las gradas, sembrando el consiguiente pánico entre los espectadores, en su mayor parte niños. Nuestra enfermita tuvo una intensísima reacción emotiva; el susto le hizo perder el conocimiento, no pudiendo articular palabra hasta el día siguiente. Hace tres años, estando en pleno desarrollo, sufre un segundo shock. Una noche es despertada violentamente por un individuo enmascarado, que al mismo tiempo que la amenazaba con un revólver, le exigía que dijera dónde guardaban los patrones, el dinero y los objetos de valor. Este episodio deja hondas huellas en la criatura, que reacciona desde entonces violentamente a todas las emociones, llora y ríe desmedidamente por futilezas, trata de destacar su personalidad contando aventuras inverosímiles. Sus guardadores, temerosos de lo que pudiera acontecer, llaman a los padres que la llevan a donde la vi en pleno ataque histérico.

Por el análisis efectuado, llego a la conclusión de que un motivo accidental, nuevo factor psíquico, debe haberse agregado en este tiempo. Entendiéndolo así, ahondo más el sondeo logrando enterarme de un complejo reprimido de orden sexual que es a mi juicio, en este caso, el factor causal.

El histerismo es una forma de defensa nerviosa a la que se llega, en ciertas condiciones, por una autoeducación en sentido negativo.

Al preguntarme el padre si la chica curaría, le contesté que el camino es largo pero no irrealizable.

La histeria es fácil de prevenir y es además tratable y curable. Requiere para ello desenmarañar la intrincada madeja que mantiene a estos enfermos sujetos a las situaciones preexistentes, sociales y familiares, y al propio “yo traidor”; factores generalmente desconocidos por los enfermos y sus familiares. Luego la reeducación, la autosugestión y la persuasión harán el resto u

 

“La verdad es siempre extraña, más extraña aún que la ficción”

Byron

 

“Más cosas hay Horacio, en el cielo y en la tierra que las

que sueña tu filosofía”

Hamlet, Shakespeare