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Problemas

epistemológicos del

testimonio infantil*

 

Carolina Tobar García

 

 

Entre la psicología experimental, la lógica genética, la psicología infantil y la jurisprudencia, hay un dominio común donde debe situarse la crítica del testimonio infantil.

Desde la época en que primaba la opinión de que la verdad surge de la boca del niño hasta la aparición de los tests proyectivos y el psicodrama, como procedimientos de examen y de tratamiento, ha transcurrido más de medio siglo. Durante ese lapso se han producido grandes cambios y hasta revoluciones en el campo de la psicología. Primero surgió la psicología experimental que pudo acumular un cuantioso material de observaciones y resultados sobre la confiabilidad y validez del testimonio, en general y también en relación al del niño. En el segundo cuarto de siglo comenzó a influir la psicología evolutiva propiamente dicha, en sus diversas formas y escuelas con lo cual, indiscutiblemente, se dio un paso más adelante.

Influye al mismo tiempo la psicología de la “gestalt”, nacida en Alemania, y la concepción topológica de Kurt Lewin, con su teoría de los vectores y organización momentánea del campo vivencial.

La psicología experimental inicia su crítica del testimonio con Alfredo Binet, nombre conocido por todos, por ser el autor de la Escala Métrica de la Inteligencia, asociado a Simón. Esta Escala ya tiene algunos atisbos evolutivos que serán más desarrollados por sus sucesores en el perfeccionamiento de la misma. De paso debemos decir acá que la palabra test es una abreviatura de testimonium, que significa prueba.

Binet ofrece a la incipiente ciencia experimental el primer instrumento objetivo para la estimación de la capacidad general del niño o si se quiere con más precisión, de su rendimiento intelectual, en una especie de “corte transversal”.

A pesar de todas las objeciones que se han hecho a esta clase de procedimientos, su escala permanece incólume, en esencia, como un monumento que inspira revisiones y modificaciones, cada vez más fecundas.

Muchas de sus pruebas, en las manos de un experto conocedor de la mentalidad infantil como Jean Piaget, creador a su vez de la psicología genética, se convierten en índices fidedignos de la capacidad perceptiva, organización del espacio visual, desarrollo genético del razonamiento y construcción operatoria de la inteligencia.

La psicología infantil, enriquecida por el aporte de la “Gestalt”, y de la escuela de los reflejos condicionados, arriba a un concepto valioso para la crítica del testimonio infantil al distinguir una percepción o inteligencia de las situaciones, y otro, no menos importante relacionado con la inteligencia verbal o discursiva, es decir, formal e hipotético-deductiva, concebidas como etapas o fases del desarrollo. Esta última se completará más tarde postulando la existencia de una primera edad crítica de la razón, a nivel de 6-7 años, según Piaget, y una segunda edad crítica de la misma alrededor de los 11-12 años.

Recuérdese que la jurisprudencia tradicional consideraba a los 7 años como la edad del discernimiento. Estos antecedentes históricos son necesarios para la crítica del testimonio del niño. La concepción genética del autor suizo antes mencionado sostiene que la primera fase crítica del pensamiento lógico comporta un desprendimiento del egocentrismo primitivo y por ende una capacidad de adaptación al punto de vista de los demás, o sea, cierto grado de altruización mental. La segunda fase daría por terminada esa evolución coincidiendo con la pubertad, y el niño, al llegar a la pubertad psicológica, estaría en posesión de todos los resortes lungüísticos necesarios para tomar conciencia de las situaciones y ser capaz de expresarse con precisión, obediente a todos los principios lógicos.

No menos importante que Binet en el orden histórico es la contribución de Claparede, que utilizó especialmente el procedimiento de los llamados incidentes pre-fabricados para estudiar la percepción de situaciones experimentales similares a las que podían producirse en cualquier parte, por ejemplo, en la calle. A veces se hizo penetrar a un extraño en una sala de clase, en forma insólita, para pedir después a los estudiantes, que no estaban prevenidos, su descripción. Este tipo de experiencias constan de dos momentos: la descripción espontánea y el interrogatorio, llegando a la conclusión de que la primera tiene menos errores que el segundo.

“La psicología tradicional hacía un análisis a priori, otorgando la primacía al buen funcionamiento de los sentidos –dice poco más o menos Wallon– como si la percepción fuera una mera copia de la realidad”. La psicología dinámica demostrará posteriormente la preponderancia de los factores internos e inconcientes, la “gestalt” agregará sus leyes entre las que hay que recordar en primer lugar la de “Gute gestalt” o buena forma, acerca de la cual hay que citar la opinión de Wulf. Este autor sostiene que si la antigua teoría de la memoria fuera correcta las reviviscencias deberían volverse borrosas a medida que pasa el tiempo. En cambio, él descubrió –trabajando con la fijación de grabados– que los dibujos mostraban una tendencia a adquirir formas “mejores”, más “simples”, más llenas de “sentido”. Esta última cualidad se designa con la palabra “pregnancia” que se va imponiendo en la terminología usual. Bartlett, de la misma escuela, opina “que el recuerdo de una vivencia, suele ser más coherente y más consecuente que su forma original”.

