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Los incomprendidos

Mariano J. Barilari

 

Es materialmente imposible hacer psicoterapia en forma colectiva, es decir, querer tratar, en forma general, los trastornos funcionales del sistema nervioso por medios psíquicos, los que deben amoldarse a las personas, según la idiosincrasia de cada una, al medio, la educación, etc. Resulta, pues, un absurdo pretender fijar normas de carácter general, de ahí que nuestra finalidad se reduzca a divulgar temas de higiene mental, tratando de excitar la reflexión de estos problemas, por desgracia muy olvidados.

Se resta atención a cosas que gravitan en forma tan decisiva en el bienestar general y sorprende la inclinación que existe para lo fútil, sin otro fin que el de matar el tiempo en forma más o menos amena. En todas las manifestaciones sociales, aun las más íntimas, hay una marcada tendencia a lo frívolo, a lo superfluo; es más fácil quizá, pero menos útil y hasta algo perjudicial. Por las pequeñas tertulias familiares desfilan todos los temas, aun los que no se entienden; no es raro oír hablar en ellas de medicina, por ejemplo, deformando conceptos, según la fantasía de cada uno e intoxicando el espíritu, según el grado de susceptibilidad del que escucha o habla; en cambio, poco o nada interesan las inquietudes de la mente, siempre relegadas.

Es común dedicar los ratos perdidos a la lectura de todas clases de obras, buenas o malas, pero ni por descuido se encuentra tiempo para deleitar el espíritu en las páginas de Descartes, o en las magníficas obras del Padre Balmes, “El Criterio” entre ellas, o “En el camino de la dicha”, o “Sed optimistas” de Pauchet, o en las no menos brillantes de Marden y Adler, que contribuirán a aplacar las inquietudes y a desarrollar la comprensión propia y mutua, que es donde reside en realidad la verdadera felicidad. Meditar sobre estos problemas es llevar salud al espíritu, suavizar las asperezas de la vida, contribuyendo cada uno con el aporte de su propia compresión.

Entre los males que hacen la vida penosa a muchos seres humanos, existen algunos a los cuales no se les asigna la importancia que merecen.

Como huyendo de su propia sombra, peregrinan por las calles, haciendo de cuando en cuando alto en algún consultorio particular, o en alguna sala de hospital, o tratando de encontrar en la adivinación de algún curandero, el consuelo a tanta pena incomprendida. Estos seres no tienen un sufrimiento orgánico; nadie los comprende, ni les da importancia, porque el sufrimiento no pertenece al cuerpo, no es cáncer, ni una tuberculosis; tampoco la familia lo comprende, porque para comprenderlos es necesario estudiarse mutuamente, con cariño o tener conocimientos de psicología. La vida no los comprende a ellos, porque no puede detenerse a escucharlos y porque ellos tampoco comprenden la vida. Llevan en las profundidades del alma, en aquella oscura y misteriosa cámara que hemos denominado “yo traidor”, una infinidad de conflictos anímicos no resueltos o mal resueltos, que actúan como grillos de la personalidad, no permitiéndoles salir de la penumbra y asomar su mente a la luz de la vida.

Oportunamente nos hemos referido a la necesidad de conocerse a sí mismo y de llegar a conocer el “yo traidor”, que constituye el eje de la personalidad. Veremos ahora que esa necesidad adquiere mayor valor aún en las personas de nerviosidad y emotividad exageradas, que con frecuencia transforman a quienes los rodean en cómplices involuntarios cuando no en víctimas de sus sufrimientos.

Los problemas de la vida peor atendidos son los que escapan a las clasificaciones inventadas por el hombre, que coloca las manifestaciones de la inteligencia, con su correspondiente rótulo, en determinados casilleros, con el afán de intensificar su estudio y de realizar la división del trabajo, que es, en realidad, lo que mayor impulso ha dado a la ciencia. Sin embargo, el exceso de análisis limita el vuelo de la mente humana, impidiéndole ascender a las regiones superiores, desde donde puede tomarse la impresión de conjunto (síntesis de la vida).

Son muchas las personas que viven angustiadas, desesperadas, solicitando un consejo que les ayude a modificar su desorientación y aun a veces descubrirlas. “Los incomprendidos” sufren, no encuentran quienes los interprete, porque han sido olvidados en el casillero aun mal rotulado. Han venido al mundo con un sistema nervioso hipersensible y son presa fácil para ser arrastrados por la ola de nerviosismo que inunda la época que vivimos. Nerviosismo que da la impresión de ser una enfermedad infecto contagiosa, de la que nadie puede escapar. De éstas nos ocupamos con toda energía y disciplina; tienen su casillero a la vista, al que recurrimos impulsados por el temor al contagio, que es el fuelle de la profilaxis de estas enfermedades. El nerviosismo, en cambio, no nos preocupa mayormente; todavía no hemos valorado o no queremos convencernos de su contagio; como médicos, parece no interesarnos; el nervioso no es un enfermo orgánico, no interesa al clínico; tampoco es un loco, el psiquiatra no lo toma en cuenta; su casillero no está aún ordenado. El tratamiento de la mente es labor complicada y difícil; requiere mucho tiempo; además la higiene mental no es asunto exclusivamente médico, lo es también educacional.

El médico actúa por lo general, sobre la psiquis en casos determinados, debiendo apoyarse siempre en sólidos conocimientos clínicos, para no cometer el grave error de atribuir a la mente lo que corresponde a los órganos y viceversa.

Conozco personas portadoras de un dolor, atribuido equivocadamente a un origen puramente psíquico, que, una vez calmados, se entregaron –como es fácil suponer- a una vida al error, y muchas otras, además, que viven angustiadas por una enfermedad imaginaria. Se trata de un campo admirablemente explorado por los psicólogos modernos que han contribuido a aclarar muchos puntos hasta ayer ignorados, fijando normas de vida y curando muchos trastornos del alma, que en otra época eran considerados como caprichos, cometiéndose así la mayor injusticia con esos pobres normal, que han pagado con exceso el tributo desdichados a quienes llamamos “los incomprendidos”: renuncien a las lamentaciones y reproches, y busquen en las páginas de alguna de las obras que he citado, una orientación para encauzar la mente. Y ahora, afirmemos con toda convicción, que son muy raros los problemas del alma que carecen de solución: todos requieren del médico, del educacionista y de la familia –eje de la sociedad– una colaboración intensa para oponerse a este desborde que amenaza alterar el ritmo suave y alegre que lleva en sí la vida. No busquemos las soluciones lejos de la vida misma, del espíritu, que en ella encontraremos todos los recursos necesarios para rehacer el camino hasta ayer equivocado. Ya Marco Aurelio nos decía: “No es fácil que un hombre sea desdichado por no haber prestado atención a lo que sucedía en el alma de otro; y en cuanto a los que no han estudiado nunca los movimientos de su propia alma, éstos tienen que ser desgraciados forzosamente” u

 

 

“Mientras que los impulsivos y entusiastas se dejan arrebatar por los impulsos de su ardor y desprecian ocultar sus planes al adversario o a los competidores, el flemático reflexiona”.

J. Storon

 

No perdamos el tiempo con los mentecatos y los pícaros, en juzgar a los demás, sino aprovechémosle en mejorarnos

a nosotros mismos”.

Trine