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Primera parte

 

Mariano J. Barilari

 Medicina psicosomática y educación para la salud

 en la Argentina de los años ’30

Patricia Weissmann*

 

 

Mariano J. Barilari y las ideas de su época

     

 

Mariano J. Barilari nació en Buenos Aires el 15 de marzo de 1892. Cursó los estudios secundarios en el Colegio Nacional Norte, de la capital, obteniendo su título de bachiller en 1907. En 1908 ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, donde realizó los dos primeros años de la carrera. A partir de 1910 continuó sus estudios en Heidelberg, recibiendo el diploma de doctor en Medicina con la nota Magna cum laude superato en marzo de 1915. Fue practicante mayor de la clínica de Ludolf Von Krehl, donde también prestó servicios el primer año de la guerra. Krehl orientó su instrucción médica durante toda su estancia en Heidelberg. A fines de 1915 regresó a la Argentina, donde luego de revalidar su título fue nombrado Jefe de Servicio de Clínica Médica del Hospital Rawson y entró como Docente Libre a la Cátedra de Patología Médica.

Barilari se consideraba a sí mismo ecléctico y estaba dispuesto a apreciar toda doctrina que demostrara ser útil a su práctica. Las referencias a especialistas de los distintos campos de la medicina y la psicología abundan en sus escritos y se van renovando a lo largo de los años. Sin embargo, desde sus trabajos iniciales como estudiante hasta las últimas reflexiones de toda una vida dedicada al estudio de la salud y la enfermedad, nunca dejó de mencionar a su “inolvidable maestro”, como solía llamar a Krehl. Digno representante de una tradición humanista cuyos orígenes míticos se remontan a Hipócrates, o aún a Asclepio, Krehl postuló la unidad psicofísica del organismo, la idea de la enfermedad como desequilibrio o desarmonía funcional, la teoría de las constituciones (derivada de la antigua doctrina de los humores), la necesidad de contar con la colaboración del paciente para la cura y la importancia de la observación de todos los aspectos de la vida –particular, única– de cada enfermo en la elaboración del diagnóstico (Ver figuras 1 y 2 de la Segunda Parte, pág 44).

En base a estas ideas, que sostuvo a lo largo de su práctica clínica, Barilari desarrolló un “cuadro de antecedentes” del paciente que incluía la indagación del “soma” (procesos orgánicos), la “columna de vida” (constitución, temperamento, edad de ocurrencia de distintos hechos vitales), la “psiquis” (esfera intelectual y afectiva), los síntomas funcionales, los antecedentes hereditarios, el ambiente y las actividades. Ayudado por este cuadro establecía luego el “esquema clínico interpretativo” en el que señalaba las relaciones entre los diferentes factores. “Toda terapéutica que no tome en cuenta la interpretación global del paciente”, afirmaba, “termina produciendo perjuicios y no beneficios” (Barilari 1937a). El esquema ayudaba a poner de relieve la relación de las distintas enfermedades entre sí y de los síntomas con las enfermedades y con las características del individuo, brindando una “impresión de conjunto” que resultaba útil para establecer no sólo el diagnóstico sino también el camino terapéutico a seguir. Este se indicaba por medio de números en orden de importancia, pudiendo trabajarse varios factores en forma simultánea. El seguimiento de la evolución se hacía mediante el establecimiento de esquemas seriados en forma periódica. Al igual que el cuadro de antecedentes, cumplía además una función didáctica, educando al joven médico en una modalidad terapéutica que contemplaba los aspectos psíquicos tanto como los orgánicos.

Entre los aportes que Barilari tomó de Krehl, y éste a su vez de la filosofía existencial –especialmente de Heidegger– merece destacarse la idea de que lo que ocurre a un individuo depende de su posición ante la vida, de su particular modo de ser-en-el-mundo. Para poder comprender lo que le sucede al paciente el médico debe ver la enfermedad “desde dentro” mediante el empleo de la “sintonopsiquia”, que consistía en “vibraciones que unen alma con alma, llevando en cada onda una partícula de simpatía” (Barilari 1834). En opinión de Barilari, este método se encontraba en la base de toda terapia efectiva. El modo de acercamiento debía adecuarse en cada caso al tipo constitucional del paciente y del médico.

