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Primera parte

 

El movimiento de la higiene mental y los orígenes de la Liga Argentina de Higiene Mental

 

Hugo Klappenbach(1)

 

 

 

 

Introducción

 

El 6 de diciembre de 1929, en la Sociedad de Neurología y Psiquiatría, una de las filiales de la Asociación Médica Argentina, se constituía la Liga Argentina de Higiene Mental, bajo la presidencia de Gonzalo Bosch. No era el primer intento de organizar una institución similar en nuestro medio, ni la primera vez que se discutía la mejor organización institucional para nuclear a los interesados en la problemática. Por lo pronto, puede considerarse que la constitución de la propia Sociedad de Neurología y Psiquiatría, había significado un primer acercamiento a la cuestión. La Sociedad de Neurología y Psiquiatría había surgido en 1921 como la novena Sección de la Asociación Médica Argentina, bajo la presidencia de José Antonio Estévez, la vicepresidencia de José T. Borda y con Adolfo Sierra como secretario (Sociedad de Neurología y Psiquiatría, 1921). Y cada uno de ellos, a su manera, jugaría un rol importante en la organización del movimiento de la higiene mental en el país, como más adelante analizaremos.

En dicha Sociedad, la eventual constitución de un comité o liga centrada en la higiene mental se había discutido en dos oportunidades. Es de destacar que ambas discusiones se habían producido luego de dos viajes de reconocidas personalidades del campo neuropsiquiátrico argentino a dos de los países que aparecían a la vanguardia en la cuestión de la higiene mental: Francia y Estados Unidos. En tal sentido, puede ser oportuno referirse, mínimamente, al desarrollo de la higiene mental en ambos países. En realidad Francia, recién había organizado la Liga Francesa para la Higiene Mental a instancias de Toulouse y de Genil-Perrin, en 1920. Y si, por una parte, el movimiento de la higiene mental presentaba algunos rasgos casi contrapuestos con el alienismo –por ejemplo en lo relacionado con la legislación sobre alienados– por otra, no sólo mostraba la organización ejemplar del Hospital Henri Roussel en dependencias del asilo de Sainte Anne de París, con su servicio de puertas abiertas (Belbey, 1927; Thenon, 1937), sino que mantenía intacto el prestigio del mítico gesto liberador de cadenas de Pinel, el cual sería permanentemente evocado por los teóricos del higienismo.

 

 

La Higiene Mental en Estados Unidos

 

En cuanto a Estados Unidos, había organizado su National Committee for Mental Hygiene en 1909 y la obra de Clifford Beers era reconocida en el mundo entero. Beers se había graduado en la Universidad de Yale en 1897, y dominado desde muy joven por la pasión de hacer fortuna (Beers, 1908/1969, pág. 27), caería en un estado depresivo que lo llevaría a un intento de suicidio el 23 de junio de 1900. Beers permanecería recluido desde septiembre de 1900 hasta septiembre de 1903; en enero de 1905 tuvo una pequeña reinternación voluntaria en instituciones de agudos y de crónicos, pasó por habitaciones privadas, salas colectivas para enfermos tranquilos, salas para exaltados, celdas acolchadas, etc. En tal sentido, y más allá de sus particularidades, el testimonio que volcó en las páginas de su libro The mind that found, puede considerarse una historia de vida representativa de la de los internados psiquiátricos por aquellos años. Una vez dado de alta, Beers comenzó a interesarse acerca de la manera de mejorar la asistencia a los internados psiquiátricos. En realidad, ya había manifestado tal interés anteriormente. Y aun durante su reclusión, muchos de sus delirios megalomaníacos habían estado concentrados en la cuestión (Beers, op. cit.). En todo caso, lo que resulta de interés es la capacidad que evidenció Clifford Beers en publicar su propio testimonio, en interesar a numerosas personalidades destacadas en el mismo tema, y en la organización efectiva del movimiento.

El 6 de mayo de 1908 en New Haven, Connecticut, se organizaba la primera sociedad de higiene mental: la Connecticut Society for Mental Hygiene (Beers, 1921; Ridenour, 1961). Interesa destacar la composición de las primeras doce personas que asistieron a aquella asamblea constitutiva, ya que da un índice de la amplitud de este movimiento el cual incluía representantes de la Iglesia, de establecimientos escolares y universitarios, de la cátedra, de los tribunales, del hospital, y de los campos de la medicina general, psiquiatría y trabajo social como así también a un ex-enfermo mental y miembros de su familia (Winslow, 1934/1969, pág. 233).

Menos de un año después, el 19 de febrero de 1909, se organizaba el National Committe for Mental Hygiene, también convocado por Clifford Beers, y que se prolongaría hasta 1950, cuando se fundiría con la Psychiatric Foundation y la National Mental Health Foundation, originando la National Association for Mental Health (Ridenour, 1961, 1953/1969). La intensa actividad desplegada por el Comité Nacional de Higiene Mental, ha sido reseñada en varios trabajos clásicos (Beers, 1919, 1921, 1931, 1908/1969; Ridenour, 1961, 1953/1969; Winslow, 1934/1969; Woodwarth, 1948/1969), inclusive en castellano (Sacristán et al., 1930). A los efectos de nuestro trabajo, bastaría con señalar tres características que presentaba el movimiento en los Estados Unidos.

