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Desequilibrio mental, morfinomanía e histeria(1)

 

Bernardo Etchepare(2)

(Montevideo)

 

XX., veintiocho años, parisiense, soltera, artista de café concierto, entrada voluntariamente al Manicomio Nacional el 17 de Marzo del corriente año, al efecto de combatir sus hábitos de morfinomanía datando de siete años, nos ofrece la siguiente historia que la abruma y que nos cuenta con entera lealtad.

Antecedentes hereditarios.– Su padre, un ingeniero distinguido, murió, no sabe a qué edad, de congestión cerebral; era excesivamente aficionado a las mujeres, a pesar de dos casamientos; era además muy nervioso. Nada sabe de sus abuelos ni de sus tíos paternos.

No ha conocido a su madre. Es hija del amor, pues debe la vida a una infidelidad paterna con una dama misteriosa que jamás ha podido conocer ni por referencias. Sólo ha conseguido respecto de ésta, que era la mujer de un marino, que durante una de las prolongadas ausencias del marido, cayó encinta por obra del padre de la enferma, habiendo tenido tiempo de alumbrar antes de la vuelta de aquél, pero con el cual hubo de reunirse a su retorno, abandonando para siempre sus amores y su hija al azar de los acontecimientos. Nunca supo nada más de ella, pero dice que sospecha por dichos de la partera, en cuya casa se efectuó el parto, que se trataba de una gran dama, aunque ni la partera ni su familia, jamás pudieron decirle quién era.(?)

Nacida, pues, en el misterio, fué recogida por el padre que no sobrevivió más que dos años y medio a este suceso, dejando la niña al cuidado de su segunda mujer.

Antecedentes personales.– Recuerda que ha sido criada en la campaña. Su madrastra la cuidó sin jamás darle cuenta ni de su padre ni de su madre. No la quería, aunque no la castigaba de hecho; pero la trataba de una manera ofensiva, con desprecio.

En su niñez ha sido de carácter triste, si bien arrebatado, violento, entetée. A pesar de eso se sentía cariñosa. Pero tenía arrebatos terribles, arrojándose, por una contrariedad, de cabeza contra las paredes y las puertas, y ha castigado más de una vez a su madrastra. Jamás se ha llevado bien con ella.

Fué a la escuela hacia los ocho años; en ella su conducta fué detestable. De carácter masculino, dominador, prefería los entretenimientos de los niños varones: la pelota, correr, trepar a los árboles. Se mostraba activa en ciertos trabajos y tuvo un primer premio de estilo, pero fué refractaria a la costura y al bordado aunque los aprendió por necesidad.

Ha tenido accesos de noctambulismo. A los siete u ocho años, se levantaba de noche, dormida, sin recordar de ello absolutamente nada al día siguiente. Hubo que colocar barrotes transversales en su ventana.

Una noche, habiéndose sentido ruido en la casa, su madrastra tuvo tiempo de verla caminar sobre el tejado vecino. Aterrada la señora y no osando despertarla, se tranquilizó al verla entrar de nuevo en su habitación y acostarse en su cama. Nada de esto fué recordado al siguiente día. En otra ocasión la encontraron trepada en una cómoda.

Muy nerviosa; tenía miedo excesivo de los truenos y de las arañas. Aun hoy experimenta horrible angustia en presencia de una araña, al extremo de ponerse a gritar y a temer volverse loca.

A la edad de nueve años, el padre de su madrastra, un senil erótico de setenta años, la depravó efectuando en ella la succión clitorídea. Experimentó placer sexual desde los primeros ensayos y fué tal su satisfacción que obligaba todas las noches al anciano a que saciara en esa forma su deseo. Llevó su entusiasmo hasta la bestialidad, pues se hacía lamer los órganos genitales por un perro y al través de una reja. No hubo onanismo digital en ese momento.

A los doce años, se estableció la menstruación regularmente y siguió siempre regular, aunque experimentaba de tiempo en tiempo un cambio en su carácter, se ponía triste y colérica.

A los trece años, un joven, huésped de la casa en que vivía, por sobre los vestidos y por el tocamiento, la hizo experimentar gran placer sexual. Desde entonces continuó masturbándose, ya con el dedo, ya con una botellita que llenaba de agua caliente, pero sin penetrar en la vagina. Conservaba su virginidad aun por esa época.

Por entonces tuvo un período de tristeza; se hizo irritable. Y se dedicó a la literatura pornográfica con verdadera fruición. Los cuentos de Boccacio eran la mejor obra de su biblioteca. L'Assommoir, de Zola, le produjo una impresión deliciosa.

Dormía muy mal; su sueño era interrumpido todas las noches por ensueños voluptuosos: no ha tenido pesadillas terroríficas.

A la edad de catorce años, experimenta una primera sacudida moral brusca. Muy vanidosa, de amor propio exagerado, no soportó una calumnia que le levantó su madrastra, acompañada de un castigo corporal, lo que la decidió a huir de su casa y a lanzarse a la aventura. Cayó en manos de un sujeto que la puso encinta inmediatamente. El estado grávido terminó con un aborto de cinco meses, de que se asistió en el hospital de la Pitié, aborto seguido de infección ligera. No contrajo ni sífilis ni blenorragia.