Todo esto fue conmoviendo el edificio tradicional. William Stern, el creador de la psicología diferencial constató las diferencias de aptitud para el testimonio comparando las de los varones con las de las niñas. Planteóse en ese momento la discrepancia entre los que sostenían que el niño refleja, sobre todo, el influjo de la educación y los que, como Stern, distinguían etapas sucesivas, en cada una de las cuales podía advertirse el advenimiento repentino de las categorías que la capacitan para percibir y recordar los hechos. Cada etapa era concebida casi como una mutación, sin relación con la experiencia anterior. Contra esa concepción se levanta la epistemología genética.

Stern utilizó la técnica de la descripción de grabados y observó que el niño comienza por prestar atención a las figuras de personas; después a las de cosas, reparando sólo en la identificación. Posteriormente llega a las acciones y es capaz de establecer relaciones y cualidades entre los distintos objetos animados e inanimados de la lámina. Finalmente llega a la interpretación. Esta sucesión en tres estadios suele denominarse de la sustancia, o enumeración, de la descripción y de la interpretación, respectivamente.

El número de errores perceptivos disminuye con la edad: a los 7 años es de 1 sobre 3 y a los 14, todavía de 1 sobre 5, según algunos autores. En cuanto al rostro de las personas, es mejor descripto por los niños, pese a los errores que pueden tener, que por los adultos. Stern, además, estableció métodos para el examen, utilizando principalmente dos: 1) La narración o relación libres; 2) El interrogatorio. Este último consiste en una serie de preguntas preparadas ad-hoc que abarcan todos los detalles del objeto de estímulo.

La desventaja de este método estriba en el peligro de sugerir las respuestas, por eso no se aconseja para los niños. Hubo autores que se especializaron en el uso de la pregunta insinuante y al respecto había quien se jactaba de ser capaz de hacer decir cualquier cosa a los sujetos del experimento. Otros profundizaron en el tema de la acción del tiempo sobre la memoria, en lo que se refiere a la exactitud del relato y otros, finalmente, en la relación con la edad y el sexo.

En la psicología evolutiva surgió otro concepto digno de mencionarse también y es el de que la evolución no sigue una línea recta sino más bien helicoidal o con verdaderas oscilaciones y así Henry Wallon expresa que el testimonio en el niño evoluciona por fases alternas de progreso y de detención y, a veces, hasta de regresión. Por otra parte se han comprobado ritmos evolutivos diferentes en niños y niñas. Por ejemplo, en estas últimas se advierte que a los 10 años superan a los primeros pero éstos las alcanzan y sobrepasan a los 15. La inferioridad de las niñas se manifiesta cuando se trata de atestiguar sobre colores o de resistir a un interrogatorio tendencioso. Veamos el efecto del interrogatorio en un niño que vuelve tarde a su casa después de la salida de la escuela. (Tomado de Gorphe):

– “¿Qué has hecho?” – le pregunta su madre.

El niño no responde. Pero la madre insiste.

– ¿”Has andado por ahí”?

– “Sí, mamá”

– “¿Dónde? ...” – grita la madre exaltándose.

El niño vuelve a quedar callado.

– “¿Con hombres tal vez?”, y a continuación, ya fuera de sí: “¡Di la verdad o te pego!”

– “Sí, mamá...”

En este proceso se vio cómo de pregunta en pregunta y de “sí, mamá” en “sí, mamá”, la madre terminó por hacer contar al niño un pretendido ataque al pudor, cometido por un comerciante de una de las calles vecinas.

Cuando llegó el padre, la madre gritó:

– “Repítele a tu padre lo que acabas de decirme”. Y el niño contó la historia al padre; después se la contó al comisario de la policía y finalmente al juez de instrucción. Este encargó al profesor Lassegue el estudio del caso y fue necesario un gran profesor para descubrir la verdad.

El ritmo de progreso no es igual para cada categoría conceptual o perceptiva en los dos sexos. En la descripción de las personas sobresalen las niñas mientras que los varones lo hacen en lo que se refiere a objetos como ser los automóviles que circulan por las calles.

La acción del tiempo sobre la memoria fue estudiada por medio de la curva del olvido y también, como hemos dicho anteriormente, desde el punto de vista de la psicología de la forma. El testimonio, en relación con el rumor fue estudiado por Allport. Este autor, contemporáneo y conocido por su libro “Psicología del rumor”, empleó también algunos de los recursos de Binet, como los grabados y hasta los dibujos para fijar la memoria.

