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Sensación de inferioridad

Mariano J. Barilari

 

El problema de los “incomprendidos” es muy complejo; para tratarlo en conjunto; preferimos ir tratando en forma aislada los puntos que consideramos fundamentales, para evitar que arraigue en estas personas la sensación profunda de desacuerdo con el medio que los rodea. Comencemos entonces por la época de la vida en que se incuba el porvenir psíquico, armónico o no, del ser humano –la infancia–, en la cual la educación, ejerce una influencia definitiva.

Una de las columnas que mantienen erguido el temperamento nervioso del “incomprendido”, que marcha fatigado a una soñada tranquilidad, es la sensación de inferioridad, a la que nos hemos referido en varias oportunidades y que bien merece que nos ocupemos de ella con algún detenimiento.

El niño nace en un manifiesto estado de inferioridad; provisto únicamente de algunos instintos que le hacen factible las acciones fundamentales de la vida: comer, dormir, etc. A medida que crece adquiere hábitos que se van grabando en la mente con letras indelebles. Comienza su vida de relación, su vida social, por así decir, junto al padre y la madre que son los primeros peldaños que han de conducirlo a desarrollar el sentimiento de comunidad. En estos primeros pasos nota ya el niño la diferencia de medios con que cuenta para la vida, en relación con los adultos que lo rodean y, ante los pequeños problemas que se le plantean; desea, por ejemplo, agarrar una cosa que no está a su alcance; como no sabe hablar y no puede tomarla por sus propios medios, recurre al llanto para llamar la atención y satisfacer sus deseos; se cobija, pues, en quien pueda ayudarle a resolver esos pequeños problemas o quienes lo resuelvan por él.

De esta sensación de inferioridad, de la que ellos tienen noción, sacan un estímulo, una fuerza que los impulsa a fijarse un fin, una meta, como dice Adler, en la que fundan su tranquilidad futura. Para ello el niño emprenderá el camino que conceptúe más conveniente, que es generalmente el que más facilidades le brinde. El camino y la meta deben ser tomados muy en cuenta para los fines educativos, para modificarlos o alentarlos a continuar en ellos.

Además de la influencia del medio ambiente, al cual nos referimos en otra oportunidad, tanto el fin, como el camino elegido para lograrlo, están en íntima relación con la capacidad del niño; de donde podemos deducir que cualquier anomalía, impedimento o inferioridad orgánica, sea intestinal, estomacal, de los miembros, de la piel, etc., y dejarán sentir su influencia sobre aquellos (fin y medios para realizarlos), pudiendo exagerar la sensación de inferioridad, o guiarlo, en cambio, a buscar no solamente condiciones de tranquilidad y equivalencia (compensación), sino un afán de sobrecompensación, y aun de dominio, sobre todo la que le rodea. Circunstancias ambas también de especial interés en las posibilidades educativas del niño. Son niños de difícil educación.

Es lógico que toda criatura tenga tendencias a considerarse débil y pequeño, sin suficiencia, inferior a los adultos. De ahí que no sea prudente exigirles más de lo que lógicamente pueden dar, lo contrario es demostrarles su incapacidad. Lo mismo sucede cuando no se les toma en serio o se hace burlas de sus inocentadas e ingenuidades: el niño se cree juguete de los demás, vive con el temor constante de que se rían de él. Asimismo es perjudicial demostrarles que su presencia o vecindad puede ser fastidiosa. No se le deben juzgar los actos, en cambio se le debe orientar educándolo y brindándole las mejores condiciones para que compense su sensación de inferioridad.