Otra influencia de gran peso en las conceptualizaciones de nuestro autor fue la de Alfred Adler, de quien era ferviente admirador y cuyas ideas desarrolló en numerosos escritos. El problema de la inferioridad de los órganos y la necesidad de compensar dicho defecto permitía comprender, a su juicio, muchas particularidades de la personalidad humana que iban más allá de las fronteras de la medicina y poseían una utilidad práctica y social. Como Adler, Barilari creía que el sentimiento de inferioridad era “la fuerza impulsora” de la que partían todos los afanes y todos los proyectos, o sea, en el fondo, el proceso mismo de la vida psíquica. A su entender, el niño se veía lanzado desde su hogar por esa especie de catapulta llamada sentimiento de inferioridad, siguiendo la trayectoria de su “línea anímica o línea de orientación”, que lo llevaba a enfrentarse con sus semejantes y con la sociedad en su conjunto. Para convertirse en un hombre normal y feliz debía desarrollar lo que Adler denominaba “sentimiento de comunidad” (Ver figuras de la Segunda Parte, págs. 45 a 47), fuerza que le permitiría adaptarse a su ambiente social y era la ley fundamental de la existencia: “todo lo que encontramos de valor en la vida, todo lo que al venir al mundo hallamos de bueno y de noble, legado por nuestros antecesores, todo aquello que perdura y quedará definitivamente, es un producto del sentimiento de comunidad” (Barilari 1934).

Los debates en torno a la relación psyche/soma se polarizaban en la Argentina de esos años en dos posturas: las que consideraban los trastornos emocionales como efecto de problemas orgánicos, siguiendo a Sergi o Lepine y las que, en la línea de Dubois, entendían que el estado mental prima sobre el orgánico. Estas diferencias teóricas tenían, desde luego, consecuencias clínicas. En tanto los “organicistas” se inclinaban por recomendar el reposo, la sobrealimentación, el aislamiento y la medicación (por ejemplo, la ingestión de grandes dosis de subnitrato de bismuto como cura para la neurastenia), los “psicologistas” preferían la utilización de la psicoterapia. Lo esencial para que este método diera resultados positivos era el convencimiento por parte del médico de sus beneficios, única manera de convencer al enfermo, “por ese contagio inevitable que ejerce la sinceridad” (Méndez 1908).

Entre quienes defendían la influencia de las representaciones mentales sobre el funcionamiento de los órganos, muchos se respaldaban en las experiencias de Pavlov, reiteradamente replicadas en el laboratorio de fisiología de la Universidad de Buenos Aires. Puesto que la secreción de las glándulas del estómago podía ser provocada por el deseo, por la representación mental del alimento, en ausencia del estímulo químico y mecánico que implicaba el contacto del mismo con la mucosa estomacal, afirmaban, era lícito suponer que también los trastornos intestinales podían ser consecuencia del miedo o el insomnio o de alguna preocupación (Agrelo 1908).

En cuanto a la psicoterapia, siguiendo todavía la concepción de Grasset sobre la estructura del psiquismo, se la diferenciaba en “superior” e “inferior”. La primera actuaba sobre el razonamiento y la voluntad del paciente, apelando a la persuasión y la reeducación. La segunda obraba directamente sobre los automatismos a través de la hipnosis o la sugestión. A estos dos tipos de tratamiento Barilari aconsejaba agregar el psicoanálisis, puesto que no podía desconocerse la importancia del factor sexual en la etiología de enfermedades como la hipertensión arterial, la histeria o las fobias. Los viejos métodos hindúes de ventilación pulmonar y relajación neuromuscular, utilizados por médicos alemanes como Schultz y Hirschlaff con la denominación de “entrenamiento autógeno”, también resultaban útiles para la cura de diversas enfermedades en las que se veía alterada “la armonía psicosomática” del ser humano (Barilari 1934).

 

 

El criterio funcional en clínica. La relación psico-somática

 

“El conocimiento de la relación psico-somática”, afirmaba Barilari en una conferencia dictada en el Hospital Rawson en 1934, “ no sólo nos da una base más sólida para la interpretación precisa de los síntomas y elección de tratamientos, sino que irradia luz sobre el obscuro sendero que debe acercarnos al paciente”. La unidad armónica de la vida era función (en el sentido de variable dependiente) de todos los hechos vitales. Por eso no era posible deslindar, ni mucho menos contraponer, lo psíquico y lo orgánico. Lo funcional, desde su punto de vista, comprendía la regulación de todo el organismo “tanto en su faz orgánica como psíquica”. Pero en su práctica clínica había tenido oportunidad de encontrar con mayor frecuencia lesiones orgánicas producidas por el trastorno de una función que a la inversa (Barilari 1937b). Por esta razón es que asignaba un gran valor a la influencia psíquica sobre le evolución del proceso en las enfermedades orgánicas:

“Es sabido que la corriente psíquica actúa sobre los procesos somáticos por intermedio de las alteraciones del equilibrio neurovegetativo producidas en la mente por estados de ánimo, excitaciones, inhibiciones; este sistema a su vez modifica la acción funcional en tejidos u órganos (modificaciones del ritmo circulatorio, espasmos vasculares, alteración de las secreciones, etc.); en igual forma la terapéutica del psiquismo puede alcanzar los trastornos funcionales originados por un proceso orgánico (espasmos musculares en la úlcera gastroduodenal, en las enfermedades de vesícula, etc.), y por su intermedio llegar a una modificación del proceso mismo”. (Barilari 1938)

Barilari publicó numerosos artículos sobre el punto de vista psicosomático en las más prestigiosas revistas y periódicos médicos de la época, como La Semana Médica, Anales de Biopsicología, Eugenesia y Medicina Social, El Día Médico, Revista Argentina de Higiene Mental, Prensa Médica Argentina, Revista Medica Latino Americana y El Hospital Argentino, entre otros. Entre sus libros que tratan esta problemática merecen destacarse Contribución a la Medicina Psíquica, de 1934 y Hechos Clínicos y su Interpretación, de 1937.

 

 

La educación para la salud

 

Al igual que una buena porción de jóvenes profesionales de su generación, Barilari consideraba que la labor del médico no debía limitarse a curar a sus congéneres sino que debía orientarlos hacia una higiene física y mental, base de una vida plena. En el año 1934 fundó junto a dos amigos, Arturo León López (gestor y director del proyecto) y Godfredo Grasso, la revista Viva Cien Años, una publicación “científico-higiénica”, escrita por especialistas (al principio ellos mismos), y dirigida al pueblo. Basada en los principios de la naciente medicina preventiva, su objetivo era la educación para la salud y su meta acceder a un público lo más amplio posible. La moderna ciencia de la eugenesia, estudio de la reproducción racional para el mejoramiento de la raza humana, sería uno de los pilares sobre los que se edificaría. Entre los colaboradores que se sumaron con artículos a lo largo de los años se contaron figuras de la talla de José Belbey, Gregorio Aráoz Alfaro, Carlos de Arenazza, Gonzalo Bosch, Alejandro Cevallos, Luis Estévez Balado, Osvaldo Loudet, Nerio Rojas y, a nivel internacional, Pierre Janet y Alfred Adler.

Al comienzo Viva Cien Años salía mensualmente, pero a partir de octubre de 1937 apareció el primer y tercer miércoles de cada mes. El costo de suscripción se cubría por medio de la abundante y variada publicidad que aparecía en la revista misma, de venta directa en su local de Rivadavia al 3246 y en quioscos. Pero había también un Departamento de Producción, destinado a preparar a quienes quisieran, en su mayoría amas de casa, para “propagar el ideal y la obra de Viva Cien Años conquistando nuevos adeptos”, es decir, como vendedoras de suscripciones. Además de la revista, y ubicada en el mismo local de la calle Rivadavia en el que permanecerían durante una década, el grupo contaba con la “Librería de la Salud”, donde funcionaba la “Sociedad de Orientación y Educación Sanitaria” y la sección editorial, con una colección titulada “Educación del Carácter e Higiene Mental”. El primer libro publicado en esta serie fue “Los Incomprendidos”, de Barilari, una compilación de artículos que habían ido saliendo periódicamente en Viva Cien Años, “quince capítulos de medicina optimista”, como rezaba la publicidad en las páginas de la revista. La editorial publicaba también la Enciclopedia de la Salud, colección encuadernada por tomos de las revistas Viva Cien Años e Hijo Mío.

Desde octubre de 1935 el acceso al público se amplió bajo la forma de audiciones radiofónicas lanzadas al aire a través de distintas emisoras locales. La audición matutina de Pablo Stentor, dedicada a dictar una clase de gimnasia, logró un éxito considerable, aunque no tan resonante como el que alcanzarían a fines de 1939 las audiciones infantiles por Radio Municipal. Se abrió además una “Escuela de Educación Higiénica”, que brindaba cursos y cursillos sobre distintos temas de salud, presenciales y por correspondencia. Este espacio dejó de funcionar en 1939 por problemas económicos. Reabrió sus puertas en 1941 con el nombre de “Escuela de la Salud”. En la misma se dictaban conferencias de entrada libre dos veces por semana.