En el testimonio jurídico hay que recordar las distinciones entre actitud gnóstica y actitud pática, es decir, la actitud puramente cognoscitiva y la emocional. Bartlett sostiene que el testimonio real nunca está exento de impregnación afectiva. Y como muchos de los testimonios jurídicos de los niños se refieren a sucesos en los que han tomado parte activa o pasiva, es natural que predomine la segunda. En este caso es muy importante para describir la actitud del niño, lo que Wallon llama el tono de prestancia. Esta reacción se origina en el sistema postural. Su origen proviene del sentimiento de estar en presencia de otra persona, mucho más si se trata de una situación de coloquio. Se exterioriza, a menudo, por gestos involuntarios de seguridad, de fatuidad, de timidez, a veces incluso de temblor, contracciones o relajamiento muscular, modificaciones vasomotrices; en una palabra, por una gran diversidad de efectos, provenientes de ese sistema y que influyen sobre la orientación en el tiempo y en el espacio, la forma de las actitudes o reacciones, por el sólo hecho de tener que sostener un diálogo o estar frente a un público. Es enorme la importancia de la persona que interroga y las prevenciones u opiniones que se le atribuyen.

Aún en el caso de ser meros observadores, la relación pregunta-respuesta, o sea, el intercambio particular entre dos interlocutores, no es nunca impersonal o indiferente.

En el niño se habla de impermeabilidad a la experiencia, de sincretismo de la percepción, de yuxtaposición en el lenguaje, de realismo intelectual, de incapacidad sintética y todas estas expresiones deben tenerse en cuenta cuando se valora su testimonio. No sin razón Stern influyó para la supresión del testimonio infantil en el fuero criminal. Esto que ahora nos parece obvio fue una conquista de la psicología.

Y finalmente llega la poderosa influencia de la psicología psicoanalítica que con las nociones de condensación, desplazamiento, proyección, identificación con el agresor y otras, arroja nuevas luces sobre las relaciones del testigo y lo testimoniado. De ella parten las técnicas proyectivas cuyos datos no sólo nos sirven para la crítica del testimonio infantil sino que influyen en la última fase del testimonio, o sea en el de la recepción del mismo o deposición. Esto ha conducido a una revalorización del testimonio infantil. En Alemania, por ejemplo, se ha podido constatar que los niños son mejores testigos que los adultos en lo que se refiere a accidentes callejeros de la circulación, debido al interés que los niños tienen por los vehículos. Los automóviles serían objetos sensibilizados para la percepción infantil, dicen. En cambio, esta misma investigación ha puesto de relieve la falta de confiabilidad de sus manifestaciones sobres cuestiones sexuales. En aquel país, como en muchos otros, dan la preferencia a las técnicas proyectivas, al psicodrama, proscribiendo el interrogatorio.

Sobre este punto es necesario abundar en estas citas: Marcel Cenac, dice textualmente: “El interrogatorio, no solamente corre el riesgo de influir sobre las respuestas por la forma y el contenido de las cuestiones que comporta, sino que impone además al niño cuadros de referencia que quiebran la estructura de su pensamiento espontáneo, estructura que no es necesariamente la del adulto”. El mismo autor agrega que sobre la base de las nuevas técnicas es posible obtener datos valiosos aún tratándose de un niño de 4 años.

Entre estas técnicas modernas se destaca el psicodrama por la posible influencia que puede tener para una modificación del interrogatorio policial o del careo, en el campo del testimonio.

El psicodrama plantea situaciones muy vivas, sin duda y su aplicación al testimonio –mutatis mutandi– podrá llegar a ser fecunda si se previenen los efectos del “stress” o esforzamiento emotivo que puede producir. Para evitar ese inconveniente hay que proceder inmediatamente a la psicoterapia.

Este procedimiento utiliza cinco elementos: el escenario, el sujeto, el director, el cuerpo de auxiliares terapéuticos o egos auxiliares y el público.

Emplea un escenario para evitar el ámbito de la realidad cotidiana o habitual del sujeto a quien podría hacer perder el equilibrio. En el montaje teatral, la realidad puede dramatizarse tal cual es, con más facilidad que en el verdadero, produciendo un alivio de las tensiones, en vez de una exacerbación intolerable. Un fantasma como el de Hamlet se convierte, en el escenario, en una cosa real, menos temible.

El escenario sin embargo puede reproducir el ambiente familiar, el hogar, el aula de clase, etc. Al sujeto se le entrena para que aprenda a actuar de acuerdo a sí mismo y no como actor. Así dramatizará su vida con más facilidad, más libertad, más espontaneidad y menos verbalización. Hay que superar el plano puramente verbal y hacer que el sujeto se integre en la acción dramática. La dramatización puede asumir diversas formas, reproducir escenas de la vida del pasado, representar un problema presente cuya solución es urgente, o imaginar contingencias futuras. Los personajes pueden ser ficticios o reales. Es considerado como un verdadero test de realidad. “El objeto –dice Moreno, creador del teatro terapéutico– es incitar al sujeto a dramatizar sus conflictos. Los puntos principales son: la presentación de sí mismo, el soliloquio, la proyección, la interpolación de resistencias, el trastrueque de los papeles, que a su vez permite la identificación con el agresor, el desdoblamiento del yo, el procedimiento del espejo, el mundo auxiliar, las técnicas de realización. La finalidad no es transformar al sujeto en actor sino la de incitarlo a mostrar lo que es realmente”. La función del director es triple: director de escena, terapeuta y analista. Como director, debe esforzarse por mantener la autenticidad de la acción dramática no permitiendo alejamientos de los hechos reales. Como terapeuta, podrá provocar al sujeto y acuciarlo dentro de ciertos límites, lo que será tan legítimo como reir y bromear con él, según Moreno. En otros momentos podrá asumir un papel más pasivo o indirecto, dejando al sujeto en libertad de acción o dirección. Como analista, completará su información al observar las reacciones de todos los participantes: marido, mujer, hijos, amigos o vecinos.

