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Por qué el nervioso no se adapta al ambiente

Mariano J. Barilari

 

Varios son los factores que acondicionan la inadaptabilidad del nervioso. Hemos visto ya que el ambiente, los que lo rodean, no lo comprenden. El nervioso lo siente todo hostil, desconocido, por lo menos, ajeno a su temperamento y se aísla. El ambiente, si bien no debe adaptarse al nervioso, debe comprenderlo, para atraerlo, para llevarlo por la senda que él, con el concepto equivocado que tiene de la vida, nunca tomaría por sus propios medios. El ambiente y el nervioso se comportan en esta relación discorde como dos polos de un mismo signo, se rechazan. La familia y amigos, deben pues, cambiar transitoriamente su signo para atraerlo.

De la incomprensión actual, forzosamente surge un retraimiento perjudicial, pues resta a la sociedad normal un elemento, posiblemente útil, que se convierte, en cambio, en constante carga para ella y en centro de cristalización de neurosis familiares. No debemos abandonarlos. El nervioso, el “incomprendido”, no es culpable de su situación; es un inadaptado que encontrará en la comprensión el auxiliar más poderoso que le permitirá agregarse al coro humano sin desentonar. Comprender no quiere decir aceptar incondicionalmente su línea de conducta, ni las cosas que sugiere, que lo hacen sentirse eje del mundo; sino entender que él, en su situación, no puede pensar, ni obrar de otra manera y que, posiblemente, nosotros, en la misma situación, pensaríamos y procederíamos del mismo modo. Es decir, debemos comprender no solamente los actos y pensamientos, sino las circunstancias en que se han realizado, para poder así orientarlo y reeducarlo.

El “yo traidor” de estos enfermos, ha acumulado en su archivo una serie de experiencias efectuadas sobre la base de una cerebración errónea; lógicamente las consecuencias, fruto de esas experiencias, tienen que ser diferentes a las producidas en quienes razonan normalmente. Todos sabemos que ante un mismo hecho, cada uno hace su propia experiencia.

Pasando al terreno somático prestaremos hoy alguna atención a la constitución glandular. El ser humano es una máquina admirable, de complicado mecanismo, formada por una serie de sistemas, aparentemente autónomos, que funciona gracias a la correlación que existe entre todos los engranajes. La mente y el cuerpo forman un complejo único, en el que nada está desvinculado. Son parte de ese conjunto las glándulas de secreción interna, llamadas así porque vierten su producto directamente en el torrente circulatorio; son verdaderos agentes de contralor que rigen en forma bien establecida las más diversas funciones, entre ellas el desarrollo del organismo (glándulas morfopsicógenas). Si comparamos el conjunto orgánico y psíquico a una ciudad con sus edificios, calles, habitantes e instituciones, e imaginamos que las glándulas de secreción interna son las oficinas de Correos, repartidas en los distintos puntos de la ciudad, podremos representarnos de una manera práctica, el papel que desempeñan y cuál es su modo de funcionar. El correo sirve para comunicarnos, para hacer llegar a un punto más o menos distante, el objeto de nuestro interés. Las glándulas de secreción interna imparten y reciben órdenes por intermedio de los mensajeros, que son las hormonas, nombre éste con que se designan las secreciones de las glándulas; los mensajeros, es decir, las hormonas, toman por calles que son las arterias, para llegar a distintos edificios y comunicarlos entre sí. El sistema nervioso es el telégrafo que establece la armonía de las funciones.

Teniendo una idea clara del funcionamiento de las glándulas de secreción interna, fácil será comprender que el organismo responde con caracteres propios a los distintos grados de funcionamiento, sea éste exagerado, pobre o nulo, y así como la extirpación de una pequeñísima glándula produce en el individuo alteraciones y deformaciones de sus rasgos, sus miembros, etc., el equilibrio de todas mantiene la armonía de las formas, de las funciones orgánicas y mentales. Si pudiéramos obtener una fotografía de la mente, comprobaríamos que a cada una de ellas correspondería un tipo físico mental más o menos fijo.