Completamente desencantada de su amante, que la había abandonado al anuncio de su maternidad, tuvo que trabajar para vivir. No lamentó mucho el abandono sufrido, porque dice que sin encontrar el coito repugnante, no obstante, no había podido experimentar el más mínimo placer con el hombre. De modo que prefería seguir sus antiguas y lamentables costumbres. Insiste mucho sobre el hecho de que a pesar de poner de su parte todo empeño, de fijar la atención y el deseo del placer, no pudo en ningún momento encontrar una satisfacción en el acto genital normal.

Se puso a bailar en el Moulin Rouge, se sometió a todas las torturas habituales y necesarias para adquirir la destreza y la flexibilidad de las bailarinas de cancán. Y llegó a la perfección.

Durante varios años hizo las delicias de los escenarios de París, Nápoles, Londres, hasta San Petersburgo, sin olvidar la feria de Nijni-Novgorod.

En esa época tuvo relaciones abundantes con distintos hombres, por seguir la costumbre y por la necesidad, pero jamás tuvo placer en la cohabitación con el agente masculino. En cambio empezó ella misma a ejercer el tribadismo a otras mujeres, llegando en ese caso a tener verdaderos amores con ellas y siendo siempre ella el agente activo.

A los diez y siete años tuvo paroxismos histéricos convulsivos. Poco después sudores de sangre que la enferma localiza en forma de gotas de sangre rutilante en la frente, los párpados y la parte anterior del tórax, sin herida, que duraron cuatro días.

A los diez y ocho años, época de tristeza, disgusto por la vida y tentativa de suicidio. Se dió un tiro en la parte izquierda del tórax sin lesionar el corazón. Tiene aún la bala en la parte posterior del tórax, según ha podido constatarse no hace mucho por la radiografía.

A los veinte años, nuevo acceso de tristeza con otra tentativa de suicidio. Tomó el contenido de un frasco de más o menos 15 gramos de láudano. Con algunos vómitos salió del apuro.

Vuelta a París ha continuado su vida de antes sin variación en sus hábitos sexuales.

Acentuó cada vez más su carácter varonil. Ha aprendido a montar a caballo, en bicicleta, tira las armas, posee muy bien el juego del florete y tira la carabina a la perfección, al extremo de hacer blanco con frecuencia en las golondrinas. Usa armas y en este momento anda con un revólver.

Se complacía en la sociedad de los hombres de algún valer y de cierta fama original, tal como Catulle Méndés, Chincholle, Jean Lorrain, de cuya intimidad pretende haber gozado.

Es en un medio especial, que ha comenzado la segunda y extraña fase de su vida y que la ha llevado a las intoxicaciones múltiples por que ha pasado sin molestia.

Comenzó por tomar el haschisch por matar el aburrimiento, el desencanto que tan frecuentemente la invade. Llegó a tomar una cucharada de café llena. Entró en ciertos círculos en que se fumaba el opio, por curiosidad, por el afán malsano de conocer todo lo anormal, lo extraño que tuviera la vida. Y se transportaba con el opio, con alucinaciones visuales intensas, entrando en orgasmo genital en seguida. Fumaba hasta quince pipas diarias sin estar incomodada.

A los veintiún años conoció una mujer morfinómana que le hizo, para aplacar su afán de lo nuevo, de lo no experimentado, una inyección de morfina de un centigramo. Concibió pasión por la morfina y se entregó a ella aunque en poca dosis al principio.

Fué de nuevo a Nápoles. Un ataque de malaria la tuvo postrada en cama un mes y medio. Y se consiguió suprimirle bruscamente la morfina. La abandonó sinceramente.

Su espíritu inquieto buscó otra cosa. Para dilatar la pupila se inhalaba una solución de atropina. En un momento de rabieta se tragó el contenido del frasco, que no sabe cuánto tenía de atropina. Pero fuera de algunas molestias del estómago y de la garganta nada le sucedió.

Se dedicó más adelante al éter. Humedecía un pedazo grande de algodón con éter y lo aspiraba con voluptuosidad, llegando poco a poco a emplear en semejante inhalación hasta 900 gramos diarios de éter. Sentía un bienestar inmenso y concluía por dormirse después de aspirar esas cantidades enormes de medicamento. Pretende que cuando duerme con el éter tiene una sensación curiosa que especifica de la manera siguiente: una parte del cerebro parece que trabajara y la iluminara al extremo de ver en sueños escenas que más tarde han resultado ciertas y que se han producido a la misma hora del ensueño. Cree en la doble vista, pero no se atreve a decirlo por temor de que la tomen por loca.

La locura es su temor, al extremo de que alguien ignorando la condición voluntaria de su estadía en el Manicomio, habiéndola comprendido más adelante entre las alienadas, la produjo un acceso de desesperación tan grande que puso en conmoción al Establecimiento.

Venida a América siguiendo el curso azaroso de tan triste existencia, que ella misma es la primera en lamentar, aunque dice que no puede dejarla, se entregó en su nostalgia, a la morfina de nuevo.