Los egos auxiliares, o actores terapeutas, tienen una doble función: por una parte son un complemento del director y por otra son una prolongación del sujeto; pueden encarnar los personajes reales o imaginarios de su drama vital.

El público tiene también un papel muy importante. Es una caja de resonancia; sus reacciones y comentarios pueden variar desde la risa hasta las protestas violentas.

Estos procedimientos exigen una gran intuición y conocimientos de las relaciones interpersonales y de la psicología infantil.

Volvamos al testimonio del niño. Entre nosotros, la incapacidad natural de los menores como testigos tiene sus precedentes en los viejos códigos españoles, el Fuero Juzgo, el Fuero Real, y especialmente el alfonsino, que se expresa así: “Veinte años cumplidos a lo menos debe tener el testigo en pleito criminal, más en los que no lo sean puede ser recibido por testigo el que tuviere catorce años cumplidos. Y no solamente podrán atestiguar en las cosas que vieron en la sazón que eran en esta edad, más aún en todas las que hubiesen antes visto”.

El Código de la Capital Federal, en el Art. 179 ( establece la incapacidad absoluta para los menores de 14 años. La ley federal no contiene esa restricción y por lo tanto debe aceptarse la declaración de los niños sin más requisito que el de su aptitud y desarrollo psicológico para deponer con conciencia de sus dichos. El Código de Procedimientos en lo Criminal de la Capital Federal declara válida la deposición del menor de 18 años respecto de los sucesos pasados hasta los 4 anteriores (Art. 276, inc. 1°) “Esta ligera reseña demuestra que el testimonio del menor no está excluido en absoluto, y que el límite de edad constituye más bien una advertencia para la apreciación de sus dichos, ya que no puede afirmarse que se trate realmente de un incapaz pero, en consideración a las razones expuestas, su declaración debe ser valorada con mayor severidad” (Lessona, pág. 200).

En la Gaceta de Paz, Diario de Jurisprudencia, del 30 de agosto de 1954, se mencionan las “horrendas declaraciones de las menores contra la madre” en un proceso interesante que pone en el tapete todos los problemas antes mencionados.

Antes de entrar en su análisis, queremos recordar a François Gorphe que en su magnífico libro titulado “La crítica del testimonio”, al que tanto debemos, relata numerosos casos de falsos testimonios infantiles que ponen de manifiesto la importancia del problema de la verdad, la veracidad, la autenticidad y la validez de las declaraciones de los niños. Fuera de la mentira defensiva inspirada en el respeto unilateral, el temor reverencial, se citan casos de mentira activa imaginada por el niño para gratificar tendencias vindicativas y también de mentira sugerida, muy de buena fe, como el ya clásico de Astely Cooper, en el que una madre al interrogar a su hija, le hace esta pregunta: “¿Quién ha jugado contigo? ¿Quién te ha tenido en las rodillas?” Y como la niña responde: “Nadie”, “¡no mientas!”, le grita, y agrega: “¡Te pegaré si no dices la verdad!” De esta manera le arranca una confesión de algo que no ha hecho y una acusación contra un inocente.

La psicología ha puesto de relieve la lentitud con que el niño toma conciencia de la verdad objetiva, inmerso como está en su mundo egocéntrico. Y con respecto a las acusaciones falsas observadas por tantos y en las que se funda el cuadro de mitomanía maligna o perversa de Dupré, no siempre son tan fáciles de despistar ni tampoco, por suerte, son frecuentes.

El psicoanálisis ha puntualizado la existencia de fantasías sádicas o masoquistas, exteriorizadas como conflictos vividos bajo la forma de fantasma que pueden dar lugar a acusaciones falsas. Muchas de estas fantasías –entre algunos hechos reales desde luego– pudimos observar durante los años 1938-1945, en el Hogar Santa Rosa. La mayoría eran menores afectadas a la ley 10.903. Muchas veces tuvimos que poner a prueba las acusaciones contra patrones, padres, etc. Muy raras veces contra la madre. Con razón podemos afirmar que es un caso extraordinario el de Lucile Vaux, correspondiente a un proceso ventilado en Francia, en 1922. El señor Vaux fue encontrado muerto. La viuda fue formalmente acusada por sus hijos de ser la causante. Lucile, de 5 a 6 años, afirmaba haber visto a su madre disparar contra su padre, y su hermano, de 17, la apoyaba. Aunque no se probó la hipótesis del suicidio, la viuda fue absuelta por el Tribunal, teniendo en cuenta precisamente todas las dificultades anteriormente citadas.

Los profesores Lacassagne, Dupré, Lassegue y otros, intervinieron en procesos de falsos testimonios infantiles, casi siempre de naturaleza sexual.

En realidad el niño es un mal testigo para lo sexual. El psicoanálisis ofrece explicaciones muy plausibles para este fenómeno.

