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Punta de rieles

 

Mariano J. Barilari

 

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comprender lo que en lenguaje psicológico se entiende por conciencia y subconciencia, es conveniente, dada la aridez del tema, abandonar todas las definiciones, para entrar en el campo más propicio de las comparaciones. No llame pues la atención que abunde en ejemplos.

Todos sabemos que el espectro solar consta de una parte visible, que se extiende desde el rojo al violeta y, que más allá del rojo y del violeta, existen unos rayos luminosos que nuestros ojos no llegan a percibir, pero fácil de comprobar por sus acciones físico-químicas, en parte bien determinadas; conocemos así los rayos infrarrojos y ultravioletas, de tantas aplicaciones útiles en medicina moderna. Pues bien, la parte visible del espectro representaría, en nuestra mente, la conciencia y la parte invisible la subconciencia, que se extiende infinitamente a cada lado del espectro y que sólo conocemos por sus acciones y reacciones.

Alguien, muy ingeniosamente también, dijo que si en una noche oscura nos acercamos a un río torrentoso y proyectamos un haz de luz sobre la superficie de sus aguas, obtendremos una zona iluminada de forma cilíndrica, mientras el resto del río queda a oscuras. La parte iluminada representaría la conciencia, el resto, la oscuridad, la subconciencia. Si imaginamos ahora que todo el río es el amplio caudal de nuestra mente y que cada gota de agua es un elemento de ella, es una idea, fácil será suponer que mientras algunas ideas, siguiendo el curso de las aguas, pasan por la parte iluminada (conciencia) muchas permanecen en la oscuridad (subconciencia). Todas las gotas que no están en la luz, están en la oscuridad; todas las ideas que no están en la conciencia, están en la subconciencia. ¡Cuántas veces hemos olvidado un nombre que sólo después de un rato, cuando pensábamos en otra cosa, lo hemos recordado! Fue una gota de agua que pasó de la oscuridad a la luz.

Otra sabia comparación, debida esta al distinguido Profesor brasileño, Dr. Austregesilo, es aquella que representa al espíritu como un palomar formado de dos pisos principales, habitados por unas palomas que serían las ideas. En el piso superior están: la voluntad, el raciocinio, la lógica y todos los demás atributos que definen al “ya superior” o conciente; en el piso inferior radica el inconciente, al que, por oposición al “yo superior”, los psicólogos denominan “yo inferior”, término algo despectivo en su esencia, para calificar el imperio de la imaginación, que si bien es cierto, en él se desarrollan los síntomas nerviosos que caracterizan las neurosis, histeria, neurastenia, etc., no lo es menos que éste puede constituir también un posible origen de grandes producciones.

Los que han navegado por mares polares, habrán tenido la oportunidad de extasiarse en la contemplación de un “iceberg”, esa masa de hielo flotante que alcanza a veces considerable altura sobre la superficie del mar. ¡Nadie soñaría al verlos, que bajo esa majestuosa y serena elevación se esconde, sumergido en el verde marino, un volumen nueve veces mayor! La parte visible del “iceberg” representa al “conciente”; la parte sumergida, oculta, que sólo se nos revela en su inmensa magnitud, cuando tenemos la desgracia de chocarlo con nuestra embarcación, representa el inconciente, del que no tenemos idea de su existencia y magnitud, hasta que un acontecimiento cualquiera lo pone en evidencia.

No es exagerado decir que el noventa por ciento de los actos de la vida son inconcientes. Si analizamos nuestros procesos mentales, podemos comprobar que los pensamientos concientes están interrumpidos con harta frecuencia, por grandes intervalos en los que sólo actúa la subconciencia, siendo quizás el más largo de todos el sueño. Veamos por ejemplo: Intentamos repetidas veces resolver un problema sin éxito alguno; insistimos al rato creyendo estar en la solución, nuevamente nos equivocamos; después de un rato, estando dedicados a otra cosa, repentinamente nos ilumina una idea y lo resolvemos. La subconciencia se ha encargado de realizar el trabajo; nuestra voluntad, nuestro conciente, intervino únicamente como un receptor más o menos pasivo, pues cada vez que lo habíamos utilizado activamente, nos equivocábamos. El subconciente no podrá cambiar la naturaleza de un pensamiento, pero en cambio podrá encauzarlo. Es un labrador infatigable y misterioso.

El conductor de un automóvil, conversa, fuma y hasta sigue con la vista, si la oportunidad se presenta, alguna silueta que le ha impresionado bien, mientras tanto, con seguridad absoluta, sortea los obstáculos del tráfico y hasta atiende una indicación que le han hecho para que se detenga.

Más elocuente aún es el caso de aquel empleado de una compañía telegráfica, establecida en una ciudad de los Estados Unidos, que recibe un despacho con la noticia del asesinato del presiente Lincoln, lo transcribe y lo pasa a la oficina de publicidad. Horas más tarde, después de haber recibido varios despachos confirmando la noticia y dando detalles del suceso, se mostró asombrado cuando un compañero le requirió algunos datos sobre el acontecimientos, debiendo recurrir a las matrices de los telegramas, para cerciorarse de la veracidad de la noticia.

Y ahora un caso más risueño: Quiso un señor jugarle una broma a un amigo que usaba una barba larga. ¿Cuando te acuestas a dormir –le preguntó– dónde pones la barba, sobre la sábana o debajo de ella?