Permanece en América desde hace ya cinco años. Pero ha hecho un viaje a París, entrando en el Asilo Santa Ana, para quitarse la morfina, sin conseguirlo.

Estando en Montevideo, ha tenido un béguin por un sujeto, que es el único mortal que ha podido hacerle conocer el placer normal del coito, más eso sólo una vez y nada más. Y volvió a la mujer.

Aquí continúa sus costumbres como siempre. Pero cada vez que por necesidad tiene relaciones con un hombre, del mismo modo que antes, no puede tener placer si no es por la succión clitorídea.

En cuanto a la morfinomanía que motivó su entrada al Manicomio, era bastante intensa. Ha llegado a tomar hasta dos gramos diarios, rara vez, un gramo, a menudo y por lo regular sesenta centigramos en tres dosis de veinte centigramos cada una.

El examen del cuerpo de la enferma no denota nada de anormal. Su cráneo es regular, lo mismo que su cara. Implantación dentaria regular, bóveda palatina normal, orejas bien.

Reflejo conjuntival desaparecido. Idem faríngeo desaparecido. Algunas placas de anestesia. Estrechez del campo visual izquierdo.

Tres meses después de la entrada de la enferma, nuestro descorazonamiento es completo.

Oponiéndose terminantemente a la demorfinización brusca, de la que no soy partidario por otra parte, por ser peligrosa en sumo grado, hubimos de quitarle en quince días la mitad de esos sesenta centigramos, es decir, treinta centigramos. Pero para suprimir los treinta últimos, la lucha ha de ser estéril. La enferma desalentada por su poca energía y también por el ambiente desagradable, decidió su alta definitiva.

Durante su estadía ha puesto a prueba su organismo en su extraordinaria fuerza de resistencia, pues en una ocasión tomó de una sola vez treinta y cuatro centigramos de codeína, y en otra tomó tres frascos de cloral, su inyección de quince centigramos de morfina y tres o cuatro gramos de trional. En otro momento de desesperación robó una caja de obleas de trional y se tomó ocho gramos de este medicamento. Durmió tranquilamente toda la noche, hasta las dos de la tarde del día siguiente, y… no hubo más.

Esta desgraciada me pide que la siga asistiendo fuera del Asilo. A quoi bon?

Tal es la triste odisea de esta enferma, que acusa seguramente la posesión de una constitución verdaderamente especial, en la cual hay episodios curiosos, de los que no es el menos raro, la idiosincrasia extraña de esta mujer favorecida por una mitridatización que la ha hecho invulnerable a la intoxicación y de lo cual está tan convencida ella misma, que me decía una frase que pinta bien a las claras su situación mental a ese respecto: “desearía ser la mujer de un médico para tener la facilidad de ingerir todos los venenos, pues tengo verdadera  ansia de experimentar sensaciones nuevas, raras, extrañas, que no sean las comunes, las vulgares de la vida normal que no me atraen en modo alguno. Tengo la convicción de que no me matarán.

Hija de un neurópata y de una mujer desconocida, pero que por ese mismo hecho deja sospechar su anormalidad, ha presentado en su infancia un carácter varonil que va acentuándose con el tiempo hasta llevarla a la inversión sexual. Es en cierto modo la realización de la frase consagrada: un cerebro de hombre, en un cuerpo de mujer. Pero esta inversión ha tenido un momento de arrêt, pasajero, fugaz; una sola vez ha podido saborear las caricias masculinas. En ese momento ha realizado el tipo, que en otros casos es más o menos permanente, de hermafrodismo psicosexual.

Depravada por un alienado erótico, fija en su cerebro, que no hay duda estaba preparado para ello, la imagen del placer homosexual, de la urania, y hace de esa aberración un verdadero culto. Al mismo tiempo es insaciable en su frenesí genital, pues diez, doce, quince veces consecutivas experimenta el placer con sus maniobras en otra mujer o con la succión clitorídea en ella. Y tiene que contenerse en el Manicomio, pues la presencia de las enfermeras la transporta, y la sumerge en la masturbación y hasta ha llegado a confesarme que la presencia de una de las religiosas, una especialmente, la excitaba tan extraordinariamente que más de una vez tuvo la impulsión, abortada felizmente, de infrigir el respeto debido al hábito religioso.

Con un carácter anormal, posee una inteligencia bien desarrollada; gana un premio difícil en la escuela ,y su conversación hoy revela una mujer nada común en sus juicios, examinándose severamente, viéndose claramente hasta el rincón más obscuro de su conciencia, pero lamentando tener la persuasión más completa de la esterilidad de sus esfuerzos para su modificación posible.

De nivel mental variable, ha tenido ya algunos períodos cortos de melancolía, en los que el suicidio ha sido tentado. No ha habido, sin embargo, episodio delirante aun.

Pero indudablemente esas oscilaciones violentas de su nivel mental han de conducirla algún día a la locura propiamente dicha, en cuyos umbrales está ya, o al suicidio, cuya idea le es familiar.

Tal es el porvenir sombrío de esta infeliz, judío errante de su propia existencia moral.

 

 

1. Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, Año XI, 1912.

2. Profesor de la Facultad de Medicina.- Médico del Manicomio Nacional