Gorphe establece que la capacidad del niño debe estimarse según la edad y el sexo; según las cualidades del objeto para facilitar un buen testimonio y según las condiciones en que se toma la declaración, cosas dichas ya por los psicólogos nombrados.

El factor edad ha sido profundamente estudiado por la epistemología genética, edad mental, se entiende; y el factor sexo, por el psicoanálisis.

El caso de las “horrendas declaraciones” es muy complejo. Lo reduciremos a las partes que interesan solamente para el tema, dejando de lado todo lo que, por razones convencionales, no es posible exponer en este momento.

Se trata de tres hermanas de 6, 9 y 11 años, respectivamente. Pertenecen a un hogar desintegrado. Las menores rechazan todo contacto con la progenitora.

Teniendo en cuenta que en estos casos es común que haya sugestiones de las partes, se resuelve averiguar la verdad sobre los testimonios de las niñas. Fueron examinadas con un plan semejante al del clásico careo policial, en entrevistas de cada una de ellas con la progenitora, en presencia de un perito y un secretario de actas. Dada la forma en que se realizaron las entrevistas, éstas pueden calificarse de incidentes prefabricados, sólo que, a diferencia de aquellas célebres experiencias de Claparede, en este caso las actoras tenían que revivir su drama.

Compararemos esta técnica con el psicoteatro, del que hemos hablado anteriormente. Haremos la presentación como si se tratase de una escena de teatro. Los diálogos son auténticos. Los personajes son los siguientes: Director, un observador, 1° mujer, 2° mujer, actoras (menores). El lugar elegido para el careo fue el propio domicilio de las niñas, en una de las habitaciones del apartamento. Por lo tanto no había un escenario ad-hoc como en el psicodrama de Moreno.

En el recinto se veían los muebles del hogar: un comedor, un escritorio arrimado a la pared, sillas, etc. El recinto tenía una sola puerta de acceso, desde donde podía verse la entrada del apartamento.

En el plan de la investigación se había dispuesto que las menores debían sentarse dando la espalda a la citada puerta.

 

He aquí la primera entrevista.

Se realiza con la menor de las tres.

Al comenzar la acción se halla la menor con la 1° mujer. Tan pronto como llega el Director y el Observador, la niña cambia de actitud. El Director le indica el asiento que debe tomar, pero ella lo rechaza con señales de temor. Se insiste para que ocupe ese lugar, con resultado negativo. Se produce una “impasse”... se continúa insistiendo... la niña se refugia debajo del escritorio, llorando. En ese momento se produce un movimiento de personas... se oyen pasos... entra la 2° mujer... la menor grita ...

—¡Que no entre! ¡Que se vaya esa mujer!

Nadie le ha dicho nada; sin embargo, no hay duda que teme la llegada de alguien. El Director, el Observador y la 2° mujer salen, dejándola con la 1° mujer. La niña permanece en su escondite pero deja de llorar. Vuelve a entrar el Director. Le ofrece una hermosa muñeca que le ha traído la 2° mujer. La niña no ceja en su actitud. El Director retira el escritorio y la menor, al quedar al descubierto busca refugio en la 1° mujer, cubriéndose la cara con un pañuelo, al propio tiempo que apoya su cara contra el cuerpo de aquella. El Director vuelve a ofrecer la muñeca... le habla con afecto... hace entrar a la 2° mujer... ésta se arrima a la niña... la abraza... le ofrece la muñeca... le ofrece un caramelo..., la niña no acepta, pero se va calmando... su llanto se transforma en un lamento suave, aunque no se suelta de la 1° mujer, a quien ha estado asida durante toda la escena. Fin.

Al día siguiente se constata en la niña una irritación faríngea después de haber pasado la noche muy inquieta.

Dejemos de lado lo que en esta reacción faríngea puede estar relacionado con los esfuerzos del llanto y los gritos y el “stress” agudo que las escenas relatadas pueden haberle producido, pues lo que interesa es su testimonio, el testimonio dramatizado en forma tan penetrante. Muy pocas verbalizaciones. No olvidar que la autenticidad de las reacciones es la finalidad de la entrevista.

Si se tratara del psicodrama de Moreno deberíamos advertir que el Director conoce perfectamente lo que es la “einphülung” o empatía y debe saber manejarla para mantener su objetividad. Además el psicoanálisis le pone en guardia contra la identificación con los personajes y en todo caso le enseña a hacer una espacie de contratransferencia. Este consejo debe aplicarse también al público. Y con más razón cuando se trata del testimonio.

 

Segunda entrevista.

(Igual escenario, personajes similares y niña de 9 años. Igual rechazo del asiento. Igual intervención de las tres primeras personas para persuadirla. Al preguntarle la causa de su actitud, responde):

—Tengo miedo que venga Fulana (aquí un nombre). El Director le hace presente una contradicción con algo que le ha dicho a la mañana. Ella hace un gesto.

Continúa con el interrogatorio.

—¿Desde cuándo Fulana es tan mala contigo?

—Desde que nací.

—¿Te acuerdas bien?

