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Segunda parte

 

Selección de textos

 

De la vasta obra de Alejandro Korn, cuyo detalle aparece al final de la Primera Parte de este número de Temas, se han seleccionado algunos textos sobre tópicos psiquiátricos y una pequeña muestra de su obra poética que permiten apreciar la amplitud de los intereses de quien fuera uno de los intelectuales argentinos más destacados de su época.

 

Incipt vita nova(1)

Alejandro Korn

 

 

 

 

 

 

Podemos ya, con criterio histórico, arrojar una mirada retrospectiva sobre el siglo XIX y apreciar su fecunda obra. Le vemos como un titán batallador, emanciparse de los ensueños románticos de su edad juvenil, desentenderse del Olimpo y sus dioses innocuos y consagrar todo su esfuerzo a labrar la morada donde el hombre ha de vivir dichoso, rico, libre de temores supersticiosos y colmados todos sus deseos.

La naturaleza se le somete en dócil servidumbre; señorea la tierra, el agua y el aire; el espacio y el tiempo se encogen ante el vencedor y, sin embargo, por último, se diseña en su fisonomía el gesto amargo de la decepción, aunque su orgullo le impida confesarla.

¿Qué falta? ¿Dónde ha fallado el esfuerzo titánico? ¿Vuelve acaso por sus fueros, con extraña nostalgia, el desdeñado espíritu? ¿No bastan el saber y el poder, el cúmulo de riquezas para acallar los obsesionantes anhelos de justicia, belleza y paz?

Veamos lo ocurrido. El intenso desarrollo científico y técnico del siglo elimina las especulaciones abstractas para fijar la atención sobre los problemas concretos y el aparente éxito engendra las ideas generales adecuadas al caso. No existe nada fuera del mundo sensible y éste se reduce al proceso evolutivo de una esencia desconocida, quizás incognoscible, pero en todo caso indiferente. No nos interesa sino conocer el mecanismo de este proceso para aprovecharlo. Y al hacerlo obedecemos a nuestra vez la ley orgánica de nuestra existencia, pues por fuerza hemos de preferir el pacer al dolor. No hay, acaso, ni libertad, ni determinación espontánea.

Mitiga con frecuencia el rigorismo lógico de esta doctrina el resabio de añejas creencias o de persistentes prejuicios, atavismos de remoto abolengo o reminiscencias arraigadas de la edad pueril. Pero las ideas directrices, en realidad, informan la vida práctica y se reflejan en el arte, en la literatura y, con mayor precisión, se sistematizan en la filosofía contemporánea. En efecto, el positivismo reñido con toda la metafísica, aspira a darnos la síntesis final de las nociones científicas, a su juicio única filosofía posible.

Podemos hoy darnos cuenta del ciclo recorrido y señalar sus tres etapas.

El primer período es naturalista, fundado exclusivamente en la exploración del mundo objetivo. Nace la teoría del medio.

En el segundo, la psicología experimental tiende a ejercer un predominio absorbente y nos promete la clave de lo subjetivo.

Por fin, ya en los años finiseculares, sobreviene el proceso de descomposición crítica y escéptica del dogmatismo positivista.

Es fácil corroborar esta marcha con el sorprendente paralalismo de las corrientes literarias desalojadas en general las tendencias líricas, a la novela naturalista sigue la psicología y a ésta las producciones paradójicas de espíritus extraños o desorbitados. El drama experimenta mutaciones análogos.

Así, evoluciona y por último se disuelve, este gran movimiento. El Pragmatismo, con su hijo europeo, el Hominismo, es el postrer retoño. Poco vigoroso.

Empero, no es el Positivismo una orientación simple hasta el punto de poder representar su evolución por una sola línea. Disidencias insalvables se abrigan en su seno, no obstante la base común –que es la concepción mecanicista del universo– y el supuesto rigor científico de sus conclusiones.

Gobiernan el mundo las ideas, exclama Comte. Obedecemos a nuestros sentimientos, dice Spencer. Ideas y sentimientos son tan sólo la careta de nuestros intereses, afirma Marx. Y Nietzsche por fin: es mi voluntad la que arbitrariamente fija los valores de la existencia. Graves conflictos, de graves consecuencias en su desarrollo dialéctico.

Y otra lucha intestina separa al individualismo de tipo manchesteriano del colectivismo de matices más o menos rojos, para el cual aquél no es sino la filosofía del egoísmo burgués. Vinculado, a pesar de sus rasgos propios, a la escuela utilitaria inglesa y a la Enciclopedia, el Positivismo ha sido en efecto una manifestación del movimiento liberal moderno en beneficio del tercer estado. Que el proletariado haya intentado fundar sus aspiraciones en los mismos principios es, en el fondo, una contradicción, impuesta sin embargo por el momento histórico en el cual el socialismo deja de ser una utopía romántica para realizarse en los hechos con éxito creciente. También debió hacerse positivo y aún extremó su posición en la teoría del materialismo histórico.

En presencia de tantas y tan divergentes tendencias, no debemos extrañar si el Positivismo acaba por disolverse, agotado, en un escepticismo anárquico.