La primera, está relacionada con la amplitud del campo a abarcar; la segunda, con su carácter lego o profano, que desbordaba los límites del campo médico y, más todavía, que aparece impulsado por personalidades ajenas al campo médico; por su vinculación con el movimiento filantrópico norteamericano.

En relación con los campos de interés del movimiento de la higiene mental, es oportuno señalar que el objetivo inicial de mejorar la situación de los internados psiquiátricos, pronto se ampliaría hasta límites insospechados. Entre los grandes campos o temas de interés pueden al menos, señalarse los siguientes.

Un primer gran tema, fue precisamente el del enfermo mental. El conjunto de actividades en esa área, estuvo dirigido a lograr el mejoramiento de la situación de los internados, a la prevención de los trastornos mentales y a la creación de nuevas formas de asistencia para los enfermos leves (los pequeños psicópatas de la literatura francesa) que no requerían internación en los asilos. Para el logro de este objetivo, y respondiendo al modelo de la medicina social en general, y de la lucha contra la tuberculosis en particular, se desarrollaría el dispensario, como así también el consultorio externo y el hospital de puertas abiertas, instituciones que consolidarían la ruptura jurídica con la figura del alienado, carente de derechos civiles y obligado a la reclusión contra su voluntad.

Un segundo campo, lo constituía el de la deficiencia mental o debilidad mental. Aun cuando la bibliografía anglosajona -a partir de Ireland, Wilbur y Goddard, entre otros- procuraba establecer clasificaciones nosográficas de las diferentes amentias (clásicamente diferenciadas, a su vez, de las dementias), se utilizaban indistintamente las nociones de mental deficient y feebleminded (Zenderland, 1990). En dicho campo –que la nueva historiografía está analizando desde las posiciones que tanto los expertos como los legos sostenían (Brockley, 1999)– las relaciones con la psiquiatría y la psicología frances4 serían manifiestos, y ya desde 1908, en el Training School de Vineland, New Jersey, Henry Goddard había comenzado a utilizar el test y la escala de Binet y Simon, junto con el concepto de edad mental (Ridenour, 1961; Zenderland, 1990).

Un tercer campo, estaba conformado por la psicopatología del crimen, y, más ampliamente, el problema de la delincuencia y la criminalidad. Las hipótesis de numerosos estudios en esta temática, situaban el problema del delito y la criminalidad en una dimensión principalmente psicológica, de allí el interés con que varias fundaciones americanas promovieron investigaciones en dicho campo (Beers, 1919).

Un cuarto campo de interés, lo constituía la higiene mental escolar. Bajo el principio de que la prevención debía conducirse inevitablemente a todos los aspectos de la vida comunitaria y especialmente a las escuelas y el hogar (Woodwarth, 1948/1969, p. 259), el movimiento de higiene mental comenzaría a tematizar primero sobre la formación del docente, aunque luego extendería su preocupación hasta las cuestiones relacionadas con la orientación vocacional y, en general, la orientación para la crianza de los niños. El cruce de este orden de cuestiones con las propias del campo de la delincuencia juvenil, derivaría en el Child guidance movement, de vasta aceptación en la sociedad norteamericana (Cravens, 1990; Stevenson & Smith, 1934).

Otros campos de preocupación se generaron en diversos aspectos de la vida social e institucional. Por una parte, el trabajo, en el cual se producirían solapamientos con la denominada ingeniería humana, y que iría mucho más allá de la orientación profesional. Por otra, el campo militar, en el cual la higiene mental alcanzaría un reconocido éxito: "The war was indoubtedly done a great deal for the sciences or neurology and psychiatry, specially in the way or securing public recognition of their importance" (Beers, 1919, p. 422). En efecto, al ingresar Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, el Comité Nacional de Higiene Mental designó una Comisión, que se encargaría de organizar las unidades militares neuropsiquiátricas, del examen y tratamiento temprano de los pacientes mentales y de la eliminación de reclutas con enfermedades mentales, deficiencia mental y desórdenes nerviosos. Más de 50.000 reclutas fueron rechazados por esos motivos, y ello colocaría a las fuerzas militares norteamericanas, con el más bajo porcentaje de suicidios o afecciones mentales de todas las intervinientes en la guerra (Beers, 1921).

En cuanto a la segunda característica del movimiento de la higiene mental, su carácter lego o profano, fue una particularidad del movimiento norteamericano y diferiría, como más adelante analizaremos, del francés o el argentino. No sólo por el papel rector que le correspondió a un ex-paciente, más que a su médico, sino también por el papel que ocuparán el juez, el comerciante, el pastor, en todo el dispositivo, como se apreciaba en el perfil de los fundadores del primer Comité en New Haven. Y aun cuando quedaba reservado un espacio privilegiado para el médico, el de Medical Director de la institución de higiene mental,. su función quedaba al mismo tiempo limitada a esa función de dirección médica, pero no la de dirección de todos los asuntos del Comité.