—Sí, señor, bien, muy bien.

Se suceden más preguntas del tipo que Stern y Lipmann llaman determinativas o sea que el sujeto tiene que contestar por o por no y también de las incompletamente disyuntivas, cuyo poder de sugestión va en aumento.

—Me parece que no puede ser, porque cuando eras recién nacida te bañaba... te cambiaba los pañales... te besaba...

—No, señor, todo eso lo hizo siempre mi padre.

– ¿Pero tú lo recuerdas?

Dice Lipmann: “Las preguntas más peligrosas no son siempre aquellas en que la forma muestra netamente una sugestión; son frecuentemente aquellas en que el carácter sugestivo está oculto, las que dictan sus respuestas sin tener el aire de tales, como las incompletamente sugestivas”.

– ¿Pero tú lo recuerdas?

– Sí, señor, lo recuerdo bien, muy bien.

– ¿Qué te daba de comer papito?

– La mamadera.

Poco después el Director le explica que Dios es todopoderoso; que es de transformar a las gentes; le recuerda pasajes de la Historia Sagrada, de la Magdalena, y agrega:

– Imagínate que Dios hiciese el milagro de hacerte olvidar todo lo malo que te ha hecho y la transformara en una mujer buena, igual que Santa Teresita, la querrías entonces?

– Así tampoco.

Le plantea aquí nuevas hipótesis. Los psicólogos experimentales afirman que los niños, antes de los 10 años, son incapaces de comprender las hipótesis. En los Tests de Binet-Terman hay unas preguntas hipotéticas sobre absurdos, expresados en forma gráfica o verbal que los examinados deben resolver. Se ha estudiado la comprensión de sentencias, apólogos, fábulas y moralejas encontrando que su uso es casi inútil antes de los 12 años. Si no se produce el “insight” o intelección, es inoficioso.

– La menor habla ahora por su cuenta, repitiendo lo que ya ha dicho en la entrevista previa con el Director, acerca del daño que le ha hecho y no puede aceptar la hipótesis de la transformación, de acuerdo indiscutiblemente a lo que afirma la psicología infantil.

Discute la hipótesis en vez de ponerse en el punto de vista del Director. En esto se ponen a la vista los restos de egocentrismo.

Agrega:

– El mal ya me lo ha hecho; no puedo perdonarla. (Seguramente a ella nunca se le había ocurrido pensar en eso. Es la pregunta la que le sugiere la contestación, como en los ejemplos dados al principio).

Prosigamos. El Director continúa:

– Imagínate ahora que en este momento ella estuviese contra la pared, de espaldas y tú estuvieras armada con un revólver... ¿Apretarías el gatillo para matarla? (Pregunta disyuntiva que debe ser contestada por sí o por no, como sabemos, aceptando, como en el caso anterior, una hipótesis más peligrosa. Suponiendo ahora nosotros que la menor hubiera contestado afirmativamente, yo pregunto al público (quinto elemento del psicodrama de Moreno), ¿qué opina?, ¿tiene la contestación un valor de testimonio, sí o no? El público, sorprendido por mi pregunta, no tiene tiempo para reaccionar contra la sugestión y tendrá que darme alguna contestación. Estas son las preguntas proscriptas por la psicología. Y además esta particular pregunta incide sobre un punto capital, como veremos después.

Pero tenemos que continuar.

Cuando el Director vuelve al interrogatorio diciéndole que exagera y que las crueldades de que la acusa no han sido siempre así, la actora responde:

– Sí, señor, siempre– dice y repite la palabra siempre, que acaba de oír de labios del Director. ¿Es o no, otra pregunta sugestiva, señores? ¿Recuerdan lo que he dicho antes acerca de que las niñas son inferiores a los varones en cuanto a la resistencia a la sugestión? Estas son preguntas para un adulto que podrá defenderse contestando que no ha pensado nunca en semejante cosa. Pero un niño de esta edad se halla todavía en plena heteronomía y temor reverencial, de modo que está en la misma posición de un inferior ante un superior.

En las técnicas proyectivas y en el juego se puede explorar lo mismo con medios indirectos y anotarlo, si aparece como manifestación del inconciente. Habría que discutir si en el caso del testimonio está justificado hacer una interpretación. Si nos propusiéramos este problema, tengo la certeza que terminaríamos respondiendo que no, por una sencilla razón. El odio al progenitor, en una niña de 9 años, es siempre una cosa inconciente, inobservable, hipotética, y el hacerla aflorar a la conciencia, podría producir un estado de angustia catastrófico. La angustia en el niño se manifiesta muchas veces por agresividad. Y esto es lo que ha ocurrido en esta menor.

Después de esto, el Director se dirigió a la puerta. La niña empieza a llorar. Mira con desesperación y con ojos de angustia para ver quién es. Ahora llora más fuerte.

– ¡Que no entre, que no entre!

El Director procede entonces a hacer aparecer, de espaldas, sin mostrar el rostro, a la 2° mujer... a unos diez metros de distancia. La aparición provoca inmediatamente una crisis de llanto desenfrenado... gritos estentóreos, sin pronunciar palabra. Llora y grita, llora y grita.