Sin embargo, todavía no es éste el motivo principal de su decaimiento. Para ello era preciso conmover el principio fundamental mismo, el concepto mecanicista que, al suprimir la libertad, suprimía también la condición sine qua non de toda ética. Las tentativas positivistas para suplir esta deficiencia por una teoría de las costumbres o de los instintos sociales, no podían satisfacer a la larga, porque la identificación de lo moral y lo útil justificaba al fin todos los egoísmos y constituía al sujeto en testigo ocioso de sus propios actos. Los fundadores del positivismo abundaron en esfuerzos dialécticos para salvar la ética, pero en la evolución lógica de la doctrina llegamos al punto en que se proclama abiertamente la amoralidad hasta con cierto alarde y orgullo. ¡Ante la evidente imposibilidad de fundar una ética, se acaba por declararla superflua!

Es un espectáculo raro ver a estas generaciones resueltas a conquistar en lucha sin tregua todas las libertades –política, económica, intelectual– negar asimismo la libertad intrínseca del hombre. Al propio tiempo, persiguen un ideal humano y abrigan la esperanza de realizarlo sin un principio normativo de conducta. Pero no se puede, con la escuela positivista italiana, negar aún la responsabilidad del delincuente y luego exigir como un deber la adaptación a determinados fines sociales, hasta convertirnos, como la abeja, en miembros automáticos de la colmena.

Todo ideal importa señalar una finalidad, una meta hacia la cual debemos encaminarnos. Eso implica la posibilidad de hacerlo. En realidad, el positivista consecuente no puede tener ideales, pues obedece por fuerza a la ley ineludible de la evolución cósmica. ¿Puede la gota de agua modificar el curso del río y fijar de antemano dónde debe desembocar?

Si estas consideraciones sugieren el deseo de buscar una nueva solución al eterno problema, también contribuyen a ello reflexiones de otro orden. El resultado de este pasmoso progreso científico y técnico es, al fin de cuentas, un desastre. ¿Acaso con el aumento de su haber y de su poder la humanidad ha mejorado? ¿Ha dejado de explotar el hombre a su semejante, hay en el mundo más justicia y más caridad, ha dejado de empaparse el planeta en nuevos torrentes de sangre? ¿Valía la pena emplear largos años de cálculos teóricos y de ensayos heroicos para construir el aeroplano y destinarlo luego al asesinato con la misma brutalidad ancestral?

Por cierto, no estamos dispuestos a renunciar a ninguna de las conquistas realizadas; por el contrario, esperamos acrecentarlas e intensificarlas merced al instrumento incomparable del método científico. Pero la ciencia no basta. Es menester subordinarla a un principio superior, a un principio ético.

He ahí los varios motivos del resurgimiento de una nueva filosofía, ya no de carácter científico sino de orientación ética. La gran labor realizada, no por eso se pierde. Ella ha cumplido su misión histórica, nos ha dado la conciencia de nuestro poder, nos ha dado los instrumentos de la acción y ahora se incorpora a las nuevas corrientes como un elemento imprescindible. El cambio de rumbo, sin embargo, se impone; un nuevo ritmo pasa por el alma humana y la estremece.

Es que una ética supone un cambio fundamental de las concepciones filosóficas. No se concibe una ética sin obligación, sin responsabilidad, sin sanción y, sobre todo, sin libertad. La nueva filosofía ha de libertarnos de la pesadilla del automatismo mecánico y ha de devolvernos la dignidad de nuestra personalidad conciente, libre y dueña de su destino. No somos la gota de agua obediente a la ley del declive, sino la energía, la voluntad soberana que rige al torrente. Si queremos un mundo mejor, lo crearemos.

La sistematización, no fácil, de este pensamiento, es la tarea del naciente siglo. Ruskin y Tolstoy han sido los precursores; Croce, Cohen y Bergson son los obreros de la hora presente. No han de darnos una regresión sino una progresión. Y a la par de ellos los poetas. De nuevo ha renacido la poesía lírica, pero con una intuición más honda del alma humana, con mayor sugestión emotiva, en formas más exquisitas. ¡Qué trayecto no media de Zola a Maeterlinck! Y en las ciencias sociales ha terminado el dominio exclusivo del factor económico y vuelve a apreciarse el valor de los factores morales. El mismo socialismo ya, más que el socorrido teorema de Marx, invoca la solidaridad, es decir, un sentimiento ético.

Cuando la serenidad de la paz retorne a los espíritus, quizás florezca la mente genial cuya palabra ha de apaciguar también las angustias de la humanidad atribulada.

Entretanto, nuestra misión no es adaptarnos al medio físico y social como lo quiere la fórmula spenceriana, sino a la inversa, adaptar el ambiente a nuestros anhelos de justicia y de belleza. No esclavos, señores somos de la naturaleza u

 

1918

 

 

 

 

 

 

 

1. La libertad creadora, Ed. Claridad, Buenos Aires, 1963.

Nota del Editor. En los textos de esta sección ha sido respetada la ortografía original.