En cuanto a la tercera característica, el propio Beers fue comparado con un supervendedor de filantropía, y su muerte, ocurrida en 1943, fue interpretada como el fin de una de las más notables carreras de la filantropía moderna (Komora, 1943, p. 9). Cuando en alguna oportunidad, alguien le señaló a Beers que su propia situación económica ajustada, no le posibilitaría convertirse en un filántropo, se limitó a responder que todo lo que se proponía era proveer ideas a aquellos que estaban en situación de aplicarlas (Beers, 1908/1969, p. 186). Beers lograría que en los primeros diez años de existencia del Comité Nacional de Higiene mental, importantes fundaciones y organizaciones filantrópicas norteamericanas, aportaran alrededor de medio millón de dólares para el logro de los objetivos del proyecto del Confité (véase cuadro l). Para apreciar el significado de tal suma en aquellos años, Ridenour señalaba que su récord en promover fondos durante los años tempranos del Comité Nacional es impresionante hoy día, aun sin tomar en consideración la diferencia en el valor del dólar entonces y ahora (Ridenour, 1961, p. 8).

 

 

Cuadro 1

Donaciones recibidas por el Comité Nacional de Higiene Mental de los Estados

Unidos hasta 1921

 

Institución donante                                Monto (en dólares)     Destino

 

New York Foundation                          3.000               Sin especificar

Mr. Henry Phipps                                 50.000             Higiene mental en general

Mr. Henry Phipps                                 5.000               Uso personal de Clifford Beers

Sra. De Vanderbilt                                4.500               Sin especificar

Sra. De Vanderbilt                                50.000             Sin especificar

Mrs. Anderson                                     50.000             Sin especificar

Mrs. Anderson                                     200.000           Sin especificar

Mrs. E. Harriman                                  45.000             Deficiencia Mental

Anne Thompson                                   15.000             Trabajos de la guerra

Mrs. Everyt Macy                                10.000             Sin especificar

Varios*                                                55.000             Sin especificar

William James                                                               Edición del libro de Beers

Fundación Rockefeller                                                  Trabajos de la guerra

Totales                                                 487.000

 

* incluía donaciones de 5 .000 U$S cada una de once personas o fundaciones diferentes

** no estaba detallado el monto

 

Fuente: Beers, 1921.

 

Es decir que el modelo de financiamiento del movimiento de la higiene mental norteamericano, se apoyaba decididamente en las contribuciones de las grandes fundaciones y donantes y difería del de otras instituciones análogas, por ejemplo la Cruz Roja. La Cruz Roja Argentina, que adhería al modelo internacional de la organización, se autodefinía como una institución eminentemente popular consagrada al alivio y socorro de las clases menos favorecidas de la sociedad, que hace un llamado al mismo pueblo en cuyo auxilio y mejoramiento desea encausar todos los recursos (Cruz Roja Argentina, 1924, p. 77). En tal dirección, la Cruz Roja procuraba el aporte de la mayor cantidad de socios o suscriptores, aun cuando cada uno de ellos aportara cifras muy pequeñas de dinero. Volviendo a los Estados Unidos, por ejemplo, en 1924 alrededor de veinticinco millones de ciudadanos pertenecían a la institución, aportando cada uno de ellos tan solo un dólar por año, lo cual sumaba 25.000.000 de dólares.

El. Comité Nacional de Higiene Mental, aunque a partir de los años treinta procuró una base de sustentación económica más extendida, se inclinó por el aporte de las grandes fundaciones. Así, en 1939, el Central Hannover Bank and Trust Company de Nueva York, atraído por las posibilidades y promesas del movimiento de higiene mental, editó como una obra de bien público, un folleto para información y orientación de aquellos que sentían inclinaciones filantrópicas, en el cual se describen los propósitos y actividades del Comité Nacional de Higiene Mental y de otras organizaciones y sociedades que estaban actuando en este campo (Komora, 1943/1969, p. 1 l). Las frases finales de tal folleto son suficientemente expresivas:

 

" ... nosotros nos enfrentamos con un mundo lleno de complicaciones cuyas desdichadas dificultades obedecen en gran parte, quizás en su mayor parte, a los desajustes mentales, físicos y morales de la población... pero la higiene mental no ha avanzado todavía lo suficiente como para jugar un rol esencial. Cuando lo haya alcanzado y los esfuerzos coordinados de aquellos que disminuyen los padecimientos físicos y de aquellos que atenúan los dolores del alma ejerzan su influencia sobre los problemas de nuestro mundo, ¿no veremos nosotros el amanecer de un día más brillante, el surgimiento de una civilización mejor y más estabilizada? (Central Hannover Bank and Trust Company de Nueva York, 1939. Citado por Komora, 1943/1969, p. 11.),

 

Esa misma convicción la expresaban las personalidades ligadas al movimiento. Así, C. Winslow, Profesor de Salud Pública en Yale, señalaba:

 

"Los casos de enfermedad mental y deficiencia mental, tan pronunciados como para requerir internación, constituyen en sí un problema suficientemente grave. Sin embargo, si pudiéramos medir realmente todas sus consecuencias, observaríamos que la carga impuesta sobre la sociedad por ese problema, es mucho menor que la que crean las desviaciones anormales de mucha mayor prevalencia aunque menor gravedad. Son los innumerables desajustes emocionales menores, que nos estorban en el desenvolvimiento de nuestra vida diaria, los que constituyen la carga más pesada. Los miles de pequeños temores, envidias, prejuicios e inhibiciones, que nos impiden alcanzar, hora tras hora, una total armonía, y una justa y perfecta reacción ante las personas y las condiciones que nos rodean, allí radica el mayor problema de la higiene mental.