Transcurridos algunos minutos, la aparición se aleja. Entró como un fantasma y así se aleja. La menor, como en un acceso de terror alucinada, sigue llorando y gritando.

Sólo cuando ve que comienzan a labrar el acta se tranquiliza.

 

Tercer entrevista

(Niña de 11 años. Igual escenario, personajes semejantes).

Desde el comienzo, la menor empieza a narrar los padecimientos y malos tratos. Lo dice todo con emoción y firmeza, agregando datos y aclarando conceptos vertidos anteriormente, en la entrevista privada.

Al comenzar la función se le invita a sentarse de espaldas a la puerta; accede con cierto recelo, pero se ubica de tal manera que observa de soslayo la entrada.

– Ya sabes nuestra intención de ayudarte. Cuenta delante del señor todo lo que me has contado...

(Habla emocionada. Recuérdese todo lo dicho acerca del tema de prestancia...). Se ha portado muy mal conmigo y con mis hermanas...

– ¿Desde cuándo?

– Siempre.

– ¿Te acuerdas cuántos años tenías la primera vez que se portó mal contigo?

– No, señor, siempre...

El Director insiste sobre el tema de las fechas y la menor contesta cada vez con mayor energía, repitiendo, como su hermana anteriormente, la palabra siempre. En este momento, espontáneamente, hace referencia a la forma como les daba de mamar a sus hermanas menores...

– ¿Cuándo fue la última vez que hizo eso?

– Antes de irse de casa, hace unos...

– ¿Estás segura? (Aquí, como en otras ocasiones, el Director aprovecha la inverosimilitud para lanzar esta pregunta).

– Sí, sí, muy segura.

– ¿Y cuándo lo hacía?

– Siempre, siempre.

Y agrega:

– Me pegaba mucho, me lastimaba tanto que la sangre que perdía manchaba todo el piso del corredor...

– Pero esto lo hacía cada tanto...

– No, señor, siempre...

Dice Piaget: “Es preciso poner gran cuidado en el estudio de las formas verbales en los niños. En sí mismas ellas no significan nada y es preciso evitar el tomarlas a la letra”. En la percepción de la simultaneidad y la sucesión, en esta niña, por ser la mayor, debe producirse fatalmente una superposición entre lo vivido singular y lo colectivo o vivido como copartícipe. Continuemos.

– Bueno, todo lo que nos has contado es necesario que lo repitas delante de ella. Ya sabes que mi intención es ayudarte; la haré pasar aquí. (Señala una de las sillas que están alrededor de la mesa).

– ¡Aquí no, señor, por favor!

– Bueno, dime donde quieres que la ponga.

– Siéntela donde esta la señora (la 1° mujer). (En ese momento se invita a la citada persona a salir).

– La haré pasar... para que se siente en el sitio que tú has elegido.

– ¡No, señor, que no venga, que no entre!

– ¿Pero por qué?

– No quiero verla.

– No te preocupes, con este pañuelo te vendaré los ojos y podrás hablar sin verla.

– No, señor, no, no quiero.

– Pero tengo que hacerla entrar, es preciso. Deseo ayudarte. (Se insiste procurando que comprenda que nada puede pasarle).

– No, señor, no, por favor, que no entre.

– ¿Tampoco puedo mostrarte una fotografía, entonces?

– No, no, tampoco. No quiero verla.

– Mira, voy a hacerla pasar de espalda, delante de la puerta.

La menor entonces abandona el sitio donde estaba sentada para ubicarse en el mismo que eligió su hermana, es decir, mirando a la puerta de acceso al apartamento. En cuanto asoma la parte posterior del cuerpo, lanza un grito desaforado, estridente, poco común y con ojos de espanto por la visión, pide llorando que se vaya. Se le indica que de acuerdo a lo convenido, no es el tiempo de gritar sino de hablar. No entra en razones y mantiene la misma actitud. Se le impone con energía que debe calmarse y hablar.

Entonces lo hace llorando:

– Cínica, todavía tiene coraje de entrar en esta casa. Te has olvidado... etc., etc.

A indicación del Director, la 2° mujer, siempre de espalda, se va acercando lenta e inexorablemente.

– ¡Que no se acerque esa mujer!– grita cada vez más.

La mujer, en ese momento se da vuelta bruscamente y mira a la niña... Se produce un momento de expectación sumamente dramático.

– ¿Quién te ha enseñado esto, querida?

– ¿Quién? Vos, vos fuiste quien me lo enseñó todo, cínica. (Y después de unas cuantas frases más, la menor grita):

– Que se vaya afuera, o si no me mato.

El Director no puede manejar a los personajes como títeres, pues estos no representan sino que viven su drama personal. Las escenas deben ser suspendidas porque llegan a paroxismos de odio y de desesperación en las menores, francamente acuciadas por el careo. Las menores no representan, viven su papel. La 2° mujer ha desempeñado el papel de un ego auxiliar, sin serlo, no dando, en ningún momento, la sensación de ser una madre.