El amigo, después de reflexionar un instante, le contestó: –No sé, no me he fijado. Pues bien, este señor no tardó mucho tiempo en cortarse la barba, pues preocupado en colocarla debajo de la sábana o sobre ella, no podía conciliar el sueño. Lo que realizaba antes inconcientemente, se transformó en una preocupación conciente.

Otro ejemplo: Todos nos hemos deleitado al escuchar el concierto de un virtuoso del piano o del violín y ha llamado nuestra atención, por ejemplo, la velocidad de la ejecución; o quizás, allá, en nuestra romántica pampa, o en algún valle perdido entre las sierras, hemos oído a algún gaucho arrancar a su guitarra las notas quejumbrosas de su triste sentir; el aprendizaje necesario para llegar a cautivarnos se hizo concientemente, con ayuda del raciocinio, pero en el instante de la interpretación, sólo la subconciencia actúa permitiendo la velocidad de la ejecución. Si en el instante del concierto el artista quisiera fiscalizar con la conciencia lo que toca, seguramente se equivocaría.

¿Cuando aprendemos a andar en bicicleta, no ponemos toda la atención para mantener el equilibrio, y no tropezar con nada? Sin embargo, cuando ya sabemos usarla, mantenemos el equilibrio sin necesidad de esfuerzo pensante o conciente; liberados de la conciencia no arrollamos nada a nuestro paso; nos dejamos guiar por la conciencia profunda o subconciencia.

Otro caso muy común: Absorbidos en nuestras ideas o preocupaciones al salir del trabajo para dirigirnos al hogar, nos olvidamos que hemos cambiado de domicilio, sorprendiéndonos al llegar a los umbrales de nuestra antigua casa. La subconciencia nos ha dirigido por el camino habitual.

¿Por qué se le llama inconciente, conciencia profunda, subconciente? ¿No es acaso parte de la mente humana? Simplemente porque todo lo que no está en la conciencia debe estar en alguna otra parte de la mente, a la que los autores denominan con ese nombre, aunque ninguno satisface íntegramente; la denominación ideal sería aquella que no prejuzgara sobre su valor, ubicación y mucho menos aún sobre su significación, debiendo sostener desde ya, en forma categórica, que la subconciencia no está subordinada a la conciencia, como lo haría suponer algunas denominaciones; se trata de una región mucho más amplia donde queda aún mucho que explorar.

El acto de vestirse, de patinar y muchos otros que no menciono, han escapado del terreno conciente, al que pertenecían, para radicarse en el subconciente. Son niños que han adquirido la mayoría de edad.

Así como estos actos, también, a fuerza de repetirse, pasan a la subconciencia las más variadas sensaciones, percepciones, gustos, alegrías y todos los estados del espíritu, buenos y malos; de ahí que el conocimiento del subconciente tenga valor real, pues cultivándolo y aún educándolo, conseguiremos modificar el fondo espiritual que da carácter a nuestra personalidad. ¡Seleccionemos el alimento, que necesita el espíritu. Acostumbrémonos a ver y apreciar las cosas agradables que tiene la vida!

Recuerdo una tarde, a la hora del crepúsculo, paseaba con dos amigos por un camino perdido entre las sierras. Eran dos hombres jóvenes, hijos del mismo ambiente, dotados moral y físicamente, en forma muy semejante. Las fatigas acumuladas en un año de ruda tarea, nos había reunido en aquel pequeño rincón del mundo, en busca de amable solaz. Esa tarde habíamos iniciado la marcha abstraídos en nuestros propios pensamientos y con el espíritu predispuesto a dejarse influir por la belleza del magnífico escenario que se tendía ante nuestros ojos absortos.

De pronto uno de ellos rompe el silencio y tendiendo un dedo en actitud de señalar, nos dijo: Miren qué animal más asqueroso! Era un enorme sapo que cruzaba el camino con marcada pereza. –Sin embargo, fijate qué hermosos grises refleja –replicó el otro–. Pasos más adelante, nos hizo notar en un remanso del arroyo que bordeaba el camino, algunas ramas y hojas secas que flotaban sobre las aguas, diciendo: ¡Qué agua más sucia! Así, a cada instante, en cada accidente del camino, sacudía nuestro recogimiento, con una exclamación de menosprecio al detalle siempre bochornoso para él, que rompía la serena belleza del panorama. El otro, en cambio, no tenía palabras para expresar su éxtasis ante la grandiosa puesta de sol que nos regalaba la naturaleza, ante la policromía de la vegetación que salpicaba, aquí y allá, la monotonía serrana, ante la visión del hilo de plata que caía de la vertiente, serpenteando una cuesta. Uno, el primero, miraba el suelo, el otro, su vista en alto, ansioso de abarcar aquel espectáculo. Aquel era pesimista, éste optimista. Volaron los días... Nuestros paseos, con matices nuevos cada vez, dejaron un sedimento en el alma del pesimista, que no veía, al terminar las vacaciones, lo sapos ni las víboras... Había cambiado el alimento de su espíritu. A su alma sólo llegaban las cosas bellas...

Como éste, debería ser el paseo que todos hacemos en la vida u

 

 

“Enseñar, no es mostrar, es inducir a ver; no es revelar, es sugerir; no es educar, es orientar; es más que instruir, es hacer al discípulo apto para observar, para pensar, para determinar

a obrar por sí mismo”.

Gustave Le Bon