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Homicidio(1)

Alejandro Korn

 

C. es un hombre de 58 años de edad, de conformación anatómica normal, de musculatura bien desarrollada. Su cabello canoso, la dentadura desgastada, y la miopia indican los principios de la vejez. En la estremidad de los dedos y en diversas partes del cuerpo se observan manchas blancas debidas á una enfermedad de la piel llamada vitiligo.

Las funciones orgánicas se desempeñan de una manera regular. El corazón no presenta anomalía alguna. El apetito mas bien es exagerado, la digestión es buena, el sueño tranquilo y profundo. La sensibilidad se mantiene dentro de los límites fisiológicos.

C. no carece de toda instrucción, escribe con facilidad y es afecto á la lectura de libros y periódicos. La vida le ha ofrecido ocasión de ensanchar su horizonte intelectual. De profesión cantero, ha servido en el ejército Español, ha tomado parte en la última guerra carlista en las filas del pretendiente, hace catorce años que inmigró á este país y ha tenido ocasión de trabajar como agricultor y jornalero en la Provincia de Córdoba y en la de Buenos Aires. Viudo ahora, ha formado anteriormente una familia con hijos actualmente crecidos y emancipados. En la época del delito que motiva esta causa residia en un cuartel apartado del Partido de Trenque Lauquen en compañia de una manceba y se dedicaba con preferencia á ejercer el curanderismo.

Las facultades intelectuales de C. no presentan alteración aparente. Raciocina con cordura, su memoria es buena tanto para los hechos remotos como para los recientes, tiene conocimiento de la causa que se le sigue y aprecia las relaciones sociales y de derecho con el criterio deficiente de su instrucción superficial, pero sin incurrir en desatinos y sin forjar ningun estravio sistematizado.

No se considera víctima de persecusiones, ni pretende ser otra cosa que un simple jornalero, no tiene comunicación alguna con el mundo de los espíritus.

El homicidio cometido lo refiere de la manera que mas le favorece, pero lo atribuye á causas que no tienen nada de ecepcionales y no le supone ningun motivo oculto. Varias veces he insistido sobre esta materia y siempre con el mismo resultado.

Tampoco se observa en el procesado un estado de depresión melancólica ó de exaltación maniaca. Se mantiene en perfecta calma, no es locuaz, pero tampoco es retraido, se presta sin violencia á los interrogatorios y suministra todos los datos que se solicitan.

Queda á considerar como único rasgo anormal en este hombre la facultad que se atribuye de curar por medio de palabras, por la aplicación de la mano, ó por el agua consagrada segun ciertos ritos. Estos procedimientos usados, en todo tiempo y en todos los países por los taumaturgos se han vulgarizado en nuestra campaña por numerosos adeptos, que generalmente invocan el nombre de Pancho Sierra, como primer iniciador de esta escuela. Cualquiera que sea el concepto que merezcan estos procedimientos es á mi juicio imposible declarar insano á quienes ejercen el arte de curar en semejante forma. A graves consecuencias arribaríamos, si fuérarnos á declarar locos á cuantos en la asistencia de los enfermos se apartan de las reglas, que en el dia se consideran científicas. Bajo este veredicto caeria la madre que recurre á prácticas viciosas ó rutinarias en la crianza de sus hijos, el creyente que confia en una interceción milagrosa, los numerosos partidarios que cuentan en medicina todas las escuelas heterodoxas. En un medio formado por poblaciones ignorantes, donde las supersticiones propias se confunden con las importadas por una inmigración igualmente atrasada, no es estraño que se profesen prácticas, que algunas veces son reminiscencias de procederes usados y abandonados por la ciencia,  otras el reflejo vulgarizado y grosero de doctrinas que se debaten tambien en las altas esferas intelectuales y con mayor frecuencia por fin, una sencilla espresión de la influencia que siempre ha ejercido el misterio en el espiritu humano. Las mismas clases que se consideran ilustradas no se hallan exentas de estas modalidades de la esplotación médica. En cuanto á los que benefician la injenuidad de sus semejantes pueden clasificarse en distintas categorias. Desde el creyente sincero y convencido de su misión, hasta el embaucador audaz, cabe una larga serie de charlatanes más ó menos concientes En estos casos el hecho puede atribuirse á ignorancia, sugestión ó mala fé, la locura empero solo puede diagnosticarse cuando existe un proceso patológico determinado y no puede deducirse de una divergencia sobre métodos terapeúticos. En el caso de C. Es fácil apercibirse que el vitiligo de las manos ha sido esplotado hábilmente para atribuir á la aplicación de las mismas una virtud misteriosa.

Examinemos ahora el delito que origina la presente causa. Es un homicidio motivado por celos y realizado de una manera alevosa. Despues del hecho, el homicida se preocupa de borrar las huellas del crimen y evitar el descubrimiento. Oculta el cadáver en un grupo de cortaderas, le infiere post-morten, heridas de cuchillo para simular una lucha á mano armada, echa el caballo ensillado al campo para sugerir la idea de un accidente ocurrido lejos de las casas. Todo es vulgar, comun, sin un solo rasgo que denuncie la intervención de un elemento anormal.

No existe en este caso un acceso impulsivo de franca violencia, sinó la acción meditada, que espía el momento oportuno para proceder sin riesgo propio y luego el criminal arbitra todos los medios para eludir las consecuencias. El loco en el delirio de las persecusiones llega hasta el crimen, pero en su ánimo alienta la fé profunda de haber procedido en legítima defensa, de haber contrarrestade un ataque, de obrar con plena justicia. Realiza el crimen en pleno dia, ante testigos y no rehuye las consecuencias.

Otro tanto ocurre cuando es un delirio de caracter místico ó religioso el que ha inducido al sacrificio de la víctima.

Nada de esto se observa en el caso subjudice y otras hipótesis no caben en manera alguna, dados los resultados del exámen personal del procesado.

Tampoco es posible á mi juicio establecer relación alguna entre las prácticas del curanderisnio de C. y la muerte realizada por el motivo y en las circunstancias mencionadas.

Es cierto que C. en sus declaraciones ante el Comisario de Policia habla de los dictados de su conciencia y ante V. S. del imperio que en él ejerce el espíritu de Pancho Sierra y dice que su víctima ejercía la magia negra. Pero esto no es mas qué la fraseologia del oficio, que el declarante ha empleado habitualmente con sus clientes, con la cual se ha connaturalizado quizá, concediéndole el beneficio de la buena fé, hasta el punto de creer por auto-sugestión en sus propios embustes.

Cuantas veces he tratado a mi vez de esplorarlo sobre estos teimas solo he obtenido resultados negativos. Ha negado su relación con Pancho Sierra ó con el espíritu del mismo y solo de una manera vaga se explica sobre su facultad de curar. Considero comprobado que estas nociones no le sirven de base para un delirio sistematizado.

Concluyo:

1) El exámen de C. no revela la existencia de ninguna forma de enagenación mental.

2) El estudio del delito cometido no presenta motivo alguno para suponer un estravio mental durante su consumación.

Ruego á V. S se sirva disponer la traslación del procesado cuya permanencia en el  manicomio carece de objeto.

Adjunto devuelvo los autos de la causa u

 

 

1. Informes Médico-Forenses, La Plata, Talleres Sesé y Larrañaga, 1902.