En abril de 1936 comenzó a editarse Hijo Mío, revista abocada a enseñar a los padres a “formar, criar, educar y guiar al hijo para que éste resulte siempre un paso adelante en el camino de la humanidad” (V.C.A. 1936, 3(1):79). En 1939, lo mismo que sucediera con la Escuela de Educación Higiénica, las dificultades económicas impidieron la continuación de esta iniciativa e Hijo Mío debió fundirse con Viva Cien Años, que desde entonces incluyó en todos los números varios artículos dedicados a la crianza y educación infantil. En 1940 Viva Cien Años organizó la primera exposición en América Latina sobre el fumar y sus efectos en el ser humano, con el auspicio de la Liga contra los peligros del tabaco y el Instituto de Medicina Experimental. En 1942 el Congreso de la Nación le otorgó una subvención y su auspicio oficial. El último número vio la luz en 1949.

 

 

Los años 30

 

Luego del golpe de estado de Uriburu se cerró la inmigración europea, pero se acentuó la migración interna de las zonas rurales a las ciudades, lo que produjo un rápido crecimiento de los sectores más bajos de la población. Por otra parte, el número de mujeres había ido en aumento desde principios de siglo, llegando a equipararse la proporción entre los sexos hacia fines de la década de 1920. Estos hechos contribuyeron al nacimiento de nuevos barrios, que poco a poco fueron reemplazando a los viejos conventillos urbanos. Otro factor que produjo un cambio radical en el modo de vida de los sectores populares fue la reducción de la jornada laboral. Las vacaciones, el tiempo libre, la vida de barrio, la casa propia, fueron algunas de las novedades que se incorporaron, dando lugar al surgimiento de todo un abanico de actividades, conocimientos y valores hasta entonces inéditos y que fue necesario aprender. Surgió así, de estos sectores en crecimiento, ávidos de adquirir “cultura”, una masa importante de lectores potenciales.

Si bien la iniciativa de López de fundar una revista de la salud fue probablemente, como él mismo se enorgullecía de pregonar, la primera en Sudamérica en su género, su forma de trabajar no difería de la de otros emprendimientos de la época. La editorial Claridad, por ejemplo, creada en 1921 por Antonio Zamora, tenía también su Biblioteca Científica, dedicada mayormente a editar libros de educación sexual, desde 1926; los libros, muy baratos, se vendían en quioscos y por su lenguaje sencillo apuntaban a todo público, brindando consejos para una vida matrimonial feliz (Vezzetti 1996).

Las publicaciones de bajo precio, dirigidas al pueblo, circulaban en bibliotecas populares –cada nuevo barrio contaba con una– y con frecuencia eran la reproducción escrita de textos presentados primero como conferencias. Organizadas en colecciones, estas publicaciones conformaban verdaderos “planes de lectura” (Gutiérrez y Romero 1995), y eran impulsadas desde distintas líneas ideológicas: socialismo, progresismo liberalismo, catolicismo. En una población altamente alfabetizada, –el porcentaje de analfabetos mayores de 10 años era del 7% en 1938 – las mujeres y los jóvenes fueron los destinatarios privilegiados de esta gigantesca “empresa cultural” que influyó en los gustos e intereses de los lectores, en sus hábitos alimentarios, de deporte, de ocupación del tiempo libre, en sus modos de entender e interpretar sus propios problemas y los de quienes los rodeaban. En general, no se apuntaba, como fuera el caso de los anarquistas a principios de siglo, a brindar conocimientos para “transformar el mundo”. Por el contrario, el objetivo era la integración social, desde una perspectiva que podría denominarse “humanista”, donde la política y los conflictos de clases aparecían poco marcados (Gutiérrez y Romero 1995).

Entre los temas de los que se ocupó Viva Cien Años en la década del 30 ocupaba el primer lugar todo lo relacionado a la eugenesia. Florencio Escardó, un colaborador habitual de la revista, escribió varios artículos defendiendo “la actitud eugenésica” y proponiendo normas para su puesta en práctica. Al igual que muchos otros médicos, Escardó bogaba por el examen prenupcial obligatorio, como el que existía ya en algunos países. Aconsejaba también el cuidado del niño desde su gestación, por medio de una alimentación adecuada de la madre y controles médicos durante todo el embarazo. Los flagelos más temidos entre aquellos que afectaban a la descendencia eran la tuberculosis y la sífilis y, en segundo lugar, la enfermedad mental, el alcoholismo y las diversas toxicomanías. La mejor protección contra las enfermedades venéreas, se proclamaba, era buscar la satisfacción sexual dentro del matrimonio. Diversos manuales comenzaban a ocuparse del tema en aquel tiempo y Viva Cien Años siempre incluía algún consejo en esta dirección, al estilo de “arreglarse no es pecado sino deber”, o “no levante una barrera entre usted y su marido” (V.C.A. 1939, 8(1):30). Por otra parte, como ya se mencionó, la población femenina había aumentado. Tal vez esta fue una de las razones –otra fue el poder que adquirió la Iglesia católica bajo la dictadura militar de Uriburu– por las que la prostitución, muy difundida en la década del 20, se prohibió.

