Indice - Home - Cerrar Aplicación

 

Es malo compararse

Mariano J. Barilari

 

            l

eco que producen en nuestra mente las notas tristes, discordantes, que a diario oímos, nos conducen a considerar los problemas que conmueven al ser humano, en su relación con los conflictos anímicos, vida nerviosa y neurosis.

–Doctor, si me comparo con los demás me convenzo de que soy un inútil– me decía un estudiante de medicina, y agregaba –Fulano compañero mío, ya se ha recibido, mientras que yo aquí estoy, clavado, como poste de alambrado, en cuarto año y lo grave es que no puedo seguir adelante; mi escasa inteligencia, mi mala memoria, me impiden estudiar. Además he llegado a tener terror a los exámenes, la sola idea de ellos, inhibe cualquier iniciativa de mi voluntad, cada vez más débil y pobre ... A todo ello se añaden mis padecimientos físicos; dolores de cabeza, palpitaciones, mareos, ansiedad, insomnio, desasosiego, intranquilidad ...

Estas palabras, confesadas con timidez, describen la vida de un hombre joven, detenida en su evolución útil por un doble fantasma: el miedo y la comparación.

No nos detengamos a considerar el miedo, fenómeno extendidísimo en el género humano, que acompaña desde la edad más tierna, hasta la más provecta, turbándole la vida, haciéndole inepto como ser sociable e incapacitándole para llevar una vida feliz y provechosa. Dejemos al miedo de lado. Pasemos de largo, ya volveremos a él, sepamos únicamente que es fuente inagotable de trastornos funcionales del sistema nervioso. El que tiene miedo dispara, huye de los demás y de sí mismo, como huiría ante un tigre de cartón, sin acercarse antes a analizarlo.

–Usted huye de los exámenes, como huiría ante cualquier cosa que implicara un esfuerzo; su conciencia y su “yo traidor” van tejiendo, en colaboración, las mallas de una neurosis, que lo envolverán, impidiéndole toda defensa, hasta ahogarlo anulado, si no llega antes a comprender su propio problema, su autoengaño. Huye y en su escapada, se aferra a cualquier arma para defenderse, principalmente a la comparación...

Es malo compararse. Si concediéramos unos instantes a la luna, se compararía con el sol y quizás, como consecuencia, nos veríamos privados de esas noches de estío serenas y luminosas. ¿Qué sucedería si la humilde violeta se comparara con la vanidosa orquídea? ¿Si el inofensivo perro de caza lo hiciera con el majestuoso rey de la selva? Pocas cosas resisten una comparación. ¿A qué quedarían reducidas muchas obras maestras de los grandes museos? Quizás, ese sentido inspiró la disposición que no admite la entrada de obras al Louvre, hasta diez años después de la muerte de su autor, tiempo prudencial para que la fama quede bien cimentada. ¿Qué hubiera sido de mí si se me hubiera ocurrido compararme con los distinguidos maestros, que tan gentilmente han ocupado el micrófono en estas últimas audiciones, desarrollando temas de gran trascendencia social y psicológica, con palabra amena y elocuente? Sin duda alguna estaría cohibido, inhibido para seguir hablando como hasta ahora; me asaltaría mil intranquilidades; la duda, el temor a la opinión de los demás; comenzaría el autoderrotismo, el pesimismo minaría mi espíritu y tendría que abandonar la ruta emprendida. Se reproduciría en mí todo lo que le pasa a usted, joven estudiante. Pero eso no es posible para quien persigue un ideal; éste no se compara, no claudica, en cambio lucha, siente el placer íntimo de luchar por su ideal, de reconocer la superioridad de los demás y triunfa.

Goethe con espíritu sutil dijo: “Nadie es igual a los demás; cada uno es igual al mejor. ¿Cómo llegar alcanzarlo? Siendo cada uno más completo en sí mismo”. Así debe hacer usted, compañero y amigo, y así deben hacer todos los seres humanos.

Compararse es un pretexto incomprendido de defensa; es fuerza fronteriza del miedo a la derrota, en la lucha por la vida. No debemos compararnos sino luchar, perseguir sin cansancio, con fe, el ideal forjado.