Un individuo delgado, de rasgos finos, es por lo general de un gran dinamismo, sumamente sensible, de reacciones rápidas y a veces desmedidas al estímulo, se sobresalta por causas fútiles; es muy emotivo, la risa y el llanto son fáciles, cualquier excitación las provoca; los motivos más baladíes y a veces insospechados, son pretextos para no poder dormir; los menores esfuerzos suelen producir ahogos y palpitaciones. Mentalmente es muy imaginativo, romántico, de fantasía exagerada. Este individuo tiene, por lo general, un aumento de la función de la glándula tiroides, es el tipo del predispuesto al nerviosismo. En oposición, un sujeto adinámico, con tendencia a la gordura, de facciones toscas; muy dormilón, dormiría día y noche; es mentalmente de reacción lenta, poco o nada emotivo, frío, indiferente, tranquilo por excelencia, nada lírico y muy práctico, suele tener una disminución de la función tiroidea, su mentalidad bradipsíquica responde a su tipo. Esto es en las alteraciones discretas o medianas de la función; en sus grados extremos producen enfermedades cuya consideración escapa al objeto de este comentario.

Si bien estas constituciones glandulares son congénitas, o, en otras palabras, acompañan al individuo desde el nacimiento, pueden presentarse sin causa aparente en distintas épocas de la vida, explicándose así cómo una persona hasta ayer bien adaptada, comienza, sin que nada lo hiciera sospechar, a sentirse extraña en el ambiente, inestable, pesimista, etc. La pubertad, el embarazo y la edad crítica, son las épocas más propicias al cambio de temperamento, debido a la conmoción glandular que caracteriza esas etapas.

Las emociones, sea cualquiera su origen, pueden también romper el equilibrio neuro-glandular, produciendo modificaciones fundamentales en el carácter de las personas. Conozco entre muchos, el caso de una señorita que fue protagonista accidental de un incendio que adquirió proyecciones catastróficas; a partir de ese momento su temperamento se transformó por completo. Sometida a examen médico, se llegó al diagnóstico de enfermedad de Basedow, caracterizada por: taquicardia (pulso de frecuencia elevada), temblor, exoftalmia (ojos saltones) y bocio, entre los signos principales; además es frecuente encontrar adelgazamiento que traduce la elevación del metabolismo basal e hiperactividad, ansiedad, irascibilidad, taquipsiquismo (psiquismo inquieto), aguda sensibilidad al dolor y variabilidad del humor que traducen los síntomas esenciales del eretismo mental. Es interesante hacer notar que esta enferma, antes del accidente relatado, nunca presentó el menor signo que hiciera posible una sospecha de alteración tiroidea.

Ya nadie pone en duda el papel de las emociones sobre las funciones glandulares, que es bien evidente. Recordemos el caso de aquel alpinista que en ocasión de escalar una montaña sufre un accidente, precipitándose al vacío, siendo salvado providencialmente por un árbol, en el que quedó enganchado; horas después, cuando lo sacaron de tan difícil posición, notaron con sorpresa que la piel había tomado el color que caracteriza a los individuos afectos de hiposurrenalismo o sindrome de Adison, insuficiencia de las glándulas suprarrenales, caracterizada por: gran adinamia muscular progresiva, depresión psíquica, inercia mental, tristeza invencible que acompaña a la hiperestesia psíquica e hiperemotividad, melanodermia, nombre con que se designa el color bronceado anormal que adquiere la piel de estos enfermos, sobre todo en las partes expuestas a irritaciones e hipotensión arterial grave. Tampoco este enfermo había presentado antes del accidente ningún síntoma que hiciera sospechar la enfermedad. Como estos casos, perfectamente bien documentados, se cuentan miles.

Todo nervioso debe ser sometido, pues, a un examen clínico y neurológico minucioso, para establecer perfectamente bien cuál es su situación orgánica y principalmente glandular. La modificación de terreno actúa en forma franca sobre el estado mental.

El factor glandular así contemplado en los nerviosos, puede ser ventajosamente modificado. Un tratamiento glandular, oportunamente indicado, significa en muchos casos un éxito. La psicoterapia, el estudio del “yo traidor” y la reeducación completarán la obra u

 

 

 

Ah, desgraciado si el dolor te abate

si el cansancio tus miembros entumece,

haz como el árbol seco: reverdece;

y como el germen enterrado: late.

Juan De Diego

 

“Todo hombre tiene dos educaciones: una la que recibe de los demás y otra, más importante, que se da a sí mismo”.

Democrito