 

 

El cambio de década

 

Desde el comienzo de los 40 las alusiones a Freud y el psicoanálisis se hicieron cada vez más frecuentes, apareciendo artículos del tenor de “¿Se puede curar la epilepsia por medio del psicoanálisis?”. La Librería de la Salud publicó una Breve Historia del Psicoanálisis, escrita por el psiquiatra peruano Alberto Seguín. En la sección de consultas aparecieron títulos como “Un conflicto espiritual resuelto por el psicoanalista: no quiere ser pesimista” (V.C.A. 1941, 12(1):92). Quienes se autonominaban “psicoanalistas” no siempre eran psiquiatras y a veces ni siquiera eran médicos. A menudo conocían las ideas de Freud a través de las interpretaciones de otros autores. Posiblemente ninguno había sido psicoanalizado (condición necesaria, según Freud, para ejercer el psicoanálisis). Pero Barilari, al menos, conocía al maestro vienés y había tenido ocasión de conversar una tarde con él. Sin embargo, el término “psicoanálisis” era empleado en un sentido laxo, que englobaba los desarrollos de Jung y Adler. Este último, sobre todo, aparecía citado con gran asiduidad.

La generalización de las vacaciones y el aumento del tiempo libre trajeron aparejadas la incorporación de nuevos temas a la revista, como los cuidados necesarios para obtener un buen bronceado sin perjudicar la piel, ejercicios de gimnasia para realizar en la playa y diversas actividades para la ocupación del tiempo libre. Entre los consejos de belleza aparecían recetas para deshacerse del vello corporal, amén de toda clase de dietas para bajar de peso, obsesión generalizada entre las mujeres ya desde aquel tiempo.

El “pueblo” comenzó a concebirse como “capital humano” y “fundamento de la gran nación argentina”, por lo que tener hijos se convirtió en “deber de patriotismo”. Alimentar al pueblo, dentro de este marco, significaba un factor de conveniencia económica, puesto que una buena alimentación era la base de un mayor rendimiento (V.C.A. 1942, 12 (7):470). Se creó el Instituto Nacional de la Nutrición, la carrera de médico dietólogo y una Escuela Nacional de Dietistas que otorgaba el título de “técnica dietista”. La sección de cocina, hasta entonces a cargo de López, pasó a manos de una dietista profesional y se agregó una nueva Sección denominada “Por una mejor alimentación del Pueblo”, a cargo del recién inaugurado Instituto Nacional de la Nutrición.

Otra temática preeminente en las páginas de la revista fue la higiene mental, a la que se asignaba la misión de prevenir los desequilibrios psíquicos y contribuir a la adaptación social. Cada vez se hablaba más de “adaptación” y menos de “integración”. Hasta el deporte y la gimnasia eran pensados dentro de este marco. El ejercicio, se afirmaba, permitía descargar la energía, impidiendo que se convirtiera subrepticiamente en “perversiones”. La higiene mental debía consistir en “habituar al cuerpo a contenerse [...] esperando las órdenes de las zonas superiores, haciendo penetrar el conciente en el inconciente”, según expresión de Leao Cameiro, “distinguido educador brasilero” (V.C.A. 1942, 14(1):29). Si en la década anterior diversas voces habían señalado la responsabilidad del Estado en el cuidado de la salud del pueblo como forma de evitar el conflicto social, lo que se destacaba ahora era principalmente el beneficio económico.