He dicho que el niño saca, de la noción que tiene de su insuficiencia, fuerzas para fijarse un fin en todos sus actos, siguiendo el camino que le faciliten los que lo educan: el fin tiende siempre a compensar su inferioridad. Una educación errónea puede deformar el objetivo o hacer que las trayectorias elegidas sean equivocadas. El sentido educativo podrá formar, en este caso, dos categorías de niños: la de los mimados y la de los despreciados, como preferimos llamarlos en lugar de odiados como los denomina Adler que, junto con los débiles orgánicos, ya sean congénitos, es decir, que han nacido con alteraciones, o bien, adquiridos, es decir contraídas a raíz de un accidente, mala lactancia, o enfermedades agudas o crónicas, resolverán mal los problemas de la vida, pues no han compensado con suficiencia y justeza su sensación de inferioridad. Los primeros serán egoístas, subordinarán todo a sus caprichos y deseos, esperarán que todo gire alrededor de su personalidad, para ello se valdrán de cualquier medio; serán adultos que se creerán ejes del mundo, nunca se adaptarán al medio en que viven, esperarán siempre que el medio se adapte a ellos. Los despreciados por sus padres (indiferentes) serán retraídos, desconfiados, vivirán temiendo el fracaso, se sentirán perseguidos. Tendrán siempre noción de la inferioridad que nunca han compensado. Ambos forman la falange de futuros neuróticos y extraviados.

La educación encaminará la tendencia a anular la sensación de inferioridad, de inseguridad e insuficiencia que se refleja en todas las manifestaciones de la vida, tratando de atraer sobre sí la atención de los demás, nombrándose siempre en primer término; es un esfuerzo de reacción que realiza el alma para sobreponerse a esta molesta sensación, tratando de suprimirla y de realizar el objetivo fijado; el niño hace esfuerzos por caminar, por hablar ... Dicho esfuerzo está íntimamente vinculado al sentimiento de comunidad. A tal punto está ligado a él, que para juzgar a un niño debemos hacer siempre una comparación de su sentimiento de comunidad con su afán de compensación, es decir que, conocido el fin de un acto infantil y el camino que ha seguido para realizarlo, sólo podremos juzgarlo si conocemos su comportamiento y sentimiento hacia los demás.

Ahora bien, el fin perseguido se convierte siempre en la lente con que el niño observa la vida; a través de él aprecia las sensaciones, forma sus percepciones y hace sus representaciones; por lo tanto irá formando su personalidad anímica a través de su objetivo o meta. Aclararé esto con un ejemplo, bien sencillo por cierto: un niño manifiesta con llanto su deseo de comer; el llanto es el medio que utiliza para lograr su alimento, que es el objeto o fin; la madre está en ese momento ocupada, no puede atenderlo. El niño persiste en su fin: el comer; la madre se irrita, lo grita, lo amenaza para que se calle y recién entonces le da su mamadera. El niño ha fijado en su alma todas esas percepciones y en su subconciente unirá a su sensación de apetito la reacción de la madre; en adelante podrá cohibirse, o insistir en el llanto, que sabe hace reaccionar a la madre, u optar por caminos distintos para saciar su apetito, y aquellos pueden ser equivocados.

Para educar al niño en esa evolución es menester también saber cómo comprende él esa inferioridad o, en otras palabras, tener presente lo que el niño siente, pues mientras unos pueden equivocarse, otros aprecian bien o mejor cuál es su situación.

Si esta sensación es muy pronunciada es posible que se exagere el afán de compensación; el temor de no bastarse a sí mismo lo llevará quizá demasiado lejos, pudiendo adquirir un grado de sobrecompensación morboso; estos sujetos aparentan ser normales en los más distintos aspectos de la vida, hasta que se presenta la ocasión de manifestar en sus empresas, aventuras, etc., el desarrollo abultado de su afán de dominio. Existe también una sobrecompensación útil a la humanidad, es la de las personas que a un grado de intensa inferioridad oponen el poder de sus fuerzas superiores, logrando no solamente la compensación normal, sino que la sobrepasan para llegar a destacarse en aquello que constituía su inferioridad. Citaré como ejemplo el caso de Demóstenes que con autoeducación, no sólo logró dominar su tartamudez, sino que se destacó como gran orador; el de muchos débiles físicos que en su afán de dominar su insuficiencia llegaron a ser grandes atletas; el caso de muchos miopes que se destacan como grandes estudiosos, etc.

Tenemos, pues, –dice Adler–, tres posibilidades de resolver la sensación de inferioridad: la compensación, la sobrecompensación y el fracaso. Estos últimos son los que engrosarán las filas de los incomprendidos u

 

“Si un hombre es desgraciado lo es por culpa suya, pues Dios hizo a todos los hombres para ser felices”.

Epicteto

 

“El juego está indisolublemente unido al desenvolvimiento

del alma del niño”.

Adler