La nueva ciencia de la mente debe proveer la última clave en todo el campo de las relaciones humanas. Ahora estamos comprendiendo que es en la higiene mental, concebida con esa magnitud, que debemos encontrar la base de un nuevo orden industrial. Existen pocas disputas entre el capital y el trabajo que podrían perdurar después de una discusión de mesa redonda entre patrones y empleados, si todos ellos se hallan libres de complejos de inferioridad y reacciones defensivas. Esa misma afirmación es válida en lo que atañe a las relaciones internacionales. Hemos puesto excesivo acento sobre la economía e ignorado la psicología en cuanto a las causas de las luchas de clases y de las guerras entre las naciones. Representa un supremo valor de la Liga de las Naciones el que ésta constituya un gran experimento en higiene mental (Winslow, 1934, pp. 237-238).

 

Es decir, entre los supuestos del movimiento de la higiene mental, al menos en su vertiente norteamericana, se encuentra una sociedad más civilizada, en la cual los conflictos económicos, políticos e internacionales pudieran reducirse a los miles de pequeños temores, envidias, prejuicios e inhibiciones, que nos impiden alcanzar, hora tras hora, una total armonía. En tal sentido, a partir del destino del maridaje entre la higiene mental y las fundaciones filantrópicas, quedarían delineados nuevos objetivos y esferas de acción del movimiento, y se apreciarían en toda su transparencia los fundamentos ideológicos y políticos, que ya hemos examinado en otro lugar (Klappenbach, 1989).

 

 

La Liga Argentina de Higiene Mental y la Sociedad de Neurología y Psiquiatría

 

Lo que interesa para nuestro análisis, de todos modos, es que los viajes que destacados alienistas argentinos habían realizado a Francia y Estados Unidos, les permitieron conocer de primera mano las características más salientes del movimiento. De tal manera, el primer intento de constituir una organización destinada exclusivamente a la higiene mental dentro de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría, tuvo lugar tan sólo un año después de constituida tal Sociedad, en 1922, cuando después de un viaje del Dr. Arturo Mó a París, se creó una comisión para estudiar la participación de una representación argentina en el Comité Organizador del Comité Internacional de Higiene Mental. El segundo intento del que exista registro, tuvo lugar en 1924, luego de un viaje de Gonzalo Bosch a los Estados Unidos, durante el cual había tomado contacto con Clifford Beers, quien propusiera lo siguiente:

 

"Sería conveniente que la Liga Internacional de Higiene Mental se estableciera en la República Argentina en el próximo año, así a los que se interesan en psiquiatría, neurología, psicología e higiene mental, les convendría poder participar oficialmente en el Congreso Internacional de Higiene Mental y tomar parte también más tarde, la Argentina, en una de las organizaciones afiliadas, representativas del Comité Internacional o Liga de Higiene Mental (Bosch, 1924, p. 76).

 

Tal invitación, que también incluía un pedido de colaboración económica, sería rechazada por la mayoría de los miembros de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría, en la sesión del 29 de agosto 1924 y sólo sería respaldada por el propio Bosch, Arturo Mó y Fernando Gorriti. En efecto, el Dr. Cisternas había llegado a argumentar que por ser la Sociedad de Neurología y Psiquiatría apenas una filial de la Asociación Médica Argentina, no podía siquiera discutir el asunto, ya que carecía de fondos propios. En todo caso, como propondría en una moción el Dr. Obarrio, finalmente aprobada, sólo se podría llegar a enviar un apoyo moral al Congreso por realizarse, "sin comprometer en sentido concreto la adhesión formal de nuestra sociedad" (Bosch, 1924). En verdad, más allá de dichos argumentos formales, el criterio que se había impuesto había sido establecido por Arturo Ameghino y Adolfo Sierra. Para el primero, el problema de la higiene mental en la Argentina no era ni podía ser un asunto común, de igual sentido o alcance que para los anglo-americanos o franceses (Bosch, 1924). Coincidente con tal posición, Sierra entendía que tales problemas debían ser contemplados y resueltos con criterio y alcance netamente argentinos (Bosch, 1924).

 

Cuadro 2

 

Trabajos presentados en la Sociedad de Neurología y Psiquiatría

en 1922 y 1923.