El resultado de este careo nos recuerda el “mito de la madre mala”. El psicoanálisis sostiene que la niña pequeña, en sus fantasías quiere destruir el cuerpo materno y teme, a su vez ser destruida, en represalia. En su inconciente rige la ley del talión y lleva dos imágenes: la de la madre buena que tiene el pecho lleno de leche y el de la frustradora que lo niega. Hellen Deutch, en su Psicología de la mujer, dice: “Existe una madre amada y una madre odiada; una, ideal, sublime, y otra, sexual, despreciable; una que cuida a los niños y otra que los mata; una que los nutre y otra que los envenena”. Aquí, como se ha visto, predomina la segunda, desgraciadamente, sumiendo a las tres hermanas en los fantasmas de una psicosis colectiva.

El destino de la mujer es la identificación con su madre pero cuando las vivencias reales han sido frustradoras, pueden producirse desviaciones de esa línea evolutiva. En este caso el yo recurre a mecanismos de defensa de muy diversa índole. A veces se identifica con el agresor, agrediéndolo, a su vez. Otras veces reniega de sus padres, haciéndose una “novela familiar”. Llama la atención en este caso la forma colectiva en que se ha elaborado la reacción. Hace pensar en Electra y Orestes, aliados contra su madre, aunque por razones diferentes. Las menores puntualizan el desamparo y la frustración de la etapa oral, que no pueden recordar concientemente. Van más allá, pues, sustituyen a la madre frustradora por el padre maternal. La imagen materna introyectada es de un sadismo rayano en lo inverosímil. El mecanismo de defensa es la expulsión total. No usan la palabra madre, y a ésta la designan por su nombre de pila.

Hemos terminado, señores, la comparación entre el psicodrama y el clásico careo, sacudidos por una auténtica emoción. Personalmente opino que la búsqueda de la verdad tiene sus límites y que lo inverosímil debe ser investigado con los más sutiles entre los sutiles procedimientos, porque debajo de ellos está la verdad.

Volvamos al problema epistemológico. Sir Arthur Eddington, decía en uno de sus libros:

 

“Supongamos que un ictiólogo se dispone a estudiar la vida en el mar y que para esto comienza por arrojar su red. Obtiene así una redada. Al observarla y tratar de ordenar sus observaciones procede aparentemente como un hombre de ciencia. Llega así a la conclusión, por ejemplo de que la longitud de todos los animales del mar es de cinco centímetros. Esta conclusión es verdadera con respecto a los animales capturados por su red”.

Un espectador podría hacer la objeción de que la conclusión es incorrecta porque hay animales marinos cuya longitud es menor de cinco centímetros. Pero el ictiólogo tiene el derecho de responder que cualquier cosa que su red no haya podido capturar está fuera del objeto de la ictiología. Esto dará lugar a una discusión, debido a que ambos contendores están hablando de cosas diferentes, pues, el espectador habla de los peces en general y el ictiólogo, en cambio, sólo se interesa por los peces que se pueden recoger con su red. Las conclusiones de éste son correctas sólo si se aplican a la clase de animales de que está hablando.

La redada representa el conjunto de datos experimentales y la red, el sistema de nuestras capacidades sensoriales o intelectuales que empleamos para obtener esos datos y conocimientos.

El arrojar la red corresponde al acto de la observación y todo conocimiento que no pueda obtenerse mediante ese procedimiento, no es considerado válido por el investigador. Hace una selección subjetiva de acuerdo a su sensibilidad y a su capacidad intelectual. La comprensión del verdadero alcance de la selección subjetiva que él ha hecho de su propio material, se alcanza sólo por los métodos epistemológicos.

Un segundo espectador, más agudo que el anterior, podría decir:

Usted tiene razón al rechazar la idea de la existencia de peces que no se pueden atrapar con su red y cuya existencia no puede ser revelada por los procedimientos considerados como válidos, pues usted llegó a esa conclusión observando los animales pescados o sea por el método clásico. Usted no concibe la existencia de otra red más fina o más sutil. Es posible que haya cosas que los métodos clásicos no pueden poner de manifiesto, cosas inobservables. (Esos inobservables son precisamente los que escapan a la técnica empleada en el caso de las tres menores). Y dice el espectador: Usted también podría haber llegado a la misma conclusión por un simple estudio de la red y de la forma de usarla. No había necesidad de echarla al mar. (Recuérdese que las menores no hacían más que repetir lo que ya habían dicho en la entrevista previa). Este segundo observador es un epistemólogo, dice Sir Arthur Eddington; conoce los defectos y limitaciones de la ciencia. Sabe que la ciencia es una construcción y que la Epistemología, a su vez, es una construcción sobre la ciencia.

Es el Tribunal, en última instancia, quien tiene la responsabilidad de observar a los observadores. Examinando el procedimiento empleado y las limitaciones intrínsecas del instrumento de observación que usaron los observadores o peritos, sabrá de antemano las limitaciones de sus resultados.

Solamente así el testimonio infantil podrá ser aquilatado en su verdadera confiabilidad y validez u

 

* Conferencia dictada por Carolina Tobar García en la Sociedad Argentina de Criminología, en 1955.