Aprenda a encontrarse. Estudie. Si no tiene memoria, cultívela. Mire siempre adelante, la cabeza en alto. El tiempo pasado no cuenta; cuenta el que nos queda por vivir. Si por ventura, atraídos por el pasado, miramos hacia atrás, no nos detengamos sólo en nuestra propia vida, llevemos la mirada algo más lejos. –¡Siglos atrás!– y percibiremos la imagen nítida y grandiosa, destacándose entre la bruma del pasado, del Hombre cuyo nacimiento recuerda hoy el cristianismo (1), que derramó sobre sus semejantes el bálsamo de estas palabras: “No hagas a los otros lo que no deseas que te hagan a ti”. Palabras que fueron un llamado al sentimiento de comunidad, antídoto de las neurosis y semilla que fructifica recién veinte siglos después.

Recordemos aquel pasaje de los tiempos bíblicos cuando el ángel previno a la familia de Lot que su pueblo sería incendiado e instándole a que lo abandonara inmediatamente, con la consigna absoluta de no mirar hacia atrás. Así lo hicieron, pero la mujer de Lot, se tentó y dióse vuelta, quedando instantáneamente convertida en estatua de sal. Miró demasiado temprano para atrás.

Usted joven, que huye de la vida, que tiene miedo de luchar, sepa que es su sensación de inferioridad no compensada, que lo hace renunciar, que lo impulsa a la fuga. ¿Por qué es tan injusto consigo mismo? La formación equivocada de su pasado anímico; lo induce a utilizar la comparación como arma de defensa, de justificación, aferrándose a ella para permanecer alejado de la sociedad, para negarse a la lucha; mientras tanto, inconcientemente, va fabricando su enfermedad nerviosa, que no es más que un pretexto para encastillarse en su torre de marfil, con el único fin de acariciar su egoísmo.

Egoísmo, pesimismo, vanidad, comparación, miedo, sensación de inferioridad, todo está saturado de su esencia generadora: la carencia de sentimiento de comunidad. ¡Eso lo hace huir de los otros seres y de la lucha franca, viril!. Usted no estudia porque teme el fracaso, porque es haragán y su subconciente, que quiere conservar la línea de su alma, le brinda todos estos pretextos y hasta síntomas de su aparente enfermedad, para justificar su huida. Usted carece de sentimiento de comunidad, ley fundamental de la existencia que debe considerarse como una aspiración o tendencia suprema, al equilibrio de las mentes humanas; como un simple ideal de comprensión y comunidad consecutiva, de la humanidad entera; como “lógica inmanente de la colectividad humana” como bien dice el autor de esta doctrina, Alfredo Adler. La mira hacia la superación debe involucrar la mira hacia una humanidad ideal, pues todo lo que encontramos de valor en la vida, todo lo que al venir al mundo hallemos bueno y noble, legado por nuestros antecesores, todo aquello que perdura y quedará definitivamente, es producto del sentimiento de comunidad (2).

Por último la peor de todas las resoluciones es no resolverse. No resolverse implica ya un camino tomado. La irresolución es generalmente miedo de empezar; miedo que a menudo hace imposible la elección, no atinando a aceptar o a rechazar, sino a buscar el momento de actuar, persiguiendo imposibles.

Bajo el manto de todas las condiciones negativas que lo cubren, existe un espíritu que sólo necesita un estímulo para iniciar la marcha y un lazarillo que lo conduzca a lo largo del camino. Sirva de estímulo esta conversación y de lazarillo el optimismo, que debe ser su constante compañero u

 

 

“¿Quereis tener noción de la barbarie pura? Es el estado

del hombre sin ideal”.

 (Juan Manuel Estrada)

 

“Escucha mis consejos, dice Cagliostro, aprovecha tu juventud, aprende pronto a ser juicioso; en la gran balanza de la suerte, la aguja difícilmente queda estable; es necesario reinar y agrandarse o servir y decaer; sufrir o triunfar; ser yunque o ser martillo; “ser o no ser” como dijo el genio inmortal de Shakespeare”.

“Canción”, Goethe

 

 

Notas

 

1. Esta conversación fue realizada el día de Navidad.(1)

2. “Contribución a la Medicina Psíquica”, M. J. Barilari, año 1934.