 

Sesión Autores Título del trabajo presentado

 

4-5-1922         Rómulo Chiappori              Poliomielitis Crónica: recidiva tardía

4-5-1922         G. Bosch & A. Mó             Un caso de psicosis sifilítica del período secundario

49-6-1922       Rómulo Chiappori              Compresión medular por meningitis serosa quística

                        & Robertson Lavalle

9-6-1922         Juan C. Montanaro             Paraplejía cervical polineurítica

9-6-1922         José A. Estévez                  Poliomielitis crónica

7-9-1922         Juan M. Obarrio                 Hidrocéfalo interno lateral izquierda

7-9-1922         G. Bosch y A. Mó              La representación en la afasia

21-5-1923       Rómulo Chiappori              Enfermedad de Wilson

21-5-1923       Rómulo Chiappori              Miastenia bulbo espinal

21-5-1923       M. Alurralde                       Tratamiento de la contractura facial

                        & César Allende

21-5-1923       A. Ameghino                      El incremento de la locura en la Argentina

                                                                  después de la guerra

 

Fuente: Revista de la Asociación Médica Argentina, 1922 y 1923.

 

Tales posiciones, ponían de manifiesto la impronta netamente neurológica con la cual había surgido mayoritariamente la Sociedad de Neurología y Psiquiatría, que se iría modificando muy lentamente. Así, los trabajos que se discutieron en la Sociedad en las sesiones de los dos primeros años, eran de neto corte neurológico, con la excepción de una célebre ponencia de Arturo Ameghino (véase cuadro 2).

En ese marco fuertemente neurológico, la creación de la Liga Argentina de Higiene Mental en diciembre de 1929, fue el resultado de un proceso de transformaciones en el campo psiquiátrico argentino, que paulatinamente se iría acercando a posiciones más próximas a la medicina social. Interesa destacar que, comparado con su par norteamericano, el movimiento de la higiene mental en nuestro país, aparecía legitimado en un espacio puramente médico, el de una filial de la Asociación Médica Argentina, y en tal sentido se encontraba bien lejos de aquel carácter profano que había caracterizado al movimiento en los Estados Unidos. Así, Gonzalo Bosch podía definir a la Liga Argentina de Higiene Mental, en términos de un organismo moderno de sentida necesidad en nuestro ambiente médico (Bosch, 193la).

Al mismo tiempo, el movimiento de la higiene mental argentino, tampoco presentaría ese definido rasgo de institución filantrópica que había caracterizado al norteamericano. En tal sentido, el financiamiento económico intentaría resolverse por dos vías principales. La primera, tratando de captar recursos propios, a través de la creación –un año después de constituida la Liga– de una Comisión Auxiliar de Señoras. Tal Comisión, reproducía el modelo de las damas de la Sociedad de Beneficencia, que también serviría como inspiración de la Comisión de Damas Cooperadoras de Asistencia Social en los Hospitales Municipales. La titular de esta última Comisión, Lucrecia Campos Urquiza de Travers, definía con nitidez el lugar que ocupaban ese tipo de comisiones en el sistema de salud, que establecía la asistencia científica del médico, unida al Servicio Social de las Damas Cooperadoras (Travers, 1940, p. 13). Es decir, se trataba de reunificar el orden de la ciencia y el de la caridad que habían estado fusionados en algún momento del proceso histórico. Así por ejemplo, como señalaba Osvaldo Loudet, dos instituciones como la Academia de Medicina y la Sociedad de Beneficencia, habían sido ambas hijas gemelas del proyecto rivadaviano (Loudet, 1975, p. 200). Expresión de tal reunificación, sería la presencia en tales comisiones de las esposas e hijas de los médicos más renombrados, y, más ampliamente, esposas e hijas de los hombres más renombrados de la oligarquía.

Y una segunda manera de resolver la cuestión económica, complementaria con la anterior, fue la de convertirse en grupo promotor de proyectos a ser ejecutados por el Estado, a través de la Liga. Un testimonio de ello, lo constituyó la inauguración el 26 de septiembre de 1931 de los consultorios externos de la Liga, en dependencias cedidas por el Hospicio de las Mercedes. 0 con mayor generalidad, las actividades que pondría en funcionamiento dicho hospital, a partir de la asunción como director del mismo de Gonzalo Bosch, al mismo tiempo Presidente de la Liga Argentina de Higiene Mental.

Las dos formas de financiamiento coexistían, aun cuando la segunda hubiera sido la privilegiada. Ello en realidad, no consistía en una peculiaridad del movimiento de la higiene mental argentino, sino que, por el contrario, constituía una nota general del cuerpo médico argentino desde las épocas de la Revista Médico Quirúrgica, fundada en 1864. Dicha publicación comenzaría a ser dirigida en 1878 por Emilio Con¡ y luego contaría con la subdirección de Lucio Meléndez, quien lideraría la primera conformación de una matriz disciplinar propiamente psiquiátrica en el país (Stagnaro, 1997). Es decir que los primeros alienistas argentinos participaban de esa identidad del cuerpo médico, fuertemente tamizada por la función de reformadores del sujeto social, para lo cual su intervención en el Estado resultaba decisiva. Ese sobreinvestimiento político de su papel técnico (Vezzetti, 1983, p. 29), atravesaría toda la historia de la medicina argentina, y se acentuaría en el caso de la higiene mental, favorecido por la multiplicidad de campos, desde la locura hasta el delito, desde la educación al trabajo, que requerían la atención del higienista.