Desde los inicios de la publicación la relación entre mente y cuerpo en la etiología de numerosas enfermedades fue un tema de singular presencia en las páginas de Viva cien Años. Diversos artículos, particularmente de Barilari, hicieron hincapié a lo largo del tiempo en la importancia de los factores psíquicos en la producción de males tales como el asma, la úlcera péptica, las alergias y muchos otros. Pero en los 40 las referencias se multiplicaron y el término “psicosomática” pasó a ser de uso habitual:

“A esta personalidad del enfermo asigna la mayor importancia la medicina psicosomática. Ella no puede ser estudiada en los breves minutos de una consulta médica, ni tampoco en una o dos horas de observación. Para comprenderla es indispensable conocer con el mayor detalle toda la historia de la vida del enfermo y ello requiere mucho tiempo y sentimiento humano. Aquel viejo médico de familia que al examinar al joven le conversaba de sus padres cuando tenían su edad, aquel que no sólo conocía las enfermedades orgánicas de toda la familia sino que sabía también de todos los conflictos espirituales y dificultades circunstanciales, estaba capacitado como nadie para una autorizada opinión clínica y una terapéutica prudente. Su actuación era verdaderamente psicosomática”. (Barilari 1944)

 

 

 

Los incomprendidos

 

Este libro, publicado como se ha dicho por la sección editorial de Viva Cien Años, está escrito en un tono coloquial y dirigido a una interlocutora genérica a quien el autor responde supuestas preguntas (Ver los pasajes reproducidos en la Segunda Parte de este número de Temas). Es un libro que busca disipar dudas y brindar consejos para comprenderse a sí mismo y a aquellos con quienes se convive. Explica las ventajas de la educación física y mental y sobre todo de la autoeducación. Barilari creía fervientemente en los poderes de la educación y el estímulo intelectual para formar ciudadanos libres, seres humanos capaces de vivir la vida en forma plena. Utilizando comparaciones de la vida cotidiana explicaba desde el funcionamiento del psiquismo, con sus aspectos “superiores” e “inferiores”, pasando por los hábitos, los instintos, la causalidad psíquica y la importancia de las experiencias infantiles, hasta la importancia de la comprensión como rol específico de la mujer en relación a los problemas en el ámbito del hogar. Él mismo aclara que al tomar una mujer de interlocutora no lo guía el propósito de imponer a las mujeres una carga pesada:

“muy al contrario, encubierto en el motivo rindo a todas homenaje y admiración, ya que les cedo el lugar más destacado en nuestra organización social, cual es el de conducir el espíritu del hogar” (Barilari 1936).

El “nervioso”, el “incomprendido”, es alguien que sufre y no sabe por qué, y lo que es peor, no encuentra quien interprete su sufrimiento, quien pueda ayudarlo: “no es un enfermo orgánico, no interesa al clínico; tampoco es un loco, el psiquiatra no lo toma en cuenta”. El objetivo del libro, así como el de las revistas Viva Cien Años e Hijo Mío, la Escuela de la Salud, los cursillos, las conferencias, es educar a la familia, y en especial a la mujer (eje de la vida familiar) para que pueda ayudar a los suyos a superar los “problemas del alma” y recobrar el ritmo suave y alegre que es propio de la vida y al que todos tenemos derecho a aspirar u

 

 

Bibliografía

 

• Agrelo, J. A.  (1908) Psicoterapia y reeducación psíquica. En: Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines. Tomo VII. • Barilari, M. (1934)  Contribución a la medicina psíquica. Buenos Aires. Frascoli y Bindi. • Barilari, M. (1936)  Los incomprendidos. Buenos Aires. Librería de la Salud. • Barilari, M. (1937a)  Hechos Clínicos y su Interpretación. Buenos Aires. Arimany Hnos. • Barilari, M. (1937b)  El criterio funcional en clínica. (Folleto). Buenos Aires. Facultad de Ciencias Médicas.  • Barilari, M. (1938)  Necesidad del estudio sistemático de la psicología del paciente en la clínica médica. En: Libro de Oro dedicado al Dr. Mariano Castex. Buenos Aires. Facultad de Ciencias Médicas. • Barilari, M. (1944) Medicina del cuerpo y del espíritu. En : Viva Cien Años, 1944,12(1). • Gutiérrez, L. y Romero, L.A. (1995) Sectores populares, cultura y política. Buenos Aires en la entreguerra. Buenos Aires. Sudamericana. • Kohn Loncarica, A. (1992)   Ciencia y Estado en la argentina. Una perspectiva histórica de sus relaciones. En:  Revista Propuesta y Control. Año XII. Julio/Agosto/Septiembre. • Méndez, J. (1908)  Neurastenia y colitis. En: Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines. Tomo VII. • Revista Viva Cien Años. Año 1934 al 1944. Tomos 1 al 12.  • Vezzetti, H. (1995)  Aventuras de Freud en el país de los argentinos. De José Ingenieros a Enrique Pichon Riviere. Buenos Aires. Paidos.