 

 

El programa de la Liga Argentina de Higiene Mental

 

Si, entonces, el movimiento de higiene mental en Argentina, difería en las dos características apuntadas de su similar norteamericano, conservaría, en cambio, la otra nota saliente: la extendida amplitud de su campo de trabajo. En los Estados Unidos esa amplitud había surgido luego de un largo proceso, que se había iniciado en las preocupaciones en torno al internado en instituciones mentales; en nuestro país, fue un punto de partida originario del movimiento, como lo evidenciaban las secciones que preveía el Estatuto de la Liga de Higiene mental aprobado en su Asamblea constitutiva: asistencia de psicópatas (su organización y vigilancia); inmigración (vigilancia y orientación); patología regional (estudio de las afecciones regionales y su profilaxis); higiene industrial y profesional; enfermedades generales (su estudio en relación con las enfermedades mentales); sífilis, alcoholismo y toxicomanía; psiquiatría infantil y auxología; sociología (legislación del trabajo: particulares y Estado; medicina legal, estadística); organización científica del trabajo y psicotécnica; antisociales: vagabundaje y delincuencia (su clasificación y orientación social); higiene naval; higiene militar; higiene social e individual de la infancia (estudios relacionados con la educación e instrucción de la infancia, en las vinculaciones de la escuela con el hogar); propaganda (divulgación e instrucción psiquiátrica popular); higiene sexual; patronatos (Liga Argentina de Higiene Mental, 1930, p. 21).

Esa notable extensión del campo propio de la higiene mental, no dejaría afuera prácticamente ninguna cuestión de interés público, y testimoniaba aquella vocación reformadora del cuerpo médico argentino, que encontraría en la higiene mental, uno de sus instrumentos más modernos. Otro de los precursores de la organización de la higiene mental en el país, Fernando Gorriti, lo expresaba nítidamente:

 

"La tarea que tiene que realizar la Higiene Mental es inmensa; abarca todas las actividades humanas, a todas las edades y sexos, por cuanto en todos ellas toman parte, en mayor o menor escala, las funciones psíquicas del individuo, y la forma más adecuada de ejercitarlas, en relación con las demás funciones orgánicas, resulta indiscutiblemente en beneficio de la persona, de la familia, colectividades, pueblos, y de cada nación en particular; los principios de la higiene mental no solamente se aplican a los normales, sino también a los predispuestos, desviados de la norma en la criminalidad, vagabundaje, toxicomanías y hasta a los afectados de diferentes clases de psicosis, etc." (Gorriti, 1928, p. 1378).

 

Gorriti, entonces, destacaba un segundo aspecto de la amplitud del movimiento de la higiene mental; no sólo amplitud de campos, sino también de sujetos sobre los cuales recaería la higiene mental. Y un tercer aspecto todavía, amplitud y variedad de sujetos sociales interesados en la aplicación de la higiene mental; desde los hombres de ciencia hasta los gobernantes y parlamentarios (Bosch y Mó, 1929); desde médicos y pedagogos, hasta abogados, legisladores o sacerdotes (Delgado, 1924). En síntesis, preocupación capital de los estadistas, psiquiatras y de toda persona verdaderamente interesada en la salud de sus contemporáneos (Bermann, 1931, p. 837).

Señalemos que si algunas de las operaciones de la higiene mental argentina estaban dirigidas a la prevención de la tuberculosis (Massa, 1939), o a la prevención del suicidio (H. Pifiero, 1939), sus intervenciones privilegiadas encuadraban en el campo de la niñez y la maternidad (Bosch, 193ld); el de la pedagogía (Barrancos, 1938; Ciampi, 1939; Delgado, 1924); del trabajo (Beltrán, 1929; Bosch y Mó, 1929; Delgado, 1924; Gorriti, 1928); de la criminología, la eugenesia y, fundamentalmente, la enfermedad mental.

En cualquier caso, el objetivo principal del movimiento, alrededor del cual se elaboraría un conjunto doctrinario de relativa envergadura y se organizaría todo el corpus institucional del mismo, era el mejoramiento de las condiciones que rodeaban al enfermo mental. El discurso del movimiento, como así también sus instancias institucionales alcanzarían un notable desarrollo entre las dos guerras mundiales, y se subsumirían a partir de la segunda mitad del siglo, en el movimiento de la salud mental: El Congreso Internacional de Salud Mental, que se realizó en Londres entre el 11 y el 21 de agosto de 1948, pudo, en cierto sentido, ser considerado como sucesor de los dos Congresos Internacionales de Higiene Mental (Krapf, 1949, p. 69). Y la Federación Mundial de Salud Mental que se constituyó a partir de aquel Congreso continuó, en cierto modo, la labor del antiguo Comité Internacional de Higiene Mental (ibídem, p. 74).

Desde el punto de vista teórico, la noción central que dominaba gran parte de las consideraciones psiquiátricas de la higiene mental, era la de los grados intermedios en la enfermedad mental. La oposición definitiva entre el hombre sano y el enfermo, tenía sus consecuencias jurídicas en la ley francesa de 1838, impulsada por Esquirol, y que también inspiraba la legislación argentina. Según ella, la internación del alienado en el asilo o manicomio exigía doble certificado médico, diagnóstico de insanía y demás requisitos legales que de tal declaración emanan (Sierra, 1930, p. 19). En cambio la noción francesa de pequeños psicópatas (Barrancos, 1938; Bosch, 1931b y 193ld), de formas ligeras transitorias (Belbey, 1927), de locura con conciencia (Marie, 1922), disolvían la necesidad de internación en el asilo y del certificado de insanía.

Desde el momento en que, jurídicamente, el enfermo mental –en sus formas leves– recuperaba su libertad y sus derechos civiles, posibilitaría su pasaje a un campo dominado enteramente por la lógica médica, al menos en los aspectos asistenciales y de profilaxis. El renacimiento de la psiquiatría (Bosch, 1930 y 1931c; Krapf, 1939) volvería a insistir en que el loco había dejado de ser culpable para convertirse en enfermo. Esto permitía colocar el campo de la enfermedad mental en el mismo plano que el de otros problemas médicos, estableciendo una analogía entre el campo de la higiene mental y el de otros movimientos de la medicina social, como los organizados en torno a la lucha contra la sífilis, la lepra, el paludismo y, fundamentalmente, la tuberculosis (Bermann, 1931; Bosch, 1931c; Bosch y Mó, 1929: González, 1941; Gorriti, 1928; Marie. 1922; Williams, 1922).

Y junto a nuevas consideraciones teóricas y jurídicas, el movimiento de la higiene mental posibilitaría la emergencia de nuevas instancias tecnológicas para el tratamiento de la enfermedad mental. Las consecuencias que podían derivarse de la noción de formas leves de la locura eran varias. En primer término, surgió la necesidad del tratamiento precoz (Bermann, 1931; Bosch, 193,1b, 193ld; Marie, 1922; Thenon, 1937) como instrumento apto para impedir la mayor cristalización de un cuadro sintomático. Tratamiento precoz tanto para las formas inaugurales de la enfermedad mental, como para los grupos evolutivos en riesgo, niños y adolescentes. Según estadísticas locales, el tratamiento, precoz permitía disminuir la internación en un 80 6 90% de casos, y, cuando ello no resultara posible, reducir la internación a sólo seis u ocho semanas (Bosch, 1931c). Y según datos de Weygantd, el 42% de los enfermos mentales asistidos en el primer mes de declarada su enfermedad curaban; si eran asistidos a partir del segundo o tercer mes, el porcentaje de curados se reducía al 32%; y luego del primer año sólo curaban el 2% (Sierra, 1930, p. 18).

Y correlativamente al tratamiento precoz, aparecería una renovada organización institucional, que planteaba la superación del asilo. Esta corriente extramanicomial descansaba sobre el principio de la asistencia abierta y se desplegaba en diversas figuras: dispensarios, servicios sociales anexos, hospitales psiquiátricos, hospitalización temporaria en servicios abiertos, consultorios externos. Tal vez haya constituido lo más característico de la higiene mental y lo que más renombre le otorgara al movimiento.

 

"Los dispensarios están destinados a la asistencia libre de los psicópatas frustros, de los predispuestos, desequilibrados y anormales, a los afectados de diversas enfermedades neuropsiquiátricas, que se presentan espontáneamente o traídos por sus parientes, así como a la profilaxis de semejantes estados" (Bermann, 1931, p. 842).

 

Así concebidos, y modelados en su organización de los dispensarios antituberculosos, los dispensarios psiquiátricos constituían el punto de entrada al sistema asistencial y realizaban la selección en tres direcciones: hacia el tratamiento ambulatorio; hacia la hospitalización en servicios abiertos; hacia la internación en el asilo. Arquitectónicamente, los dispensarios debían edificarse con acceso directo a la calle, procurando evitar la entrada al asilo, con todos los prejuicios que ello implicaba. En 1931, en dependencias del Hospicio de las Mercedes, la Liga Argentina de Higiene Mental abriría consultorios externos con estas disposiciones (Liga Argentina de Higiene Mental, 1931, p. 114).

Otra modalidad asistencial de la higiene mental será la de los servicios de hospitalización libres, para cuando fuera necesaria la internación durante períodos relativamente pequeños. En esos casos, se propone al enfermo y a su familia la libre internación que aquél deberá firmar; cuando desee salir puede hacerlo, pero siempre llega oportunamente el consejo del médico; es así como, pudiendo salir, los más refractarios muchas veces se quedan (Belbey, 1927, p. 1236). El servicio de hospitalización abierto o de puertas abiertas –open door– presuponía la noción de enfermedad mental leve, y sólo en estos casos podía ser utilizado. El asilo, en realidad, tampoco debía desaparecer, ya que el dispensario y el servicio de puertas abiertas constituían un eslabón de un mecanismo más amplio... un complemento indispensable de los asilos (Barrancos, 1938, p. 981, subrayado en el original).

De todas maneras, la organización de las instituciones de internación también experimentaría importantes modificaciones. Desde cambios terminológicos –se insistiría en que el nombre manicomio debía reemplazarse por el de hospital o instituto psiquiátrico– hasta renovación en la disposición arquitectónica, los hospitales psiquiátricos constituyen los grandes centros de investigación, de enseñanza y de aplicación terapéutica del porvenir (Bermann, 1931, p. 843). En ellos, el enfermo mental debía encontrar también un ámbito de libertad, por lo que se insistiría en la construcción de pabellones relativamente pequeños, que permitieran mantener aisladas las distintas patologías, y rodeados todos ellos de amplios y soleados espacios verdes. En cualquier caso, estas sugerencias aquitectónicas, permitían erigir modelos y contramodelos, según su mayor o menor cercanía a las mismas. Así, el hacinamiento y abandono que caracterizaba a los más grandes hospicios del país, el Hospicio de las Mercedes y el Hospital Nacional de Alienadas, el Asilo Colonia de Oliva (Córdoba) y la Colonia Domingo Cabred (Bosch, 1930; 1931b; Cabeza, 1928; Esteves y D'Oliveira Esteves, 1927), podía ser contrapuesto a los modelos institucionales siempre citados: el Hospital Henri Roussel en dependencias del Asilo Sainte Anne de París (Belbey, 1927; Thenon, 1937) y, localmente, el Hospital dependiente del Instituto Psiquiátrico de la Facultad de Medicina de Rosario, inaugurado en 1927 (Bosch, 193ld; Bosch y Mó 1929; Ciampi, 1927, 1929 y 1965).

 

El Hospital de Rosario, que modernamente había concebido Lanfranco Ciampi, al mismo tiempo titular de la Sección de psiquiatría infantil y auxología de la Liga Argentina de Higiene Mental, constaba de nueve pabellones, desde aquéllos destinados al laboratorio de histopatología, psicología y bioquímica, hasta el pabellón para observación de los recién llegados, para internación de niños, para laborterapia, para escuela de niños retardados, entre otros (Ciampi, 1927; Gentile, 1998). Cada edificio, a su vez, debía ser relativamente pequeño y circundado cada uno de su patio y su jardín (Ciampi, 1927). Esa preocupación por los espacios verdes y las construcciones aisladas, también alcanzaría al ámbito privado. Así, por ejemplo, eran elementos que se incluían en la publicidad de los sanatorios privados, en sendos avisos a toda página en la Revista de la Liga Argentina de Higiene Mental: el Sanatorio de Flores, dirigido por Gonzalo Bosch y Arturo Mó, y el Instituto Frenopático de Buenos Aires, que había sido fundado en 1880 y que por esos años dirigía técnicamente José T. Borda y Antonio Martínez.

 

El servicio social, por su parte, dependencia del dispensario, implicaba el momento de mayor externación de todo el dispositivo tecnológico de la higiene mental (Belbey, 1927; Bermann, 1931; Bosch, 1931c; Gorriti, 1928 y Marie, 1922). Estaba a cargo de asistentes o visitadores sociales, que intervenían de muy variadas maneras: tanto detectando pequeños psicópatas y trasladándolos al dispensario, como informando respecto a las condiciones del medio y la forma de vida del enfermo; tanto procurando despertar el interés de las familias por los enfermos como encontrando trabajo adecuado a las capacidades de los convalecientes o vigilando a los sospechosos (Bermann, 1931; Gorriti, 1928; Belbey, 1927).

 

Todo este dispositivo tecnológico, requería también de nuevas figuras profesionales. Por una parte, se confirmaba el lugar del psiquiatra como figura rectora de todo el sistema, lo que llevaría a insistir en la necesidad de sancionar una ley de carrera de médicos manicomiales (Bosch, 1931c) o de médicos alienistas (Barrancos, 1938, Raitzin, 1936). Al mismo tiempo, las necesidades propias del tratamiento precoz, obligaban a la formación del médico general en los principios de la higiene mental. Por último, la nueva organización institucional de la enfermedad mental, generaría nuevos auxiliares: la enfermera psiquiátrica y la visitadora o asistente social. En Francia, en el Hospital "Henri Roussel", el Dr. Toulouse organizaba hacia 1927 una Escuela de Profilaxis Mental para la formación de las visitadoras sociales. Similar experiencia se llevaría a cabo en el Hospicio de las Mercedes, en 1932, a instancias de la Liga Argentina de Higiene Mental, presidida por Gonzalo Bosch, lo cual constituyó, en su momento, todo un acontecimiento político-institucional n

 

 

1. Profesor Titular de Historia de la Psicología de la Universidad Nacional de

San Luis. Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y

Técnicas (CONICET). Editor de los "Cuadernos Argentinos de Historia de la

Psicología". E-mail: hklappen @unsl.edu.ar

 

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